En 1952, en una cueva cercana a Qumrán, a orillas del mar Muerto, los arqueólogos encontraron un documento único entre todos los manuscritos del desierto: un rollo grabado no sobre pergamino, sino sobre láminas de cobre. Cuando por fin lograron abrirlo, descubrieron que era una lista de tesoros escondidos: oro, plata y objetos preciosos enterrados en decenas de lugares de la tierra de Israel, bajo escalones, en cisternas, junto a tumbas. Nadie ha encontrado todavía esos tesoros. Pero el hallazgo mostró algo que los oyentes de Yeshúa sabían bien: en su mundo, la gente escondía de verdad sus riquezas bajo tierra. Por eso, cuando él contó la parábola del tesoro escondido en un campo, nadie pensó que fuera una fantasía. Era una historia que podía ocurrirle a cualquiera. Y lo que contaba era que el mayor tesoro de todos, el Reino de Dios, también está escondido, y que encontrarlo cambia la vida entera.
Imagina a un jornalero de Galilea arando un campo que no es suyo. El sol de la tarde cae sobre la tierra rojiza, los bueyes avanzan despacio, y de pronto la reja del arado choca con algo duro. No es una piedra. Se arrodilla, aparta la tierra con las manos y ve el borde de una vasija de barro sellada. Dentro brilla el metal: monedas, quizá joyas, enterradas hace generaciones por alguien que huyó de una guerra y nunca volvió. El corazón le late con fuerza. Mira a su alrededor: nadie lo ha visto. Vuelve a cubrir la vasija, marca el lugar en su memoria y regresa a casa. Esa noche no duerme. Por la mañana vende todo lo que tiene, su casa, sus herramientas, su manto de fiesta, y compra aquel campo. Sus vecinos piensan que se ha vuelto loco. Él sonríe. Sabe lo que hay bajo la tierra.
Y aquí está la clave que tantos lectores pasan por alto. Mateo no dice que el hombre vendió todo con resignación, ni con sacrificio, ni con dolor. Dice: «y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo» (Mateo 13:44). La palabra decisiva es «gozoso». La renuncia que describe Yeshúa no es una pérdida amarga, sino la consecuencia natural de una alegría inmensa. Nadie llora por vender sus herramientas viejas cuando acaba de encontrar un tesoro. Así es el encuentro con el Reino de Dios: no se trata de renunciar a todo para ganar algo, sino de descubrir algo tan valioso que todo lo demás queda, con alegría, en segundo plano.
Respuesta breve
Las parábolas del tesoro escondido en el campo y de la perla de gran precio (Mateo 13:44-46) comparan el Reino de los cielos con un hallazgo de valor incalculable: un hombre encuentra un tesoro enterrado y, lleno de alegría, vende todo para comprar el campo; un mercader encuentra una perla preciosa y vende todo para adquirirla. Se apoyan en realidades de su tiempo, como la costumbre de enterrar riquezas y el altísimo valor de las perlas, y en imágenes de la Biblia hebrea, donde la sabiduría es «más preciosa que las perlas» y debe buscarse «como a tesoros». Enseñan que el Reino es un bien escondido, que se encuentra a veces por sorpresa y a veces tras una larga búsqueda, y que su descubrimiento llena de gozo y reordena toda la vida.
Dos parábolas gemelas
Las dos parábolas aparecen juntas, una detrás de otra, solo en el Evangelio de Mateo: «Además, el Reino de los cielos es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el Reino de los cielos es semejante a un mercader que busca buenas perlas, que habiendo hallado una perla preciosa, fue y vendió todo lo que tenía, y la compró» (Mateo 13:44-46).
Son breves, apenas dos frases cada una, pero están construidas con un cuidado admirable. Las dos tienen la misma estructura: alguien encuentra algo de un valor extraordinario, vende todo lo que tiene y lo adquiere. Pero hay diferencias significativas. El primer hombre es probablemente un jornalero pobre que encuentra el tesoro por casualidad, sin buscarlo, mientras trabaja. El segundo es un mercader rico y experto que lleva toda su vida buscando perlas finas, y encuentra al fin la mejor de todas. Uno tropieza con el tesoro; el otro lo encuentra tras una larga búsqueda. Uno es pobre; el otro, rico. Y los dos llegan al mismo lugar: lo dan todo por lo que han encontrado.
Esta doble imagen tiene una enorme riqueza espiritual. Hay personas que encuentran a Dios de golpe, sin haberlo buscado, en medio de su vida ordinaria, como Pablo en el camino de Damasco o como tantos que, en un momento de crisis o de belleza, sienten de repente que el cielo se abre. Y hay personas que buscan durante años, leen, preguntan, viajan, rezan, hasta que un día descubren lo que siempre habían anhelado. Las dos parábolas dicen que ambos caminos son legítimos y que ambos conducen al mismo hallazgo.
Esconder tesoros: una realidad del mundo antiguo
Para los oyentes de Yeshúa, la idea de un tesoro enterrado en un campo no era un cuento de piratas, sino algo bastante habitual. En un país atravesado una y otra vez por ejércitos, sin bancos en el sentido moderno, la manera más segura de proteger los ahorros era enterrarlos. El historiador Flavio Josefo cuenta que, tras la destrucción de Jerusalén en el año 70, los soldados romanos excavaban en busca del oro, la plata y los objetos preciosos que los habitantes habían enterrado ante la incertidumbre de la guerra (La guerra de los judíos 7.114-115). Muchas familias morían o huían sin poder recuperar lo que habían escondido, y sus tesoros quedaban bajo tierra durante siglos.
Los arqueólogos han encontrado en Israel numerosos depósitos de monedas enterrados en vasijas, de época romana y bizantina, a menudo en campos o bajo el suelo de las casas. Y el Rollo de cobre de Qumrán, con su lista de tesoros escondidos, muestra hasta qué punto la imagen formaba parte de la imaginación de la época. Las fuentes rabínicas, por su parte, dedican largas discusiones a la cuestión de a quién pertenece un objeto encontrado, y distinguen entre lo que se halla en un campo propio, en un campo ajeno o en un lugar público (Misná, Bava Metsiá 2:1-4). El problema legal que plantea la parábola, si el hombre debía o no avisar al dueño del campo, era un tema que los oyentes reconocerían enseguida.
Yeshúa no entra en esa discusión jurídica. Le interesa otra cosa: la reacción del hombre. Lo que hace que la historia sea memorable no es el tesoro en sí, sino lo que el hombre está dispuesto a hacer para obtenerlo.
La perla: la joya más valiosa del mundo antiguo
Hoy tendemos a pensar en los diamantes como la joya más cara. En el mundo antiguo, en cambio, las perlas ocupaban el primer lugar. Plinio el Viejo escribe que las perlas tenían el precio más alto de todas las cosas preciosas (Historia natural 9.106). Se traían desde el golfo Pérsico, el mar Rojo y la India, a través de largas rutas comerciales, y una perla grande y perfecta podía valer una fortuna. El mismo Plinio cuenta la célebre historia de Cleopatra, que disolvió una perla de valor incalculable en vinagre y se la bebió para ganar una apuesta a Marco Antonio (Historia natural 9.119-121).
En hebreo, la palabra que la Biblia suele traducirse por perlas o piedras preciosas es peninim. Y aparece en algunos de los textos más bellos de la literatura sapiencial. De la sabiduría se dice: «Más preciosa es que las piedras preciosas; y todo lo que puedes desear, no se puede comparar a ella» (Proverbios 3:15). Y de la mujer virtuosa: «su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas» (Proverbios 31:10). Job, en su gran himno a la sabiduría escondida, dice que «la sabiduría es mejor que las perlas» y que no se puede comprar con oro de Ofir (Job 28:18). Cuando Yeshúa compara el Reino con una perla de gran precio, sus oyentes judíos oyen el eco de esta tradición: el Reino es como la sabiduría divina, el bien más alto que existe.
Buscar como quien busca tesoros
Hay un pasaje de Proverbios que parece casi un anticipo de estas parábolas: «Si clamares a la inteligencia, y a la prudencia dieres tu voz; si como a la plata la buscares, y la escudriñares como a tesoros, entonces entenderás el temor del Señor, y hallarás el conocimiento de Dios» (Proverbios 2:3-5). La búsqueda de Dios se describe con la imagen de un buscador de tesoros: alguien que excava, que no se rinde, que sabe que lo que busca vale más que todo su esfuerzo.
Los sabios de Israel retomaron esta imagen muchas veces. Un midrash comenta este versículo con una pequeña historia: si una persona pierde una moneda en su casa, enciende muchas lámparas y busca por todos los rincones hasta encontrarla; con cuánta más razón debe buscarse con todo el empeño la palabra de la Torá, que da la vida en este mundo y en el venidero (Cantar de los Cantares Rabá 1:1). La imagen recuerda otra parábola de Yeshúa, la de la mujer que pierde una dracma, enciende la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla (Lucas 15:8-10). En la tradición judía, buscar a Dios es una aventura apasionada, no un deber gris.
El campo vendido con desprecio: un midrash revelador
Existe una parábola rabínica que dialoga de forma sorprendente con la del tesoro escondido. La transmiten varios midrashim antiguos para explicar por qué los egipcios se arrepintieron de haber dejado salir a Israel. Cuenta que un hombre heredó un terreno lleno de basura, lo consideró inútil y lo vendió por muy poco dinero. El comprador lo limpió, excavó y encontró en él un gran tesoro, con el que se construyó un palacio. Cuando el vendedor lo vio pasear con sus siervos, se lamentó amargamente: «¡Ay de mí, qué he vendido!» (Mejilta de Rabí Ismael, Beshalaj; Cantar de los Cantares Rabá 4:12).
La historia rabínica y la parábola de Yeshúa comparten la misma imagen de fondo: un campo aparentemente sin valor que esconde una riqueza inmensa. Pero las miradas son opuestas. En el midrash, el protagonista es quien no supo ver el tesoro y lo perdió. En la parábola, el protagonista es quien lo vio y lo dio todo por él. Las dos historias juntas forman una advertencia y una invitación: el campo de nuestra vida, que a veces nos parece lleno de piedras y de basura, puede esconder un tesoro. Sería una tragedia venderlo sin haberlo descubierto.
«Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón»
Las parábolas del tesoro y de la perla iluminan otra enseñanza de Yeshúa en el sermón del monte: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo… Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (Mateo 6:19-21). La expresión «minan y hurtan» se refiere literalmente a los ladrones que excavaban a través de las paredes de adobe de las casas para robar lo que había escondido dentro.
La idea de un tesoro en el cielo no era nueva. La tradición judía hablaba de los actos de bondad y de la limosna como un tesoro acumulado ante Dios. Una historia célebre del Talmud cuenta que el rey Monobaz, convertido al judaísmo, repartió todas sus riquezas a los pobres durante una época de hambre. Cuando su familia se lo reprochó, respondió: «Mis padres guardaron tesoros abajo, y yo los he guardado arriba. Mis padres guardaron tesoros donde la mano puede alcanzarlos, y yo donde la mano no puede alcanzarlos» (Tosefta, Peá 4:18; Talmud, Bava Batra 11a). Es casi la misma enseñanza de Yeshúa, en boca de un rey judío de su tiempo.
Lo esencial está en la última frase: el corazón sigue al tesoro. Aquello que más valoramos determina hacia dónde se orienta nuestra vida entera. Por eso las parábolas no hablan de una simple decisión moral, sino de una reorientación del corazón. Quien ha encontrado el tesoro del Reino ya no necesita esforzarse para renunciar a lo demás: su corazón ya está en otro lugar. Esta pureza del deseo se medita en «bienaventurados los limpios de corazón».
El único tesoro de Dios
Hay una frase del Talmud que da a estas parábolas una vuelta inesperada. Rabí Janina dice: «El Santo, bendito sea, no tiene en su tesoro nada más que el tesoro del temor del cielo» (Berajot 33b), y lo apoya en un versículo de Isaías: «el temor del Señor será su tesoro» (Isaías 33:6). El temor del cielo, en la tradición judía, no es miedo, sino reverencia amorosa, conciencia viva de la presencia de Dios.
Es una idea preciosa: lo que Dios mismo considera su tesoro es el corazón humano que lo reconoce y lo ama. Leídas desde aquí, las parábolas del tesoro escondido se pueden contemplar en dos direcciones. Nosotros buscamos el Reino como un tesoro. Pero también Dios nos busca a nosotros como su tesoro. Algunos lectores antiguos llegaron a ver en el hombre que lo vende todo para comprar el campo una imagen del amor de Dios, que lo da todo por el ser humano. No es la única lectura posible, pero muestra la fecundidad de la imagen: el Reino es un encuentro de dos buscadores que se hallan mutuamente.
La parábola en cuatro niveles
Como en otras parábolas, la tradición judía de lectura ofrece una herramienta útil para profundizar. El método PaRDeS distingue cuatro niveles, que explicamos en PaRDeS: los cuatro niveles de lectura:
- Peshat (literal): un trabajador encuentra un tesoro y un mercader encuentra una perla; ambos venden todo para adquirirlos. Es una historia verosímil en el mundo antiguo.
- Rémez (alusión): el tesoro y la perla evocan la sabiduría de Proverbios y de Job, «más preciosa que las perlas», y el tesoro del temor del Señor de Isaías.
- Derash (enseñanza): el Reino de Dios vale más que todo lo que poseemos, y quien lo descubre lo prioriza con alegría, sin sentir que pierde nada.
- Sod (secreto): el campo es el propio ser humano. El tesoro está enterrado dentro de nosotros, bajo capas de tierra, de costumbre y de olvido. Encontrarlo es descubrir la presencia de Dios en lo más hondo del alma.
El tesoro escondido dentro de ti
La lectura interior de la parábola del tesoro escondido conecta con otra enseñanza de Yeshúa que hemos explorado en este blog: «el Reino de Dios está entre vosotros», o «dentro de vosotros» (Lucas 17:21). Si el Reino está dentro, el campo donde se esconde el tesoro somos nosotros mismos. No hace falta viajar a tierras lejanas ni poseer conocimientos secretos para encontrarlo. Está enterrado en el campo de nuestra propia vida, a menudo en el lugar donde menos esperamos. Este tema se desarrolla en «el Reino de Dios está dentro de vosotros».
Los maestros jasídicos contaban una historia que lo expresa de forma inolvidable. Un hombre pobre de Cracovia, llamado Isaac, hijo de Yékel, soñó tres veces que bajo un puente de Praga había un tesoro escondido. Viajó hasta allí, pero el puente estaba vigilado por soldados y no se atrevía a excavar. El capitán de la guardia, al verlo rondar, le preguntó qué buscaba, y él le contó su sueño. El capitán se rió: «¡Qué tontería fiarse de los sueños! Yo también soñé que en Cracovia, bajo la estufa de un tal Isaac, hijo de Yékel, había un tesoro, y no por eso voy a ir hasta allí». Isaac volvió a su casa, excavó bajo su propia estufa y encontró el tesoro. Martin Buber, que recogió la historia, comenta: hay algo que no se puede encontrar en ningún lugar del mundo, y sin embargo existe un lugar donde se puede encontrar: el lugar donde estás.
Esta historia es posterior a Yeshúa en muchos siglos y pertenece a otra tradición espiritual, la del jasidismo, pero expresa con una belleza extraordinaria lo que la parábola sugiere en su nivel más profundo. El tesoro no está lejos. Está bajo nuestra propia estufa, en nuestra casa, en el campo de nuestra vida de cada día. A veces hay que hacer un largo viaje para descubrir que lo buscado estaba en casa.
La luz escondida y el tesoro de la Torá
La mística judía desarrolló la imagen del tesoro escondido de formas muy bellas. El Zóhar compara la Torá con una doncella hermosa que vive escondida en un palacio y solo se deja ver por un instante a su amado, que ronda el palacio cada día por amor a ella. Primero le hace una señal desde lejos; luego le habla desde detrás de un velo; después, desde un velo más fino; y al final se le revela cara a cara y le muestra todos sus secretos (Zóhar II, 99a-b). El sentido profundo de las Escrituras es un tesoro que se descubre poco a poco, solo a quien lo busca con amor.
Hay también otra imagen que ya mencionamos al hablar de la luz: la luz del primer día de la creación, que Dios escondió para los justos (Talmud, Jaguigá 12a). Los cabalistas la llamaban or ha-ganuz, «la luz escondida», y enseñaban que permanece oculta en el mundo como un tesoro enterrado, esperando a ser descubierta por quienes viven con bondad. Son lecturas posteriores, pero dialogan maravillosamente con la parábola de Yeshúa: lo más valioso del universo está escondido, no para que no se encuentre, sino para que se busque. Este diálogo entre las enseñanzas de Jesús y la Cábala se explora en la guía sobre Jesús y la Cábala, y el misterio del Dios escondido en Ein Sof y el Padre que ve en lo secreto.
La alegría de vender todo
Volvamos a la palabra decisiva: «gozoso». En la historia de la espiritualidad, la renuncia se ha presentado a menudo como un sacrificio doloroso, una pérdida que hay que soportar. La parábola del tesoro escondido muestra otra perspectiva. La renuncia verdadera no nace del esfuerzo, sino del deslumbramiento. Cuando alguien encuentra lo que de verdad vale, soltar lo demás deja de ser un peso.
Hay ejemplos de esto en la historia de la comunidad de Qumrán, donde los miembros entregaban sus bienes a la comunidad al entrar, y en la primera comunidad de discípulos en Jerusalén, que ponía todo en común (Hechos 2:44-45). Pero también hay un ejemplo contrario en los mismos evangelios: el joven rico, que pregunta a Yeshúa qué debe hacer para heredar la vida eterna. Cuando él le invita a vender lo que tiene, dárselo a los pobres y tener así «tesoro en el cielo», el joven se marcha triste, porque tenía muchas posesiones (Marcos 10:17-22). La diferencia entre el hombre de la parábola y el joven rico no es lo que poseían, sino si habían visto o no el tesoro. Quien lo ha visto, vende con alegría; quien no lo ha visto, se va triste. Sobre la vida compartida en el desierto puedes leer la comunidad de bienes en Qumrán.
Esconder de nuevo: el valor del secreto
Un detalle curioso de la parábola es que el hombre, al encontrar el tesoro, «lo esconde de nuevo». No lo exhibe, no lo proclama, no lo muestra a los vecinos. Lo guarda en secreto mientras prepara todo para adquirirlo. Algunos lectores han visto en este gesto una enseñanza sobre la discreción de la vida espiritual. El encuentro con Dios es algo íntimo, que no necesita exhibirse. Yeshúa insistía en ello: «Cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto» (Mateo 6:6).
Las experiencias espirituales más profundas suelen perder algo de su fuerza cuando se cuentan demasiado pronto o se convierten en motivo de orgullo. Hay un tiempo para guardar el tesoro en el corazón, como María, que «guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lucas 2:19). Esta dimensión de la oración escondida se desarrolla en la oración en lo secreto de Mateo 6.
Las parábolas en el Evangelio de Tomás
Las dos parábolas aparecen también en el Evangelio de Tomás, una colección de dichos atribuidos a Jesús que se conserva en copto y que se descubrió en Nag Hammadi, Egipto, en 1945. Allí, la parábola de la perla dice que un mercader vendió toda su mercancía para comprar una sola perla (dicho 76), y la del tesoro tiene un desarrollo diferente: un hombre hereda un campo sin saber que contiene un tesoro, su hijo lo vende sin saberlo, y el comprador lo encuentra mientras ara (dicho 109), una versión que recuerda al midrash rabínico del campo vendido. Es interesante comparar las versiones, pero conviene tener presente que el Evangelio de Tomás es un texto posterior, con influencias de corrientes gnósticas, cuya relación con los evangelios canónicos sigue debatiéndose entre los especialistas. Lo analizamos con calma en el Evangelio de Tomás y sus dichos.
Una práctica: desenterrar el tesoro
Si el tesoro escondido está en el campo de tu propia vida, la práctica espiritual consiste en aprender a excavar con paciencia y con alegría. Te propongo un ejercicio para dos semanas:
- Pregúntate cuál es tu tesoro. Escribe con sinceridad qué es lo que más valoras en tu vida, aquello en lo que piensas cuando nadie te ve. Recuerda: «donde esté tu tesoro, allí estará tu corazón».
- Excava cada mañana. Dedica diez minutos de silencio a buscar la presencia de Dios dentro de ti, como quien aparta la tierra con las manos. No esperes encontrarlo todo el primer día.
- Mira tu campo con otros ojos. Ese aspecto de tu vida que te parece lleno de piedras, ¿podría esconder algo valioso? Una dificultad, una relación, una herida.
- Suelta algo con alegría. Elige algo pequeño que ocupe demasiado lugar en tu corazón y entrégalo: tiempo, un objeto, una costumbre. Hazlo sin tristeza, pensando en lo que ganas.
- Haz un tesoro en el cielo. Realiza cada día un acto de generosidad discreto, como el rey Monobaz que guardó sus tesoros «arriba».
- Guarda el hallazgo. Si algo se ilumina en tu interior, no lo exhibas enseguida. Medítalo en tu corazón.
Lecturas recomendadas
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Las parábolas de Yeshúa cobran toda su fuerza cuando se leen junto a los midrashim y las costumbres de su pueblo. Para entender ese trasfondo con rigor y cercanía, te recomiendo el libro El judaísmo de Jesús, donde Mario Sabán reconstruye el mundo de sus parábolas.
Si te atrae la idea de la luz escondida y del tesoro secreto de la Torá, Sod 32, el secreto de los senderos de la sabiduría es una puerta excelente a la Cábala, y el Sefer Yetzirá, uno de los tesoros más antiguos de la mística judía, te permitirá meditar en sus fuentes.
Preguntas frecuentes sobre el tesoro escondido y la perla
¿Qué significa la parábola del tesoro escondido?
Enseña que el Reino de Dios es un bien de valor incalculable, a menudo escondido, y que quien lo descubre lo prioriza todo con alegría, porque ha encontrado lo que de verdad importa.
¿Dónde están las parábolas del tesoro y de la perla?
En el Evangelio de Mateo, capítulo 13, versículos 44 a 46. También aparecen, con variaciones, en el Evangelio de Tomás (dichos 76 y 109).
¿Por qué el hombre vende todo con alegría?
Porque ha visto el valor del tesoro. La renuncia no es un sacrificio doloroso, sino la consecuencia natural de un hallazgo que supera todo lo demás.
¿Qué diferencia hay entre el tesoro y la perla?
El tesoro se encuentra por sorpresa, sin buscarlo; la perla la encuentra un mercader que llevaba tiempo buscando. Representan dos caminos hacia Dios: el encuentro inesperado y la búsqueda perseverante.
¿Tiene raíces judías la parábola del tesoro escondido?
Sí. Proverbios invita a buscar la sabiduría «como a tesoros», y los midrashim cuentan la historia de un campo vendido sin valor que escondía un gran tesoro.
¿Por qué las perlas eran tan valiosas?
En el mundo antiguo eran la joya más cara, traída desde lejanos mares. Plinio el Viejo dice que tenían el precio más alto de todas las cosas preciosas.
Conclusión: el campo de tu vida
Las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran precio son dos de las más breves de Yeshúa, y quizá dos de las más luminosas. Hablan de un hallazgo que lo cambia todo, de una alegría que hace ligera cualquier renuncia, de un valor que ninguna riqueza del mundo puede igualar. Hunden sus raíces en la sabiduría de Israel, que buscaba a Dios como quien busca tesoros, y en la vida concreta de Galilea, donde los campos guardaban a veces secretos de generaciones pasadas.
El campo de tu vida, con sus piedras y sus surcos, esconde un tesoro. Para seguir excavando, vuelve a la guía de las enseñanzas místicas de Jesús, recuerda cómo crece lo pequeño en el grano de mostaza, o descubre el misterio del nombre divino en los «Yo soy» del Evangelio de Juan.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Job 28:12-19; Proverbios 2:3-5, 3:13-15 y 31:10; Isaías 33:6.
- Evangelios: Mateo 6:6 y 6:19-21, 13:44-46; Marcos 10:17-22; Lucas 2:19, 15:8-10 y 17:21; Hechos 2:44-45.
- Misná, Bava Metsiá 2:1-4; Tosefta, Peá 4:18.
- Talmud de Babilonia: Berajot 33b; Jaguigá 12a; Bava Batra 11a.
- Mejilta de Rabí Ismael, Beshalaj; Cantar de los Cantares Rabá 1:1 y 4:12.
- Zóhar II, 99a-b.
- Flavio Josefo, La guerra de los judíos 7.114-115; Plinio el Viejo, Historia natural 9.106-121.
- Rollo de cobre de Qumrán (3Q15); Evangelio de Tomás, dichos 76 y 109.
Estudios
- Joachim Jeremias, Las parábolas de Jesús.
- Brad H. Young, Jesus and His Jewish Parables.
- David Flusser, Jesús en sus palabras y en su tiempo.
- Martin Buber, Cuentos jasídicos.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.