El Evangelio de Mateo empieza con una lista de nombres que muchos lectores se saltan: la genealogía de Yeshúa, desde Abraham hasta José. Pero al final de la lista, Mateo añade una observación que parece casi un acertijo: «De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce» (Mateo 1:17). ¿Por qué catorce? ¿Por qué insiste tanto en ese número? La respuesta está en la lengua hebrea, donde cada letra tiene un valor numérico. El nombre de David se escribe con tres letras: dálet, que vale cuatro; vav, que vale seis; y dálet otra vez, cuatro. Cuatro más seis más cuatro: catorce. Toda la genealogía de Mateo está construida, tres veces, sobre el número del nombre de David. Para un lector judío, el mensaje era claro: este es el hijo de David. Así funcionan los números sagrados en la Biblia: no son cifras frías, sino un lenguaje que habla.
Imagina una pequeña escuela junto a la sinagoga de Nazaret, la beit séfer, «casa del libro». Un grupo de niños de seis o siete años está sentado en el suelo, alrededor de un maestro que les enseña a leer las letras hebreas. Escriben en tablillas de cera o repiten en voz alta: álef, uno; bet, dos; guímel, tres. En el mundo antiguo, ni el hebreo ni el griego tenían cifras separadas como las nuestras: las mismas letras servían para escribir palabras y números. Por eso, para un niño judío del siglo I, cada palabra tenía también un número, y cada número podía evocar una palabra. Entre esos niños quizá estaba uno llamado Yeshúa, aprendiendo que las letras de la Torá eran a la vez sonidos, sentidos y números. Un mundo en el que todo estaba conectado.
Y aquí hay un detalle de los evangelios que pocos lectores han notado y que muestra cómo los números tejen la narración. En el capítulo 5 de Marcos, dos historias de curación aparecen entrelazadas. Un jefe de la sinagoga llamado Jairo pide a Yeshúa que cure a su hija, que está muriendo. Mientras van de camino, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años toca el borde de su manto y queda sana. Y cuando llegan a casa de Jairo, la niña ha muerto, pero Yeshúa la toma de la mano y la levanta. Y Marcos añade al final: «porque tenía doce años» (Marcos 5:42). Doce años de enfermedad de una mujer; doce años de vida de una niña. El número doce, el número de las tribus de Israel, une a las dos mujeres, la mayor y la pequeña, la impura y la hija del jefe de la sinagoga, en un mismo acto de sanación. Israel entero, en sus dos generaciones, es levantado.
Respuesta breve
Los números sagrados de los evangelios son cifras con valor simbólico tomado de la Biblia hebrea. El uno expresa la unidad de Dios (el Shemá); el tres, la plenitud y el «tercer día» de la intervención divina; el siete, la creación y la perfección; el doce, las tribus de Israel y los apóstoles; el cuarenta, la prueba y la preparación (Moisés, Elías, el desierto); el setenta, las naciones del mundo y los ancianos de Moisés. En hebreo y en griego, las letras tienen valor numérico, lo que permite la gematría: por ejemplo, el nombre de David suma catorce, y Mateo construye la genealogía de Jesús en tres grupos de catorce. Conviene leer estos números con su sentido bíblico, sin caer en la numerología fantasiosa ni en supuestos códigos secretos.
Letras que son números
Para comprender los números sagrados de los evangelios, hay que saber que en el mundo antiguo las letras eran también números. En hebreo, las veintidós letras del alfabeto tienen cada una un valor: las nueve primeras, de álef a tet, valen de uno a nueve; las nueve siguientes, de yod a tsadi, valen decenas, de diez a noventa; y las cuatro últimas, qof, resh, shin y tav, valen cien, doscientos, trescientos y cuatrocientos. En griego ocurría lo mismo. Por eso, cualquier palabra podía «sumarse».
El método de interpretación que busca relaciones entre palabras con el mismo valor numérico se llama gematría. Los sabios del Talmud y del midrash lo usaban ocasionalmente, como una de las muchas formas de comentar las Escrituras. Por ejemplo, enseñaban que el siervo de Abraham, Eliézer, valía tanto como los trescientos dieciocho hombres con los que Abraham salió a rescatar a Lot, porque el nombre de Eliézer suma exactamente trescientos dieciocho (Génesis 14:14; Nedarim 32a). Pero los mismos sabios consideraban la gematría un recurso secundario, un «postre» de la sabiduría, no su plato principal. Como dice la Misná, las gematrías son «aderezos» de la sabiduría (Avot 3:18).
El uno: la unidad de Dios
El número uno es el fundamento de la fe de Israel: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es» (Deuteronomio 6:4). En hebreo, ejad, «uno», suma trece, que es también el valor de la palabra ahavá, «amor». Los cabalistas vieron en esta coincidencia un mensaje: la unidad de Dios y el amor tienen el mismo número. Y como amar a Dios (trece) y que Dios sea uno (trece) suman juntos veintiséis, el valor del Nombre divino de cuatro letras.
Yeshúa citó el Shemá como el primer mandamiento y oró en la última cena «para que todos sean uno» (Juan 17:21). El uno es el número de la unidad de Dios y de la comunión que él desea entre sus hijos. Lo exploramos en el Shemá, el primer mandamiento.
El dos: los testigos
La Torá establece que «solo por el testimonio de dos o tres testigos se mantendrá la acusación» (Deuteronomio 19:15). El dos es el número del testimonio válido, de la confirmación. Por eso Yeshúa envió a sus discípulos «de dos en dos» a anunciar el Reino (Marcos 6:7; Lucas 10:1): dos testigos que se apoyan y confirman mutuamente su palabra. Y el Talmud enseña que cuando dos personas se sientan juntas a estudiar la Torá, la Shejiná está entre ellas (Misná, Avot 3:2), una idea que resuena en las palabras de Yeshúa: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mateo 18:20).
El tres: el tercer día
El tres es en la Biblia el número de la plenitud y, sobre todo, del «tercer día», el día en que Dios interviene. Abraham llegó al monte Moriá «al tercer día» (Génesis 22:4). En el Sinaí, Dios dijo al pueblo que estuviera preparado «para el tercer día» (Éxodo 19:11). El profeta Oseas dice: «Nos dará vida después de dos días; en el tercer día nos resucitará, y viviremos delante de él» (Oseas 6:2). Y Jonás estuvo en el vientre del pez «tres días y tres noches» (Jonás 1:17). Un midrash enseña que Dios nunca deja a los justos en angustia más de tres días (Génesis Rabá 56:1).
En los evangelios, el tres aparece constantemente. Yeshúa fue tentado tres veces en el desierto. Oró tres veces en Getsemaní. Pedro lo negó tres veces, y después de la resurrección, Yeshúa le preguntó tres veces «¿me amas?». Tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, lo acompañaban en los momentos más íntimos. Y anunció que resucitaría «al tercer día». La oración triple de Getsemaní se explora en Getsemaní, la oración de entrega.
El siete: la creación y la plenitud
El siete es quizá el número más sagrado de la Biblia. Es el número de los días de la creación, que culminan en el Shabat. Es el número de los brazos de la menorá, de los días de las grandes fiestas, del año sabático, de las veces que Naamán se sumergió en el Jordán y que Josué rodeó Jericó. En hebreo, la palabra «siete», shéva, está emparentada con shevuá, «juramento», y con sova, «plenitud», «saciedad». El siete es el número de lo completo, de lo perfecto.
En los evangelios, el siete aparece con frecuencia. Pedro pregunta si debe perdonar siete veces, y Yeshúa responde: «setenta veces siete» (Mateo 18:22). La segunda multiplicación de los panes es con siete panes, y sobran siete canastas (Marcos 8:5-8). De María Magdalena, Yeshúa había expulsado «siete demonios» (Lucas 8:2). El Padre Nuestro de Mateo tiene siete peticiones. Y el Evangelio de Juan está construido sobre siete signos y siete grandes «Yo soy». El perdón sin medida se explora en el perdón setenta veces siete, los «Yo soy» en los «Yo soy» del Evangelio de Juan, y María Magdalena en María Magdalena, mito y realidad.
El ocho: el nuevo comienzo
Si el siete es la plenitud de la creación, el ocho es el comienzo de algo nuevo, que va más allá de la naturaleza. La circuncisión se realiza al octavo día (Génesis 17:12), introduciendo al niño en la alianza. El santuario se inauguró al octavo día (Levítico 9:1). Y la fiesta de Janucá dura ocho días, en recuerdo del milagro del aceite. Los cabalistas enseñaban que el siete representa el orden natural y el ocho, lo sobrenatural. La tradición cristiana posterior relacionó el «octavo día» con el día de la resurrección, el primer día de la semana, pero esta es una lectura que se desarrolló después.
El diez: la comunidad
El diez es el número de los mandamientos del Sinaí y de las plagas de Egipto. En la tradición judía, diez personas forman un minyán, el número mínimo para la oración comunitaria, basándose en la historia de Abraham, que pidió a Dios salvar Sodoma si había diez justos (Génesis 18:32), y en otros versículos (Berajot 21b; Meguilá 23b). Y la Misná enseña que el mundo fue creado con diez palabras, es decir, con diez «Y dijo Dios» (Avot 5:1).
En los evangelios, Yeshúa curó a diez leprosos, y solo uno, un samaritano, volvió a darle las gracias (Lucas 17:11-19). Y la Cábala organizó la manifestación de Dios en diez Sefirot, las dimensiones del Árbol de la Vida, que el Sefer Yetzirá describe como «diez Sefirot de la nada; diez y no nueve, diez y no once» (Sefer Yetzirá 1:4).
El doce: Israel y los apóstoles
El doce es el número de las tribus de Israel, los doce hijos de Jacob. Es el número de los panes de la proposición en el Templo, de las piedras del pectoral del sumo sacerdote, de las piedras que Josué colocó al cruzar el Jordán. El doce representa al pueblo de Dios en su totalidad.
Cuando Yeshúa eligió a doce apóstoles, el mensaje era claro para sus oyentes: estaba reuniendo al pueblo de Israel, restaurando las doce tribus. Él mismo lo dijo: «Os sentaréis sobre doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mateo 19:28). En la primera multiplicación de los panes, sobran doce cestas, una por cada tribu (Marcos 6:43). Yeshúa tenía doce años cuando subió al Templo y se quedó hablando con los maestros (Lucas 2:42). Y como hemos visto, la mujer curada llevaba doce años enferma y la hija de Jairo tenía doce años. La sanación de ambas se explora en la sanación en la tradición judía.
El treinta: la madurez
Lucas dice que Yeshúa «al comenzar su ministerio era como de treinta años» (Lucas 3:23). Es un detalle significativo: José tenía treinta años cuando se presentó ante el faraón para gobernar Egipto (Génesis 41:46), y David tenía treinta años cuando comenzó a reinar (2 Samuel 5:4). Los levitas comenzaban su servicio en el santuario a los treinta años (Números 4:3). El treinta es el número de la madurez, de la edad en que se está preparado para asumir una misión. Los años de vida oculta antes de esa edad se exploran en los años perdidos de Jesús.
El cuarenta: la prueba y la preparación
El cuarenta es el número de la prueba, de la purificación y de la preparación. Llovió cuarenta días durante el diluvio. Moisés estuvo cuarenta días en el Sinaí. Israel vagó cuarenta años por el desierto. Elías caminó cuarenta días hasta el Horeb. Nínive tuvo cuarenta días para convertirse. Y Yeshúa ayunó cuarenta días en el desierto antes de comenzar su ministerio. Según los Hechos, también pasaron cuarenta días entre la resurrección y la ascensión (Hechos 1:3). Lo exploramos en el ayuno de cuarenta días en el desierto.
El cincuenta: la libertad
El cincuenta es el número del jubileo: cada cincuenta años, según la Torá, las tierras volvían a sus dueños originales, los esclavos quedaban libres y se proclamaba «libertad en la tierra a todos sus moradores» (Levítico 25:10). Y la fiesta de Shavuot, la de las Semanas, se celebra cincuenta días después de la Pascua, en recuerdo de la entrega de la Torá en el Sinaí. Por eso en griego se llamaba Pentecostés, «quincuagésimo». Fue en esta fiesta, según los Hechos, cuando el Espíritu descendió sobre los discípulos en Jerusalén (Hechos 2:1-4). El Espíritu se explora en el Espíritu Santo, Ruaj ha-Kódesh.
El setenta: las naciones del mundo
El setenta es el número de las naciones del mundo según la tradición judía, basada en la «tabla de las naciones» del capítulo 10 del Génesis, que enumera setenta descendientes de Noé. Moisés eligió setenta ancianos para que le ayudaran a guiar al pueblo, y el Espíritu reposó sobre ellos (Números 11:16-25). El Sanedrín, el gran tribunal de Jerusalén, tenía setenta y un miembros. Y la tradición enseñaba que la Torá había sido proclamada en el Sinaí en setenta lenguas, para que todas las naciones la escucharan (Shabat 88b). Durante la fiesta de Sucot se ofrecían en el Templo setenta toros, que los sabios interpretaron como ofrendas por las setenta naciones (Sucá 55b).
Lucas cuenta que, además de los doce, Yeshúa envió a «otros setenta» discípulos (Lucas 10:1), algunos manuscritos dicen setenta y dos, los mismos dos números que dan las distintas versiones de la tabla de las naciones. Si los doce representan a Israel, los setenta representan a todas las naciones. El mensaje del Reino es para todos.
Los ciento cincuenta y tres peces
Al final del Evangelio de Juan hay un número misterioso. Después de la resurrección, Yeshúa se aparece a sus discípulos junto al lago de Galilea. Han pasado la noche pescando sin éxito. Él les dice que echen la red a la derecha de la barca, y la red se llena de «ciento cincuenta y tres grandes peces; y aun siendo tantos, la red no se rompió» (Juan 21:11). ¿Por qué el evangelista da un número tan exacto?
A lo largo de los siglos se han propuesto muchas interpretaciones. San Jerónimo afirmó que los naturalistas antiguos conocían ciento cincuenta y tres especies de peces, de modo que la red simbolizaría a todas las naciones reunidas. Otros han notado que ciento cincuenta y tres es la suma de todos los números del uno al diecisiete, un número «triangular». Otros han propuesto distintas gematrías. Lo honesto es reconocer que no sabemos con certeza qué quiso decir el evangelista, y que quizá simplemente recordaba el número exacto de una pesca memorable. Pero la imagen es clara: una red llena, que no se rompe, imagen de una comunidad universal y unida.
Una advertencia: números, no códigos
Los números sagrados de la Biblia tienen un sentido simbólico real, que los autores bíblicos usaban con intención y que sus lectores comprendían. Pero hay que ser muy prudentes con ciertas interpretaciones modernas. Hoy circulan libros y vídeos que prometen descubrir «códigos secretos» en la Biblia, predicciones del futuro escondidas en las letras, fechas del fin del mundo o mensajes cifrados sobre acontecimientos actuales. Estas propuestas no tienen fundamento serio: con suficientes combinaciones, se pueden encontrar «mensajes» en cualquier texto largo, incluido cualquier libro de literatura.
La tradición judía misma advertía contra el uso especulativo de los números. La gematría era un adorno, una forma de juego sagrado, nunca una herramienta para predecir el futuro. Y la Torá prohíbe expresamente la adivinación (Deuteronomio 18:10-12). El valor de los números bíblicos está en su capacidad de evocar la historia de Dios con su pueblo, no en revelar secretos ocultos sobre el futuro. Las leyendas sin fundamento que rodean a Jesús se analizan en mitos, apócrifos y verdades.
Una lectura cabalística: los treinta y dos senderos
La Cábala dio a los números un lugar central en su visión del mundo. El Sefer Yetzirá, el «Libro de la Formación», uno de los textos más antiguos de la mística judía, comienza así: «Con treinta y dos senderos maravillosos de sabiduría grabó el Señor… y creó su mundo» (Sefer Yetzirá 1:1). Estos treinta y dos senderos son las diez Sefirot más las veintidós letras del alfabeto hebreo. Para el Sefer Yetzirá, los números y las letras son los instrumentos con los que Dios creó el universo.
Y el número treinta y dos tiene además un sentido precioso: en hebreo se escribe con las letras lamed y bet, que juntas forman la palabra lev, «corazón». Los treinta y dos senderos de la sabiduría son el corazón del mundo. Es una lectura muy posterior a Yeshúa, pero muestra que para la mística judía los números no eran fríos, sino llenos de vida y de sentido. Esta tradición se explora en la guía sobre Jesús y la Cábala, y la gematría del nombre de Yeshúa en el nombre Yeshúa en la tradición cabalística.
Una práctica: leer los números con el corazón
Los números sagrados pueden convertirse en una ayuda para la meditación, siempre que se lean con sentido bíblico:
- Cuando leas un número en los evangelios, pregúntate: ¿dónde aparece este número en la Biblia hebrea? ¿Qué historia evoca?
- Vive el siete. Reserva el séptimo día de la semana para el descanso y la oración, como el Shabat de la creación.
- Vive el tres. Cuando atravieses una dificultad, recuerda el «tercer día»: Dios no deja a los suyos en la angustia para siempre.
- Vive el cuarenta. Dedica cuarenta días a una práctica espiritual: el silencio, la oración, el perdón.
- Vive el doce. Ora por el pueblo de Dios en su totalidad, por todas las comunidades.
- Vive el setenta. Ora por todas las naciones del mundo, como se hacía en Sucot.
- Desconfía de los códigos. Si alguien te ofrece predicciones basadas en números bíblicos, recuerda que la Biblia prohíbe la adivinación y que su sentido es la relación con Dios, no el conocimiento del futuro.
Lecturas recomendadas
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Para comprender las fiestas, los ritos y el calendario judío en el que se inscriben muchos de los números de los evangelios, te recomiendo El judaísmo de Jesús, el libro en que Mario Sabán explica el mundo religioso del Maestro.
Si te atrae la mística judía de los números y las letras, Sod 32: el secreto está dedicado precisamente a los treinta y dos senderos de la sabiduría. Y la fuente original de esos treinta y dos senderos es el Sefer Yetzirá, el antiguo Libro de la Formación, que todo interesado en la Cábala debería conocer.
Preguntas frecuentes sobre los números sagrados
¿Cuáles son los números sagrados de la Biblia?
Los más importantes son el uno (la unidad de Dios), el tres (el tercer día), el siete (la creación y la plenitud), el doce (las tribus de Israel), el cuarenta (la prueba) y el setenta (las naciones).
¿Qué es la gematría?
Es un método de interpretación que usa el valor numérico de las letras hebreas para relacionar palabras. Por ejemplo, el nombre de David suma catorce. Los sabios lo consideraban un adorno de la sabiduría, no su fundamento.
¿Por qué la genealogía de Mateo tiene tres grupos de catorce?
Porque catorce es el valor numérico del nombre de David en hebreo. Mateo subraya así que Jesús es descendiente de David.
¿Por qué Jesús eligió doce apóstoles?
Porque doce es el número de las tribus de Israel. Al elegir a doce, Jesús simbolizaba la restauración del pueblo de Dios en su totalidad.
¿Qué significan los 153 peces de Juan 21?
No se sabe con certeza. San Jerónimo lo relacionó con las especies de peces conocidas, y otros con el número triangular de diecisiete. La imagen sugiere una comunidad universal y unida.
¿Existen códigos secretos en la Biblia?
No hay fundamento serio para ello. Los números bíblicos tienen un sentido simbólico, pero no esconden predicciones del futuro. La Biblia prohíbe la adivinación.
Conclusión: números que cuentan una historia
Los números sagrados de los evangelios son un lenguaje que los primeros lectores comprendían sin esfuerzo y que nosotros podemos redescubrir. El catorce de David en la genealogía de Mateo, el tres del tercer día, el siete de la creación y del perdón, el doce de las tribus y de los apóstoles, el cuarenta del desierto, el setenta de las naciones. Cada número evoca una historia, una promesa, una presencia. No son códigos secretos, sino ecos de la Biblia hebrea que resuenan en cada página de los evangelios.
Leer los números con el corazón es descubrir que en la Escritura nada es casual. Para seguir este camino, vuelve a la guía de los símbolos sagrados de los evangelios, contempla el último gran símbolo del silo en el buen pastor como símbolo, o profundiza en los niveles de lectura de la tradición judía en PaRDeS: los cuatro niveles de lectura.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Génesis 10, 14:14, 17:12, 18:32, 22:4 y 41:46; Éxodo 19:11; Levítico 9:1 y 25:10; Números 4:3 y 11:16-25; Deuteronomio 6:4, 18:10-12 y 19:15; 2 Samuel 5:4; Oseas 6:2; Jonás 1:17.
- Evangelios: Mateo 1:1-17, 18:20-22 y 19:28; Marcos 5:21-43, 6:7, 6:43 y 8:5-8; Lucas 2:42, 3:23, 8:2, 10:1 y 17:11-19; Juan 17:21 y 21:11.
- Hechos 1:3 y 2:1-4.
- Misná: Avot 3:2, 3:18 y 5:1.
- Talmud de Babilonia: Nedarim 32a; Berajot 21b; Meguilá 23b; Shabat 88b; Sucá 55b.
- Génesis Rabá 56:1.
- Sefer Yetzirá 1:1-4.
Estudios
- W. D. Davies y Dale C. Allison, A Critical and Exegetical Commentary on Matthew (sobre la genealogía).
- Raymond E. Brown, El nacimiento del Mesías.
- Gershom Scholem, La Cábala y su simbolismo.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.