En los evangelios, Yeshúa nunca se llama a sí mismo «Mesías» por iniciativa propia, rara vez dice «yo» cuando habla de su misión y casi nunca usa los títulos solemnes que otros le atribuyen. Pero hay una expresión que aparece en sus labios más de ochenta veces, y que solo él utiliza: el Hijo del Hombre. Es el título más misterioso de todo el Nuevo Testamento. Puede sonar humilde, casi como decir «un ser humano cualquiera», y al mismo tiempo evoca a una figura celeste que viene sobre las nubes ante el trono de Dios. Para descubrir de dónde procede ese doble rostro hay que abrir dos libros antiguos: el de Daniel y uno de los textos más fascinantes y menos conocidos del judaísmo antiguo, el libro de Enoc.
Imagina una noche en Galilea, alrededor de una hoguera junto al lago. Los discípulos escuchan a su maestro mientras el fuego chisporrotea y las estrellas se reflejan en el agua. Alguien le pide un lugar para dormir y él sonríe: «Las zorras tienen guaridas y las aves del cielo nidos, mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza» (Mateo 8:20). Unos días después, hablando del final de los tiempos, ese mismo maestro anuncia que verán al Hijo del Hombre viniendo en las nubes con gran poder y gloria. ¿Cómo puede la misma expresión designar a un caminante sin techo y a una figura gloriosa del cielo? Esa tensión no es una contradicción: es una de las claves de la mística de Yeshúa.
Lo más sorprendente es que, en la época de Jesús, circulaba entre los judíos un libro donde ese Hijo del Hombre aparece descrito con detalles asombrosos: es elegido antes de que existieran el sol y las estrellas, permanece escondido en la presencia de Dios, es luz de las naciones y esperanza de los que sufren, y un día se sentará en el trono de su gloria. Ese libro, el primer libro de Enoc, estaba tan difundido que una carta del Nuevo Testamento lo cita palabra por palabra. Durante siglos fue casi olvidado en Occidente, hasta que en el siglo XVIII se redescubrió en Etiopía y, en el XX, aparecieron fragmentos en las cuevas de Qumrán. Hoy sabemos que sin él no se entiende del todo el lenguaje de los evangelios.
Respuesta breve
«Hijo del Hombre» es el título que Jesús usa con más frecuencia para hablar de sí mismo. En hebreo y arameo, la expresión puede significar sencillamente «ser humano», pero en Daniel 7:13 designa a una figura que llega con las nubes del cielo ante el trono de Dios. En las Parábolas del primer libro de Enoc (capítulos 37-71), escritas probablemente en torno al cambio de era, el Hijo del Hombre es un ser celeste, escondido desde antes de la creación, que será luz de las naciones y se sentará en el trono de la gloria. Jesús une en este título la humildad del ser humano y la esperanza mesiánica de su pueblo.
Qué significa «Hijo del Hombre» en hebreo y arameo
Para un oído moderno, «Hijo del Hombre» suena extraño, casi solemne. Para un judío del siglo I era una expresión muy corriente. En hebreo, ben adam significa literalmente «hijo de Adán», es decir, «ser humano». En arameo, la lengua que hablaba Yeshúa, se dice bar enash o bar nasha, con el mismo sentido. Así, cuando el salmista se pregunta «¿qué es el hombre para que de él te acuerdes, y el hijo del hombre para que lo visites?» (Salmo 8:5), está usando un paralelismo poético: «hombre» e «hijo del hombre» son lo mismo.
El profeta Ezequiel, el mismo que contempló el trono de Dios, es llamado por Dios «hijo de hombre» más de noventa veces. En su caso, el título subraya la pequeñez del profeta ante la inmensidad divina: después de haber visto la Gloria, Ezequiel cae rostro en tierra, y Dios se dirige a él como «hijo de hombre» para levantarlo y enviarlo (Ezequiel 2:1). Ese contraste entre la fragilidad humana y la cercanía de Dios ya contiene, en germen, algo del misterio que Yeshúa desarrollará. Puedes conocer mejor la visión de Ezequiel en el artículo sobre la Merkavá, el trono de Dios.
El historiador Geza Vermes propuso que, en algunos dichos de Jesús, bar nasha funcionaría simplemente como una manera indirecta y modesta de decir «yo», algo así como cuando en español decimos «uno» para referirnos a nosotros mismos. Es una hipótesis valiosa, porque recuerda la humildad del lenguaje de Yeshúa. Pero no basta para explicar todos los pasajes, especialmente aquellos en los que el Hijo del Hombre viene sobre las nubes. Para esos, hay que ir a Daniel.
Daniel 7: uno como hijo de hombre ante el Anciano de días
El capítulo 7 de Daniel, escrito en arameo, describe una visión nocturna. Del mar surgen cuatro bestias terribles, que simbolizan imperios violentos. Luego se colocan tronos y se sienta el Anciano de días, con vestido blanco como la nieve y cabello como lana limpia; su trono es una llama de fuego y miles de millares le sirven. Entonces, dice el visionario, «he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días», y a él se le da dominio, gloria y un reino que no será destruido (Daniel 7:13-14).
La imagen es poderosa: frente a los imperios bestiales, Dios entrega el reino a una figura humana. Lo humano vence a lo bestial. En el propio libro, esa figura parece representar al pueblo de los santos del Altísimo (Daniel 7:27). Pero muy pronto, en la imaginación espiritual de Israel, empezó a leerse también como un personaje individual, un ser celeste y glorioso al servicio del plan de Dios. Y aquí es donde entra en escena el libro de Enoc.
El libro de Enoc: un tesoro casi olvidado
Enoc es un personaje muy breve en la Biblia. El Génesis le dedica apenas unas líneas, pero misteriosas: «Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios» (Génesis 5:24). No muere: es llevado. Esa frase alimentó durante siglos la imaginación de Israel. Si Enoc caminó con Dios y fue llevado al cielo, ¿qué habría visto allí? ¿Qué secretos conocería? De esas preguntas nacieron varios libros atribuidos a él.
El más antiguo e importante es el llamado primer libro de Enoc, una colección de cinco obras compuestas en distintos momentos entre el siglo III a. C. y el siglo I d. C. La más antigua es el Libro de los Vigilantes (capítulos 1-36), que narra la caída de los ángeles que se unieron a las mujeres antes del diluvio y el viaje celeste de Enoc ante el trono de Dios. Le siguen el Libro astronómico, el Libro de los sueños, la Epístola de Enoc y, en el centro de la colección, las Parábolas o Similitudes de Enoc (capítulos 37-71), donde aparece el Hijo del Hombre.
La carta de Judas, en el Nuevo Testamento, cita expresamente a Enoc, «séptimo desde Adán», y reproduce un pasaje de su primer capítulo (Judas 14-15). En Qumrán se encontraron numerosos fragmentos en arameo de casi todas sus partes. La Iglesia ortodoxa de Etiopía lo conserva completo en su canon, en lengua ge’ez, y fue de allí de donde el viajero escocés James Bruce trajo los manuscritos que lo devolvieron a Europa a finales del siglo XVIII. Si te interesa saber qué otros textos antiguos rodean a Jesús y cuáles merecen confianza, lo explicamos en la guía sobre mitos, apócrifos y verdades.
El Hijo del Hombre en las Parábolas de Enoc
Las Parábolas de Enoc son el único libro del primer Enoc del que no se ha encontrado ningún fragmento en Qumrán, y por eso su fecha se ha discutido mucho. Hoy la mayoría de los especialistas las sitúa entre finales del siglo I a. C. y mediados del siglo I d. C., es decir, en el tiempo de Jesús o muy cerca de él. En ellas, Enoc contempla de nuevo el trono y ve junto al Anciano de días (que el texto llama «Cabeza de los días») a otra figura: un ser «cuyo rostro tenía apariencia de hombre» y estaba lleno de gracia, como uno de los santos ángeles (1 Enoc 46:1).
Lo que el libro dice de este Hijo del Hombre es extraordinario:
- Es elegido antes de la creación. Su nombre fue pronunciado ante el Señor de los espíritus antes de que fueran creados el sol y las constelaciones (1 Enoc 48:2-3).
- Está escondido. Permanece oculto en la presencia de Dios y solo se revela a los justos y elegidos (1 Enoc 48:6 y 62:7).
- Es luz y apoyo. Será bastón para los justos, luz de las naciones y esperanza de los que sufren en su corazón (1 Enoc 48:4), una expresión que recuerda directamente a Isaías.
- Recibe varios nombres. Es llamado también el Elegido, el Justo y el Ungido, es decir, el Mesías (1 Enoc 48:10 y 52:4).
- Se sienta en el trono de la gloria. Al final, juzgará a los poderosos y a los reyes que oprimieron a los justos (1 Enoc 62:5 y 69:29).
Al final de las Parábolas hay una sorpresa: en el capítulo 71, el propio Enoc parece ser identificado con ese Hijo del Hombre. Los estudiosos discuten si este capítulo es original o un añadido, pero el gesto es significativo: un ser humano que caminó con Dios es elevado hasta convertirse en la figura celeste que contempla. Siglos más tarde, la literatura mística judía posterior, en el llamado tercer libro de Enoc, desarrollaría la idea de un Enoc transformado en el ángel Metatrón, el más cercano al trono. Son textos tardíos, pero muestran hasta qué punto la figura de Enoc fascinó a los místicos.
Cómo usa Jesús el título «Hijo del Hombre»
Los especialistas suelen agrupar los dichos de Jesús sobre el Hijo del Hombre en tres grandes familias. Verlas juntas ayuda a comprender la riqueza del título.
1. El Hijo del Hombre que camina entre los hombres
Son los dichos que describen su vida terrena: no tiene dónde recostar la cabeza (Mateo 8:20), vino comiendo y bebiendo y lo llaman comilón y amigo de pecadores (Mateo 11:19), tiene autoridad para perdonar pecados en la tierra (Marcos 2:10) y es señor también del sábado (Marcos 2:28). Aquí el título subraya su cercanía, su humanidad compartida con la gente sencilla, su libertad.
2. El Hijo del Hombre que sufre
En el camino hacia Jerusalén, Yeshúa empieza a enseñar a sus discípulos que «es necesario que el Hijo del Hombre padezca mucho» y sea rechazado (Marcos 8:31). Y define su misión con una frase que resume toda su espiritualidad: «el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45). Aquí el título se une a la figura del siervo sufriente de Isaías.
3. El Hijo del Hombre que viene en gloria
Son los dichos que evocan Daniel y Enoc: el Hijo del Hombre vendrá en las nubes con gran poder y gloria (Marcos 13:26), se sentará en el trono de su gloria (Mateo 25:31) y será visto a la diestra del Poder. El momento culminante llega ante el sumo sacerdote, que le pregunta si es el Mesías. Yeshúa responde: «Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo» (Marcos 14:62). En esa frase se funden el Salmo 110 y Daniel 7, y se expresa con toda su fuerza la esperanza mesiánica de Israel.
Por qué Yeshúa eligió este título
¿Por qué prefería este título a otros más claros? La pregunta ha ocupado a muchos estudiosos, y no hay una sola respuesta. Pero desde una lectura espiritual se pueden señalar tres motivos que se iluminan entre sí.
El primero es la discreción. En la Galilea del siglo I, el título de Mesías tenía resonancias políticas y militares: muchos esperaban un rey guerrero que expulsara a los romanos. «Hijo del Hombre» permitía hablar de la misión sin alimentar esas expectativas. Era un título que invitaba a pensar, no a levantarse en armas.
El segundo es la unión de lo humilde y lo glorioso. Ningún otro título reunía tan bien las dos caras de su misión: el caminante sin techo y la figura celeste, el que sirve y el que se sienta en el trono. Esta paradoja recorre todo el evangelio: «el que se humilla será enaltecido». Lo desarrollamos en la humildad como práctica espiritual.
El tercero es la dignidad de lo humano. Si el reino de Dios se entrega a «uno como hijo de hombre» y no a las bestias, la vocación del ser humano es grande. Yeshúa, al llamarse así, recordaba a quienes lo escuchaban que lo verdaderamente humano (la compasión, el servicio, la confianza en el Padre) es lo que vence a la violencia de los imperios.
El Hijo del Hombre y los cielos abiertos
Hay un dicho del Evangelio de Juan que une de forma preciosa el Hijo del Hombre con la mística del trono. Yeshúa dice a Natanael: «De cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» (Juan 1:51). La escena evoca la escalera de Jacob en Betel, por la que subían y bajaban los ángeles (Génesis 28:12). Ahora, el punto de unión entre el cielo y la tierra es el Hijo del Hombre. Este pasaje se analiza en profundidad en «los cielos abiertos» y las visiones de los evangelios, y la presencia de los ángeles en estas escenas se estudia en el artículo sobre los ángeles en la tradición judía.
Esteban, el primer mártir, ve también en el momento de su muerte «los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios» (Hechos 7:56). Es la única vez en el Nuevo Testamento que alguien distinto de Jesús usa este título, y lo hace precisamente en una visión. La conexión con la mística de Enoc es evidente: el Hijo del Hombre está junto al trono, y los justos pueden contemplarlo cuando el cielo se abre.
Enoc, Qumrán y los esenios
La abundancia de copias de Enoc en las cuevas del mar Muerto muestra que la comunidad de Qumrán lo apreciaba mucho. Allí se encontraron fragmentos de unas once copias arameas, además del Libro de los Gigantes, relacionado con él. Esto ha llevado a algunos a preguntarse si Jesús conoció el libro a través de los esenios. Es una pregunta legítima, pero conviene recordar que Enoc se leía más allá de Qumrán, como prueba la carta de Judas. La relación entre Jesús y los esenios es tan rica como compleja, y la tratamos con todo detalle en ¿Fue Jesús esenio? La espiritualidad de Qumrán.
Una lectura espiritual: llegar a ser plenamente humano
Más allá de los debates históricos, el título Hijo del Hombre encierra una invitación para cualquier persona que busque un camino interior. Enoc «caminó con Dios» y fue transformado. Ezequiel, siendo «hijo de hombre», fue levantado por el Espíritu y enviado. Yeshúa, el Hijo del Hombre, vivió con tal plenitud su humanidad que en ella se reflejaba la gloria del cielo. La mística que se desprende de estos textos no consiste en escapar de lo humano, sino en vivirlo hasta el fondo, con un corazón entregado a Dios.
Siglos después, la Cábala hablaría del Adam Kadmón, el «hombre primordial», la forma espiritual de lo humano tal como existe en el pensamiento divino. Es una doctrina medieval y no debe proyectarse sobre Jesús, pero ofrece una lente sugerente para meditar este título: la vocación de cada ser humano es llegar a ser lo que Dios soñó al crearlo. Si quieres explorar ese plano interpretativo, empieza por la lectura cabalística de las enseñanzas de Jesús.
Para llevarlo a la práctica, puedes hacer este pequeño ejercicio: al final del día, recuerda un momento en que hayas actuado desde lo más humano de ti (con paciencia, con ternura, con servicio) y otro en que hayas actuado desde lo «bestial» de Daniel 7 (con prisa, con dureza, con afán de dominar). No para juzgarte, sino para elegir de nuevo, mañana, el camino del Hijo del Hombre.
Lecturas para profundizar
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Los títulos que Yeshúa usaba solo se comprenden dentro de su tradición, y por eso es tan valioso un estudio como El judaísmo de Jesús, donde Mario Sabán analiza las fuentes hebreas que ayudan a leer expresiones como «Hijo del Hombre» con los ojos de un judío del siglo I.
Enoc y los ángeles del trono fueron heredados por la mística judía posterior y reinterpretados por los cabalistas. Para comprender esa evolución con rigor, la obra Sod 32 sobre el secreto de la Cábala es una buena compañera. Y para conocer el pensamiento místico judío en uno de sus textos más antiguos y breves, la lectura de este Sefer Yetzirá, el libro de las letras y los números sagrados, ofrece una experiencia muy distinta y complementaria a la de los libros de Enoc.
Preguntas frecuentes sobre el Hijo del Hombre
¿Qué significa «Hijo del Hombre»?
En hebreo y arameo significa, literalmente, «ser humano». Pero desde Daniel 7:13 designa también a una figura que llega con las nubes ante el trono de Dios y recibe un reino eterno. Jesús une en este título la humildad humana y la esperanza mesiánica.
¿Por qué Jesús se llamaba Hijo del Hombre?
Probablemente porque el título le permitía hablar de su misión con discreción, sin las connotaciones políticas del título de Mesías, y porque reunía a la vez su vida humilde de servicio y la gloria anunciada por Daniel.
¿Qué es el libro de Enoc?
Es una colección de escritos judíos atribuidos al patriarca Enoc, compuestos entre los siglos III a. C. y I d. C. Incluye visiones del trono de Dios, la historia de los ángeles caídos y, en las Parábolas, la figura del Hijo del Hombre. Se conserva completo en la Iglesia etíope y en fragmentos arameos de Qumrán.
¿Está el libro de Enoc en la Biblia?
No forma parte de la Biblia hebrea ni de los cánones católico y protestante, pero sí del canon de la Iglesia ortodoxa etíope. La carta de Judas, en el Nuevo Testamento, cita un pasaje suyo.
¿Conocía Jesús el libro de Enoc?
No hay una cita directa en los evangelios, pero el libro era muy conocido en su época y su lenguaje sobre el Hijo del Hombre, el trono de la gloria y el juicio tiene paralelos muy estrechos con los dichos de Jesús.
¿Qué relación hay entre Enoc y Metatrón?
En la literatura mística judía posterior, especialmente en el llamado tercer libro de Enoc (siglos V-VI aproximadamente), Enoc es transformado en Metatrón, el ángel más cercano al trono de Dios. Es una tradición tardía, muy posterior a Jesús.
Conclusión: un título que une la tierra y el cielo
El Hijo del Hombre es mucho más que un título enigmático. Es un puente entre dos mundos: el del caminante sin techo que come con pecadores y el de la figura gloriosa que se sienta junto al trono; el de la fragilidad de Ezequiel postrado en tierra y el del ser celeste que Enoc contempló antes de la creación del sol. Yeshúa eligió este nombre para hablar de sí mismo, y en esa elección se refleja su mística entera: humildad y gloria, servicio y esperanza, tierra y cielo unidos en una sola vida.
Conocer el libro de Enoc no resuelve todos los misterios del título, pero devuelve a las palabras de Jesús el eco que tenían para quienes las escucharon por primera vez. Para seguir explorando ese cielo antiguo, regresa a la guía de la mística judía en tiempos de Jesús o continúa con la escena del monte donde el Hijo del Hombre apareció envuelto en luz, en el artículo sobre la Transfiguración.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Génesis 5:21-24 y 28:12; Salmo 8:5; Salmo 110:1; Ezequiel 2:1; Daniel 7.
- Evangelios y escritos apostólicos: Mateo 8:20, 11:19 y 25:31; Marcos 2:10, 2:28, 8:31, 10:45, 13:26 y 14:61-62; Juan 1:51; Hechos 7:56; Judas 14-15.
- Primer libro de Enoc, especialmente Libro de los Vigilantes (1-36) y Parábolas (37-71).
- Manuscritos del mar Muerto: fragmentos arameos de Enoc (4Q201-212) y Libro de los Gigantes.
- Tercer libro de Enoc (Sefer Hejalot).
Estudios
- George W. E. Nickelsburg y James C. VanderKam, 1 Enoch: A New Translation.
- Geza Vermes, Jesús el judío.
- Daniel Boyarin, The Jewish Gospels.
- Gabriele Boccaccini (ed.), Enoch and the Messiah Son of Man.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.