La Torá contiene una promesa que parece un sueño imposible: «para que así no haya en medio de ti mendigo» (Deuteronomio 15:4). Un pueblo sin pobres. Siglos después, el libro de los Hechos de los Apóstoles describe a la primera comunidad de seguidores de Yeshúa en Jerusalén con unas palabras que parecen el cumplimiento de esa promesa: «la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común… Así que no había entre ellos ningún necesitado» (Hechos 4:32-34). Y en el desierto de Judea, más de un siglo antes, una comunidad de esenios ya había intentado vivir así. La comunidad de bienes es uno de los puentes más interesantes entre Qumrán y los primeros discípulos de Yeshúa, y también una de las enseñanzas más exigentes y actuales de la espiritualidad bíblica.
Imagina una casa grande en Jerusalén, pocas semanas después de la muerte de Yeshúa. En el patio, al caer la tarde, decenas de personas comparten el pan: pescadores de Galilea, viudas de habla griega, artesanos, algún sacerdote del Templo que se ha unido al grupo. Un hombre llamado José, de la tribu de Leví, nacido en Chipre, a quien todos llaman Bernabé, «hijo de la consolación», acaba de vender un campo y deja el dinero a los pies de los apóstoles (Hechos 4:36-37). Nadie le ha obligado. Lo ha hecho porque ha comprendido que el Reino que anunciaba el maestro empieza en la mesa compartida. Mientras tanto, a una jornada de camino, en Qumrán, otros hombres vestidos de blanco comen juntos en silencio, después de haber entregado hace años todos sus bienes al inspector de la comunidad. Dos comunidades, una misma intuición, dos maneras de vivirla.
Y aquí aparece un paralelo que estremece a cualquier lector atento. La Regla de la comunidad de Qumrán establece que si alguien mentía deliberadamente sobre sus bienes al entregarlos a la comunidad, era excluido de la comida pura durante un año y castigado con una reducción de su ración (1QS 6:24-25). Y el libro de los Hechos narra la historia dramática de Ananías y Safira, una pareja que vendió una propiedad, se quedó con parte del dinero y mintió diciendo que lo entregaba todo, con un final trágico (Hechos 5:1-11). En ambos casos, la falta grave no es quedarse con algo, sino mentir a la comunidad sobre ello. Las dos comunidades sabían que compartir los bienes solo tiene sentido si se comparte también la verdad.
Respuesta breve
La comunidad de bienes era una práctica de los esenios: según Josefo, Filón y los manuscritos de Qumrán, los miembros entregaban sus propiedades a la comunidad, que las administraba en común, de modo que nadie era rico ni pobre. Los primeros seguidores de Jesús en Jerusalén también ponían sus bienes en común para que no hubiera necesitados (Hechos 2 y 4). Pero había diferencias: en Qumrán la entrega era obligatoria y formaba parte de un proceso de admisión; entre los discípulos de Jesús era voluntaria y nacía de la generosidad. Ambas prácticas se inspiran en el ideal bíblico de un pueblo sin pobres (Deuteronomio 15:4).
El ideal bíblico: un pueblo sin pobres
La Biblia hebrea no propone una comunidad de bienes, pero sí contiene una preocupación constante por los pobres y un conjunto de leyes destinadas a evitar que la riqueza se acumule en pocas manos. Los campesinos debían dejar sin segar las esquinas de sus campos y no recoger las espigas caídas, para que los pobres y los extranjeros pudieran recogerlas (Levítico 19:9-10). Cada siete años, en el año sabático, la tierra descansaba y sus frutos espontáneos eran para todos, y las deudas se perdonaban (Deuteronomio 15:1-2). Y cada cincuenta años, en el jubileo, las tierras volvían a sus familias originales (Levítico 25).
La razón de fondo era teológica: «la tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo» (Levítico 25:23). Nadie es dueño absoluto de nada; todo pertenece a Dios, y los seres humanos son solo administradores. Esta convicción es la raíz de la comunidad de bienes, tanto en Qumrán como entre los discípulos de Yeshúa. El jubileo como gran reparación social se comenta en el Reino de los cielos y el Tikún Olam.
La comunidad de bienes de los esenios
Los tres autores antiguos que describen a los esenios coinciden en destacar su comunidad de bienes como uno de sus rasgos más admirables.
Lo que cuentan Josefo y Filón
Flavio Josefo escribe que los esenios desprecian la riqueza y que entre ellos es admirable la comunidad de bienes: no se ve a nadie que tenga más que otro, porque la ley establece que quienes entran en el grupo entregan sus bienes a la comunidad, de modo que entre todos ellos no hay ni la humillación de la pobreza ni el exceso de la riqueza (La guerra de los judíos 2.122). Añade un detalle muy hermoso: cuando un esenio viajaba, no llevaba nada consigo, porque en cada ciudad había un miembro encargado de acoger a los hermanos que llegaban, darles ropa y lo necesario (2.124-125).
Este último detalle resulta muy llamativo cuando se lee junto a las instrucciones que Yeshúa dio a sus discípulos al enviarlos de dos en dos: «No os proveáis de oro, ni plata, ni cobre en vuestros cintos; ni de alforja para el camino, ni de dos túnicas… Y en cualquier ciudad o aldea donde entréis, informaos quién en ella sea digno, y posad allí» (Mateo 10:9-11). Viajar sin nada, confiando en la hospitalidad de la red de hermanos, era una práctica compartida.
Filón de Alejandría coincide: los esenios no tienen nada propio, ni casa, ni esclavo, ni campo; todo lo que ganan con su trabajo lo entregan a un administrador común, que compra lo necesario para todos. Tienen una caja común, gastos comunes, ropa común y comidas en común (Todo hombre bueno es libre 85-86). Y cuidan especialmente de los enfermos y de los ancianos, que reciben la atención de todos como un padre la recibiría de sus hijos.
Lo que dicen los manuscritos de Qumrán
Los textos de la propia comunidad confirman y matizan estas descripciones. La Regla de la comunidad pide a los que entran que aporten «todo su conocimiento, su fuerza y su riqueza» a la comunidad de Dios (1QS 1:11-12). Y describe un proceso gradual: durante el primer año de prueba, el candidato conservaba sus bienes; al ser admitido al segundo año, entregaba sus propiedades al inspector, que las registraba en una cuenta pero no las mezclaba todavía con las de la comunidad; y solo al completar el segundo año sus bienes se fundían con los de todos (1QS 6:13-23).
El Documento de Damasco, que parece dirigido a esenios que vivían en las ciudades y tenían familia, propone un modelo distinto y muy interesante: los miembros no lo entregaban todo, sino que aportaban el salario de al menos dos días al mes a un fondo común administrado por el inspector, destinado a los huérfanos, a los pobres, a los ancianos, a los enfermos, a las jóvenes sin familia y a los cautivos (CD 14:12-16). Es decir, existían dos niveles: la comunidad total de bienes para los que vivían juntos y un fondo solidario para los que vivían en sus casas.
Los esenios se llamaban a sí mismos «los pobres», un título que procede de los salmos y que expresa una actitud espiritual: la de quien no se apoya en sus riquezas, sino en Dios. Puedes conocer mejor su espiritualidad en ¿Fue Jesús esenio? La espiritualidad de Qumrán.
Otros ecos de la vida compartida
Los esenios no fueron los únicos judíos de su tiempo que vivieron en comunidad. Filón de Alejandría describe también a los terapeutas, un grupo de contemplativos judíos de Egipto que renunciaban a sus bienes, dejándolos a sus familias, para retirarse a una vida de oración y estudio, como explicamos en los terapeutas de Egipto. Y Juan el Bautista, sin pedir a nadie que se retirara al desierto, enseñaba a las multitudes una forma sencilla de comunidad de bienes: «El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo» (Lucas 3:11). Su relación con Qumrán se analiza en Juan el Bautista y los esenios.
Detrás de todas estas experiencias late la misma crítica profética a la acumulación. Isaías había clamado: «¡Ay de los que juntan casa a casa, y añaden heredad a heredad hasta ocuparlo todo!» (Isaías 5:8). Amós denunció a quienes «venden al justo por dinero y al pobre por un par de zapatos» (Amós 2:6). Los textos de Qumrán acusan con frecuencia a los sacerdotes de Jerusalén de enriquecerse a costa del pueblo, y el comentario a Habacuc reprocha al Sacerdote Impío haber robado las riquezas de los pobres. Para conocer a quien inspiró esta crítica en la comunidad del desierto, puedes leer el Maestro de Justicia y Jesús.
Yeshúa y los bienes: dejarlo todo, compartirlo todo
Los evangelios presentan una actitud de Yeshúa hacia la riqueza que es a la vez exigente y flexible.
Los que lo dejaron todo
Los primeros discípulos «dejando luego sus redes, le siguieron» (Marcos 1:18). Pedro dirá más tarde: «He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido» (Marcos 10:28). El grupo itinerante que acompañaba a Yeshúa tenía una bolsa común, que según el Evangelio de Juan administraba Judas (Juan 12:6 y 13:29), y de la que se daba también a los pobres. Y Lucas cuenta que varias mujeres, entre ellas María Magdalena y Juana, la mujer de un administrador de Herodes, los sostenían «con sus bienes» (Lucas 8:1-3). Era una pequeña comunidad de bienes en movimiento.
El joven rico
A un joven que cumplía todos los mandamientos y le preguntaba qué le faltaba, Yeshúa le dijo, mirándolo con amor: «Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Marcos 10:21). El joven se fue triste, porque tenía muchas posesiones. Y Yeshúa comentó que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios. Esta enseñanza se relaciona con las parábolas del tesoro escondido y de la perla, en las que alguien vende todo lo que tiene por algo de valor infinito, como explicamos en la perla escondida y el tesoro en el campo.
No todos dejaron sus bienes
Sin embargo, Yeshúa no exigió a todos lo mismo. Zaqueo, el jefe de los recaudadores de Jericó, no lo dejó todo: prometió dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces lo que hubiera robado, y Yeshúa le dijo: «Hoy ha venido la salvación a esta casa» (Lucas 19:8-9). Marta y María tenían su casa en Betania, donde lo acogían. José de Arimatea era un hombre rico que puso a su disposición un sepulcro. La enseñanza de Yeshúa no era una regla uniforme, como en Qumrán, sino una llamada personal a la libertad interior frente al dinero.
No se puede servir a dos señores
La raíz de esta libertad está en una frase de Yeshúa: «Ninguno puede servir a dos señores… No podéis servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24). La palabra que usa el evangelio para «riquezas» es mamoná, un término arameo que designa el dinero y las posesiones cuando se convierten en algo en lo que uno confía. Y a continuación enseña a no afanarse por el día de mañana, mirando las aves del cielo y los lirios del campo. Esta confianza se desarrolla en vivir el presente: «no os afanéis por el día de mañana».
La primera comunidad de Jerusalén
Después de la muerte de Yeshúa, sus seguidores en Jerusalén vivieron una experiencia de comunidad de bienes que el libro de los Hechos describe en dos pasajes. En el primero: «Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno» (Hechos 2:44-45). En el segundo, el texto citado al principio, en el que «no había entre ellos ningún necesitado» (Hechos 4:34), con un eco clarísimo de Deuteronomio 15:4.
Hay, sin embargo, una diferencia fundamental con Qumrán, que el propio libro de los Hechos subraya. Cuando Pedro reprocha a Ananías su mentira, le dice: «Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? Y vendida, ¿no estaba en tu poder?» (Hechos 5:4). Es decir, nadie estaba obligado a entregar sus bienes. La comunidad de bienes de los discípulos era voluntaria, fruto de la generosidad. En Qumrán, en cambio, era una condición obligatoria para pertenecer al grupo. Esta diferencia refleja dos espiritualidades: una basada en la regla, otra en la libertad del amor.
La tsedaká: la justicia de compartir
La tradición judía posterior no adoptó la comunidad de bienes como norma general, pero desarrolló una de las éticas de la solidaridad más ricas de la historia: la tsedaká. La palabra suele traducirse como «caridad», pero significa literalmente «justicia». Dar al pobre no es un favor, sino un acto de justicia, porque lo que tenemos no es del todo nuestro.
La Misná contiene una enseñanza sobre las actitudes ante los bienes que merece meditarse despacio. Hay cuatro tipos de personas, dice. El que dice «lo mío es mío y lo tuyo es tuyo» es una persona corriente, aunque algunos dicen que esa es la medida de Sodoma. El que dice «lo mío es tuyo y lo tuyo es mío» es un ignorante. El que dice «lo mío es tuyo y lo tuyo es tuyo» es un jasid, un piadoso. Y el que dice «lo tuyo es mío y lo mío es mío» es un malvado (Pirké Avot 5:10). El ideal del jasid, «lo mío es tuyo», es exactamente el espíritu de la primera comunidad de Jerusalén.
Las comunidades judías organizaron además, desde la antigüedad, instituciones de solidaridad: la kupá, un fondo semanal para los pobres de la ciudad, y el tamjui, un comedor diario para los necesitados, que ya menciona la Misná (Peá 8:7). Y en el siglo XII, Maimónides describió ocho niveles de tsedaká, el más alto de los cuales consiste en ayudar a alguien a valerse por sí mismo, dándole un trabajo o un préstamo, para que no necesite depender de nadie. La compasión como camino de vida se desarrolla en la compasión como camino espiritual.
Bienaventurados los pobres
En el fondo de todo esto está una de las palabras más radicales de Yeshúa: «Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios» (Lucas 6:20). Mateo añade «en espíritu». Los esenios se llamaban «los pobres»; los primeros seguidores de Yeshúa en Jerusalén fueron conocidos también como «los pobres»; y el Reino que anunciaba el maestro empezaba precisamente por ellos. La pobreza de espíritu, la actitud de quien lo recibe todo como don, se medita en las Bienaventuranzas y las Sefirot.
Una práctica: la caja de tsedaká
En muchos hogares judíos hay una pequeña caja de tsedaká, en la que se deposita una moneda antes de encender las velas del Shabat o en otros momentos del día. Te propongo una práctica inspirada en esta costumbre y en el fondo solidario del Documento de Damasco:
- Prepara una caja o un sobre en tu casa, en un lugar visible.
- Deposita algo cada semana, por pequeño que sea, antes del día de descanso.
- Al final de cada mes, entrega lo reunido a alguien que lo necesite o a una causa justa, preferiblemente de forma discreta.
- Revisa tu relación con lo que tienes. Pregúntate qué posees que te posee a ti, y qué podrías soltar para vivir más libre.
No se trata de vivir como en Qumrán ni de vender todos tus bienes, sino de dar un paso hacia el ideal del jasid: «lo mío es tuyo». Cada moneda en la caja es una pequeña declaración de que nada es del todo nuestro.
Lecturas recomendadas
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Para comprender la ética judía de la tsedaká y la manera en que Yeshúa la vivió y la radicalizó, una lectura muy recomendable es El judaísmo de Jesús, el estudio de Mario Sabán sobre las raíces hebreas del maestro.
En la Cábala, el acto de dar se asocia con Jésed, la Sefirá de la misericordia que se derrama sin medida. Para conocer ese simbolismo, puedes leer Sod 32, una introducción rigurosa al Árbol de la Vida, y como texto fuente antiguo, el Sefer Yetzirá en una edición accesible.
Preguntas frecuentes sobre la comunidad de bienes
¿Qué es la comunidad de bienes?
Es la práctica de poner en común las posesiones de los miembros de un grupo, de modo que se administren conjuntamente y nadie pase necesidad. La practicaban los esenios y la primera comunidad de discípulos de Jesús en Jerusalén.
¿Cómo era la comunidad de bienes en Qumrán?
Los nuevos miembros entregaban sus bienes al inspector de forma gradual durante dos años de prueba, hasta que se fundían con los de la comunidad. Los esenios que vivían en las ciudades aportaban al menos dos días de salario al mes a un fondo para los necesitados.
¿Era obligatoria la comunidad de bienes entre los primeros cristianos?
No. Según Hechos 5:4, cada uno era libre de conservar o vender sus bienes. La entrega era voluntaria, a diferencia de Qumrán, donde formaba parte de las condiciones de pertenencia.
¿Pidió Jesús a todos que dejaran sus bienes?
No. Lo pidió a algunos, como al joven rico, pero aceptó otras respuestas, como la de Zaqueo, que dio la mitad de sus bienes a los pobres. Su enseñanza se centra en la libertad interior frente al dinero.
¿Qué es la tsedaká?
Es la práctica judía de dar a los necesitados. La palabra significa «justicia», porque dar al pobre se entiende como un acto de justicia y no solo de caridad.
¿Qué significa «no habrá mendigo en medio de ti»?
Es una promesa de Deuteronomio 15:4, vinculada a las leyes del año sabático. Expresa el ideal de una sociedad sin pobres, que el libro de los Hechos ve cumplido en la primera comunidad de Jerusalén.
Conclusión: lo mío es tuyo
La comunidad de bienes es una de las respuestas más audaces que ha dado la espiritualidad bíblica al sueño de un pueblo sin pobres. Los esenios la vivieron como una regla estricta en el desierto, con años de prueba y castigos para quien mintiera. Los primeros discípulos de Yeshúa la vivieron como un fruto espontáneo del amor, en una casa de Jerusalén donde nadie pasaba necesidad. Y la tradición judía la tradujo en la tsedaká, la justicia cotidiana de compartir.
Todas estas formas nacen de la misma convicción: la tierra es de Dios, y nosotros somos solo sus administradores. Para seguir explorando la espiritualidad del desierto, vuelve a la guía sobre los esenios y la mística de Qumrán, o descubre por qué el desierto ha sido siempre un lugar de revelación en el desierto en la tradición judía.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Levítico 19:9-10 y 25; Deuteronomio 15:1-11; Isaías 5:8; Amós 2:6.
- Evangelios y Hechos: Mateo 6:19-34 y 10:9-11; Marcos 1:18 y 10:17-31; Lucas 3:11, 6:20, 8:1-3 y 19:1-10; Juan 12:6 y 13:29; Hechos 2:44-45, 4:32-37 y 5:1-11.
- Flavio Josefo, La guerra de los judíos 2.122-125.
- Filón de Alejandría, Todo hombre bueno es libre 85-87.
- Manuscritos del mar Muerto: Regla de la comunidad (1QS 1:11-12 y 6:13-25); Documento de Damasco (CD 14:12-16).
- Misná: Pirké Avot 5:10; Peá 8:7. Maimónides, Mishné Torá, Leyes de los dones a los pobres 10.
Estudios
- Brian J. Capper, estudios sobre la comunidad de bienes en Qumrán y en Hechos.
- Florentino García Martínez, Textos de Qumrán.
- Geza Vermes, Los manuscritos del mar Muerto.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.