«Los cielos abiertos»: visiones místicas en los evangelios

Unos seiscientos años antes de Yeshúa, en uno de los momentos más oscuros de la historia de Israel, un profeta anónimo elevó a Dios una súplica desgarrada: «¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras!» (Isaías 64:1). Durante siglos, esa oración quedó suspendida en el aire, como una pregunta sin respuesta. Y entonces, en la primera página del evangelio de Marcos, cuando Yeshúa sale de las aguas del Jordán, el evangelista usa un verbo sorprendente: vio los cielos «rasgarse». No dice que se abrieran suavemente, sino que se rompieron, como pedía el profeta. Esa imagen, la de los cielos abiertos, recorre los evangelios de principio a fin y es una de las claves más hermosas de la mística judía de la que Yeshúa formaba parte.

Durante generaciones, los judíos piadosos de Galilea y de Judea levantaban la vista hacia el cielo nocturno con una mezcla de nostalgia y esperanza. Recordaban que en otros tiempos el cielo se había abierto sobre Jacob dormido en Betel, sobre Ezequiel junto al río de Babilonia, sobre Isaías en el Templo. Ahora parecía cerrado. Los profetas habían callado. Y sin embargo, en las casas humildes, en las sinagogas y en las comunidades del desierto, la gente seguía rezando para que el cielo volviera a abrirse. Los evangelios nacen precisamente como el relato de esa respuesta.

Hay un detalle que conmueve a cualquiera que lo descubre. Marcos usa el verbo «rasgar» (en griego, schízo) solo dos veces en todo su evangelio. La primera, al principio, cuando los cielos se rasgan sobre Yeshúa en el bautismo. La segunda, al final, cuando muere en la cruz y el velo del Templo se rasga de arriba abajo (Marcos 15:38). El cielo se abre al comenzar su camino, y el velo que separaba el santuario se abre al terminarlo. Todo el evangelio queda enmarcado entre dos rasgaduras, como si su vida entera hubiera sido una apertura entre Dios y los hombres.

Respuesta breve

«Los cielos abiertos» es una fórmula bíblica que indica el comienzo de una visión o revelación divina. Aparece en Ezequiel 1:1, en el sueño de Jacob en Betel y en la súplica de Isaías 64:1. En los evangelios se usa en el bautismo de Jesús, en su promesa a Natanael de ver «el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y descienden» (Juan 1:51) y en la visión de Esteban. Este lenguaje conecta a Jesús con la tradición visionaria judía del Segundo Templo, en la que el cielo se abre para revelar los misterios de Dios.

Qué significa «los cielos se abrieron» en la Biblia

En la imaginación bíblica, el cielo era como una bóveda, el rakía o firmamento, que separaba el mundo de los hombres del mundo de Dios. Normalmente, esa bóveda estaba cerrada. Cuando se abría, algo del otro lado se dejaba ver u oír: una visión, una voz, una bendición. Por eso «los cielos se abrieron» no es una simple expresión poética, sino la fórmula que anuncia una revelación.

La encontramos de forma solemne al principio del libro de Ezequiel: «Los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios» (Ezequiel 1:1). A continuación viene la gran visión del trono, la Merkavá, que explicamos en el artículo sobre la mística del trono de Dios. La apertura del cielo es, por tanto, la puerta de la experiencia mística por excelencia en la Biblia hebrea.

La misma imagen tiene también una cara muy concreta y terrenal. Dios promete a Israel que abrirá «las ventanas de los cielos» para derramar bendición (Malaquías 3:10), y el maná del desierto cae cuando Dios abre «las puertas de los cielos» (Salmo 78:23). El cielo abierto es el lugar por donde llega la visión, pero también el pan. Esa doble dimensión, mística y cotidiana, es muy propia de la espiritualidad de Yeshúa.

Betel: la escalera de Jacob y la puerta del cielo

Hay una escena del Génesis que resulta imprescindible para comprender los cielos abiertos en los evangelios. Jacob huye de su hermano Esaú, solo, sin nada, y al caer la noche se tumba en el suelo con una piedra por almohada. Sueña con una escalera apoyada en la tierra cuya cima toca el cielo, y por ella suben y bajan los ángeles de Dios. Arriba está el Señor, que le promete su compañía (Génesis 28:10-15).

Al despertar, Jacob pronuncia una de las frases más bellas de toda la Biblia: «Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía» (Génesis 28:16). Y llama a aquel sitio Betel, «casa de Dios», y «puerta del cielo». Lo extraordinario es que no se trata de un templo ni de un monte santo, sino de un lugar cualquiera en el camino de un fugitivo. El cielo se abre donde menos se espera, sobre quien menos lo merece.

Los cielos abiertos en los evangelios

Esta antigua imagen reaparece en momentos decisivos de la vida de Yeshúa y de sus primeros seguidores. Recorrerlos juntos revela una coherencia asombrosa.

En el bautismo

Mateo y Lucas dicen que los cielos «se abrieron»; Marcos, como hemos visto, que «se rasgaron». En los tres relatos, la apertura del cielo permite que descienda el Espíritu como paloma y que se oiga la voz del Padre. Es la inauguración de la misión de Yeshúa. Para profundizar en la voz que se oye en ese momento, puedes leer la bat kol y el bautismo de Jesús.

La promesa a Natanael

En el Evangelio de Juan, Natanael, un israelita sincero, se sorprende de que Yeshúa lo conozca sin haberlo visto antes. El maestro le responde con una promesa: «De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» (Juan 1:51). Es la escalera de Jacob, pero ahora el punto de contacto entre cielo y tierra no es una piedra en Betel, sino el Hijo del Hombre. Este título se explica en el libro de Enoc y la raíz del «Hijo del Hombre», y el significado de los ángeles en la escena se desarrolla en los ángeles en la mística judía.

Hay un detalle delicioso en la tradición judía que ilumina este pasaje. Un antiguo midrash sobre la escalera de Jacob (Bereshit Rabá 68:12) comenta que los ángeles subían y bajaban «sobre él», y discute si se refiere a la escalera o a Jacob mismo. Según una de las interpretaciones, los ángeles subían para contemplar en el cielo la imagen de Jacob y bajaban para verlo dormido en la tierra. El evangelio parece conocer este tipo de lectura: los ángeles suben y bajan «sobre el Hijo del Hombre».

La visión de Esteban

El libro de los Hechos narra la muerte de Esteban, uno de los primeros seguidores de Yeshúa. En el momento en que va a ser apedreado, lleno del Espíritu, mira al cielo y dice: «He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios» (Hechos 7:56). La apertura del cielo ya no es solo para el maestro: alcanza también a sus discípulos en el momento de la prueba.

La visión de Pedro y el Apocalipsis

En Hechos 10, Pedro está orando en una azotea de Jope y ve «el cielo abierto» y un gran lienzo que desciende con toda clase de animales. Es una visión que le enseña a no llamar impuro a ningún ser humano. Y el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, comienza su gran sección visionaria con una puerta abierta en el cielo (Apocalipsis 4:1), seguida de una descripción del trono con cuatro seres vivientes que recuerda directamente a Ezequiel.

Pablo y el tercer cielo: el testimonio de un fariseo

El testimonio más impresionante sobre la experiencia de los cielos en el siglo I lo ofrece Pablo, un judío formado como fariseo que fue contemporáneo de Yeshúa. En su segunda carta a los Corintios escribe, hablando de sí mismo en tercera persona: «Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo». Y añade que fue llevado al paraíso, donde «oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar» (2 Corintios 12:2-4).

Este texto es un documento valiosísimo para conocer la mística judía del siglo I. Habla de varios cielos, de un ascenso, del paraíso (en hebreo pardés, la misma palabra del relato talmúdico de los cuatro sabios que «entraron en el Pardés») y de una experiencia que no puede expresarse con palabras. Muestra que los viajes celestes no eran solo literatura, sino algo que algunos judíos piadosos de esa época decían vivir. El concepto de Pardés y su relación con los niveles de lectura de la Escritura se explica en PaRDeS y las parábolas de Jesús.

¿Cuántos cielos hay?

La tradición judía no tiene una única respuesta. Pablo habla de un tercer cielo. Algunos textos apocalípticos describen cinco o diez. El Talmud (Jaguigá 12b) enumera siete cielos, cada uno con su nombre: Vilón, Rakía, Shejakim, Zevul, Maón, Majón y Aravot, el más alto, donde se encuentran el trono de la gloria, las almas de los justos y los ángeles servidores. La literatura mística posterior de los Hejalot describirá siete palacios que el alma debe atravesar. Lo importante no es el número exacto, sino la idea de fondo: entre el ser humano y Dios hay un camino, y ese camino puede recorrerse.

Los cielos abiertos en otros textos judíos antiguos

La fórmula no es exclusiva de la Biblia y del Nuevo Testamento. Aparece también en otros escritos judíos de la época, lo que confirma que formaba parte del vocabulario espiritual compartido. En el tercer libro de los Macabeos, una obra judía escrita en griego antes de la época de Jesús, se cuenta que, en un momento de peligro extremo para los judíos de Alejandría, Dios «abrió las puertas celestiales» y descendieron dos ángeles gloriosos de aspecto temible para proteger a su pueblo (3 Macabeos 6:18). El cielo se abre aquí, como en Betel, para enviar ayuda a quien está desamparado.

En los textos relacionados con el patriarca Leví, de los que se encontraron fragmentos arameos en Qumrán, el antepasado de los sacerdotes ve en sueños cómo se abren los cielos y es conducido ante el trono de Dios para recibir el sacerdocio. Y en el segundo libro de Baruc, una obra apocalíptica escrita poco después de la destrucción del Templo, el profeta cuenta que «los cielos se abrieron» y oyó una voz desde lo alto (2 Baruc 22:1). Para los lectores de estos libros, la expresión significaba siempre lo mismo: Dios va a revelar algo decisivo. La comunidad de Qumrán, además, creía que su oración se unía a la de los ángeles en el santuario celeste, como se ve en los Cantos del sacrificio sabático.

El cielo rasgado y el velo del Templo

Volvamos a la doble rasgadura de Marcos, porque encierra una enseñanza muy honda. En el Templo de Jerusalén, un gran velo bordado separaba el Lugar Santo del Santo de los Santos, la estancia donde solo el sumo sacerdote podía entrar una vez al año, en Yom Kipur. Según el historiador Flavio Josefo, ese velo estaba bordado con una imagen de los cielos (La guerra de los judíos 5.212-214). Es decir, el velo del Templo representaba el firmamento.

Si se une este dato a la escena del bautismo, el sentido del evangelio de Marcos se vuelve luminoso. Al principio, el cielo verdadero se rasga sobre Yeshúa. Al final, el «cielo» bordado del Templo se rasga de arriba abajo. En ambos casos, lo que separaba a Dios de los hombres se abre. Para el evangelista, la vida entera del maestro de Galilea, desde el Jordán hasta la cruz, fue una apertura del cielo para todos.

Los cielos abiertos y la oración

Hay un hilo común en casi todos estos relatos: el cielo se abre en la oración. Lucas precisa que Yeshúa oraba cuando se abrieron los cielos en el bautismo. Pedro estaba orando en la azotea. Esteban estaba en un momento de entrega total. Ezequiel era un sacerdote en el exilio, fiel en medio de la desolación. Jacob había huido con lo puesto y dormía en el suelo.

La lección espiritual es clara y consoladora: el cielo no se abre por méritos espectaculares, sino sobre quienes están en camino, en oración, en la pobreza de sus recursos. Yeshúa lo enseñó a su manera: «Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá» (Mateo 7:7). La puerta del cielo, como la de Betel, puede estar en cualquier lugar de nuestro camino.

Y aquí aparece la gran paradoja de la mística de Yeshúa: los cielos abiertos no siempre están «arriba». Cuando dice que el Reino de Dios está dentro de vosotros, sugiere que también hay un cielo que se abre en el interior. El viaje hacia lo alto y el viaje hacia lo profundo terminan siendo el mismo. Lo exploramos en «el Reino de Dios está dentro de vosotros».

Una práctica: tu propia Betel

Inspirada en la experiencia de Jacob, esta práctica sencilla puede hacerse al final del día, antes de dormir:

  1. Recuerda los lugares por los que has pasado hoy: tu casa, el trabajo, la calle, una conversación, un momento de cansancio.
  2. Elige uno de esos lugares, preferiblemente uno corriente o incluso difícil.
  3. Repite en silencio la frase de Jacob: «Ciertamente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía».
  4. Pregúntate qué habría cambiado si hubieras sabido, en ese momento, que el cielo estaba abierto sobre ti.
  5. Termina con un breve agradecimiento por la escalera invisible que une tu vida a Dios.

Si te gusta esta forma de orar, la descubrirás más a fondo en la guía sobre cómo oraba Jesús.

Para seguir leyendo

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Los evangelios están llenos de ecos de la Escritura hebrea que el lector actual no siempre percibe. Para afinar el oído, te recomiendo el trabajo de Mario Sabán sobre Jesús en su contexto judío, que ayuda a reconocer las raíces bíblicas y rabínicas de escenas como la del bautismo o la promesa a Natanael. Un libro realmente digno de ser leído por todo amante de la obra de Yeshúa, con los elementos que muchos ocultan de su vida.

La idea de senderos que comunican el mundo humano con el divino es central en la mística hebrea. Puedes explorarla en el Sefer Yetzirá, con sus treinta y dos caminos de la sabiduría, y en el comentario de Sabán titulado Sod 32, que explica ese mapa espiritual con rigor y claridad.

Preguntas frecuentes sobre los cielos abiertos

¿Qué significa que los cielos se abrieron?

En la Biblia es la fórmula que anuncia una revelación divina: una visión, una voz o una bendición que llega desde el mundo de Dios al de los hombres. Aparece en Ezequiel 1:1 y en momentos clave de los evangelios.

¿Dónde aparecen los cielos abiertos en los evangelios?

En el bautismo de Jesús (Mateo 3:16, Marcos 1:10 y Lucas 3:21) y en su promesa a Natanael (Juan 1:51). En el libro de los Hechos aparecen en la visión de Esteban y en la de Pedro.

¿Qué relación hay entre Juan 1:51 y la escalera de Jacob?

La promesa de ver a los ángeles «que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre» retoma literalmente el sueño de Jacob en Betel (Génesis 28:12). El punto de unión entre cielo y tierra, que antes era la escalera de Betel, pasa a ser el Hijo del Hombre.

¿Por qué Marcos dice que los cielos se rasgaron?

Probablemente para evocar la súplica de Isaías 64:1, «¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras!». Marcos usa el mismo verbo al final del evangelio para el velo del Templo, que se rasga cuando muere Jesús.

¿Qué es el tercer cielo del que habla Pablo?

Es parte de una cosmología judía en la que existen varios cielos superpuestos. Pablo cuenta que un hombre (probablemente él mismo) fue arrebatado hasta el tercer cielo y al paraíso, donde oyó palabras inefables. Es un testimonio valioso de la mística judía del siglo I.

¿Cuántos cielos hay según la tradición judía?

Hay varias tradiciones. La más conocida, recogida en el Talmud (Jaguigá 12b), habla de siete cielos, el más alto de los cuales, Aravot, alberga el trono de la gloria.

Conclusión: el cielo que se abre en el camino

La imagen de los cielos abiertos atraviesa la Biblia como un hilo de oro. Comienza con un fugitivo dormido sobre una piedra, pasa por un sacerdote exiliado junto a un río extranjero, se convierte en súplica en boca de un profeta que pide a Dios que rompa los cielos y desciende, por fin, sobre un joven de Nazaret que sale de las aguas del Jordán. Los evangelios cuentan que, desde ese momento, el cielo ya no volvió a cerrarse del todo: se abrió para Natanael, para Esteban, para Pedro, para Pablo.

La promesa sigue en pie para cualquier buscador sincero. Como Jacob, quizá descubramos un día que el Señor estaba en este lugar y no lo sabíamos. Para seguir recorriendo este camino, vuelve a la guía principal sobre la mística judía de Jesús, o sube al monte donde la Gloria se hizo visible en la Transfiguración.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Biblia hebrea: Génesis 28:10-22; Salmo 78:23; Isaías 64:1; Ezequiel 1:1; Malaquías 3:10.
  • Evangelios y escritos apostólicos: Mateo 3:16 y 7:7; Marcos 1:10 y 15:38; Lucas 3:21; Juan 1:43-51; Hechos 7:55-56 y 10:9-16; 2 Corintios 12:1-4; Apocalipsis 4:1.
  • Bereshit Rabá 68:12.
  • Talmud de Babilonia, Jaguigá 12b y 14b.
  • 3 Macabeos 6:18; 2 Baruc 22:1; Documento arameo de Leví (Qumrán); Flavio Josefo, La guerra de los judíos 5.212-214.

Estudios

  • Christopher Rowland, The Open Heaven: A Study of Apocalyptic in Judaism and Early Christianity.
  • Alan F. Segal, Paul the Convert.
  • Martha Himmelfarb, Ascent to Heaven in Jewish and Christian Apocalypses.
  • Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.

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