En el sermón del monte, Yeshúa repite tres veces una misma expresión, como quien insiste en algo que no quiere que se olvide. Cuando des limosna, hazlo en secreto, «y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará». Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora «a tu Padre que está en lo secreto». Cuando ayunes, que no lo note nadie, sino «tu Padre que está en lo secreto» (Mateo 6:4-18). Un Dios que habita en lo escondido y que ve lo escondido. Mil doscientos años después, los cabalistas de Sefarad darían un nombre a ese Dios absolutamente oculto, más allá de todo nombre y de toda imagen: Ein Sof, «el Infinito», «lo que no tiene fin». Este artículo propone escuchar juntas estas dos voces, la del maestro de Galilea y la de los místicos medievales, sobre el misterio de un Dios que se esconde.
Imagina una casa sencilla de Galilea en el siglo I. No tiene grandes salones ni capillas privadas; tiene, como mucho, un pequeño cuarto interior sin ventanas, el tameíon, donde se guardaban las provisiones, el aceite y el grano. Es el lugar más escondido de la casa, el más oscuro, el más silencioso. Ahí es donde Yeshúa invita a orar. No en la plaza, donde todos miran, ni en la sinagoga, donde uno puede lucirse, sino en el rincón donde se guarda lo que da vida. Es una imagen humilde y a la vez de una profundidad inmensa: el encuentro con Dios ocurre en lo escondido, como el grano que espera en la oscuridad.
Hay un cuento jasídico, recogido por Martin Buber, que lo dice todo. El nieto de un gran maestro, Rabí Baruj de Medzhybizh, jugaba al escondite con otro niño. Se escondió muy bien y esperó y esperó a que lo encontraran. Al cabo de mucho tiempo salió y descubrió que su compañero se había ido a casa sin buscarlo. Corrió llorando hacia su abuelo, quejándose de su amigo. Y el rabino, con lágrimas en los ojos, le respondió: «Así habla también Dios: yo me escondo, y nadie quiere buscarme». El Padre que está en lo secreto no se esconde para alejarse, sino para ser buscado. Esa es quizá la clave más hermosa del Ein Sof.
Respuesta breve
Ein Sof («sin fin», «el Infinito») es el nombre que los cabalistas dan a Dios en su esencia absolutamente oculta, más allá de todo atributo, nombre o imagen. El término aparece en la Cábala de Provenza y Girona en el siglo XIII. Jesús, mil años antes, hablaba del «Padre que está en lo secreto» y «ve en lo secreto» (Mateo 6). No son lo mismo, porque el Padre de Jesús es cercano y personal, pero ambas expresiones comparten una intuición bíblica antigua: Dios se oculta, y precisamente por eso el ser humano lo encuentra en el silencio, en la intimidad y en lo escondido.
El Dios que se oculta en la Biblia hebrea
Ni el Ein Sof de la Cábala ni el «Padre en lo secreto» de Yeshúa surgen de la nada. Ambos se apoyan en una convicción que atraviesa toda la Biblia hebrea: Dios es real, cercano y activo, pero no se deja ver ni atrapar. El profeta Isaías lo dijo con una frase que se ha convertido en un clásico de la mística: «Verdaderamente tú eres Dios que te ocultas, Dios de Israel, que salvas» (Isaías 45:15). En hebreo, El mistatér: un Dios que se esconde y, a la vez, salva.
La Biblia asocia muchas veces la presencia de Dios con la oscuridad y la nube. En el Sinaí, mientras el pueblo se queda lejos, «Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios» (Éxodo 20:21). Salomón, al inaugurar el Templo, dice que el Señor «ha dicho que habitaría en la densa oscuridad» (1 Reyes 8:12). Y el salmista canta que Dios «puso tinieblas por su escondedero» (Salmo 18:11). La oscuridad no es aquí ausencia de Dios, sino su velo. Quien quiere acercarse debe entrar en ella, como Moisés.
Hay también una promesa preciosa en el libro de los Salmos: «El secreto del Señor es para los que le temen» (Salmo 25:14). La palabra hebrea es sod, la misma que siglos más tarde designaría el nivel más profundo de interpretación de la Escritura, el secreto místico. Dios tiene un secreto, y lo comparte con quienes se acercan a él con reverencia. Esta idea de los niveles de sentido se desarrolla en PaRDeS y los cuatro niveles de lectura de las parábolas.
El Padre en lo secreto: Mateo 6 leído despacio
El capítulo 6 de Mateo forma parte del sermón del monte y trata de tres prácticas centrales de la piedad judía: la limosna, la oración y el ayuno. Yeshúa no las critica; al contrario, da por supuesto que sus oyentes las practican. Lo que critica es hacerlas para ser vistos. Y frente a la exhibición propone lo secreto.
La palabra griega que se traduce como «secreto» es kryptós, de donde vienen «cripta» y «críptico». Designa lo escondido, lo que no está a la vista. Y Yeshúa dice algo sorprendente: Dios está ahí, en lo escondido. No solo ve lo que hacemos en secreto; habita en lo secreto. Es como si dijera: la verdadera casa de Dios no es el lugar donde todos miran, sino el rincón donde nadie mira.
El cuarto al que hay que entrar, el tameíon, era el almacén de la casa, el único espacio sin ventanas. Orar ahí significa orar sin espectadores, sin imagen que cuidar, sin nada que demostrar. Y significa también, en un sentido más profundo, entrar en el propio interior, cerrar la puerta a la dispersión y quedarse a solas con Dios. Esta práctica tiene su artículo propio en «orar en lo secreto»: el aposento interior de Mateo 6.
El rostro escondido: Moisés, los salmos y la cruz
Hay una escena del Éxodo que los místicos judíos meditaron una y otra vez. Moisés, que ha hablado con Dios cara a cara como habla un hombre con su amigo, se atreve a pedir algo más: «Te ruego que me muestres tu gloria». Y Dios responde con una mezcla de ternura y misterio: hará pasar delante de él toda su bondad y proclamará su nombre, pero «no podrás ver mi rostro». Lo coloca en la hendidura de una roca, lo cubre con su mano mientras pasa, y después le deja ver su espalda (Éxodo 33:18-23). Inmediatamente después, Dios proclama sus atributos de misericordia: «compasivo y clemente, lento para la ira y grande en bondad y fidelidad» (Éxodo 34:6). Es decir: el rostro permanece oculto, pero la misericordia se revela. Exactamente la estructura que los cabalistas verían siglos después entre el Ein Sof oculto y las Sefirot que se manifiestan.
La Biblia conoce también un ocultamiento más doloroso. La Torá habla del momento en que Dios «esconderá su rostro» (Deuteronomio 31:18), una expresión que la tradición llamó hester panim, «ocultamiento del rostro», y que describe las épocas en que Dios parece ausente. Los salmos están llenos de este grito: «¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» (Salmo 13:1). Y en la hora más oscura de su vida, Yeshúa rezó en voz alta el comienzo de uno de esos salmos: «Elí, Elí, ¿lamá sabajtani?», «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Marcos 15:34, citando el Salmo 22). Quien conoce ese salmo sabe que no termina en la desesperación, sino en la confianza y la alabanza. Incluso en la noche del rostro escondido, el orante sigue hablando con su Dios. Los salmos que alimentaron la oración del maestro se recorren en los salmos que rezaba Jesús.
Qué es el Ein Sof en la Cábala
Los primeros cabalistas de Provenza y de Girona, en los siglos XII y XIII, se enfrentaron a una pregunta muy difícil: si Dios se manifiesta a través de las diez Sefirot, ¿qué hay más allá de ellas? ¿Qué es Dios en sí mismo, antes de toda manifestación? Para responder, usaron una expresión que se convertiría en un nombre: Ein Sof, «sin fin». Rabí Azriel de Girona, uno de los grandes maestros de esa época, la utilizó de forma sistemática para hablar de la raíz oculta de todas las cosas.
Del Ein Sof no se puede decir nada positivo. No tiene forma, ni nombre, ni atributos; no se puede pensar ni imaginar. Los cabalistas insistían en que ni siquiera la Torá lo nombra directamente. Es lo que la teología llama un enfoque «apofático» o negativo: solo podemos decir lo que Dios no es. En esto, la Cábala coincide con Maimónides, que en su Guía de los perplejos enseñaba que los atributos divinos deben entenderse como negaciones de nuestras limitaciones.
El Zóhar habla de este nivel supremo con expresiones de una belleza estremecedora: «el oculto de todos los ocultos», «el secreto de todos los secretos». Y los cabalistas añadieron una idea aún más audaz: la primera Sefirá, Kéter, que es como el umbral entre el Ein Sof y el mundo, recibe el nombre de Ayin, «Nada». No porque no exista, sino porque es tan plena que no se puede reducir a «algo».
«La sabiduría viene de la Nada»
Los cabalistas encontraron esta idea escondida en un versículo del libro de Job. El texto pregunta: «¿Dónde se hallará la sabiduría?» (Job 28:12). En hebreo, la frase dice ve-ha-jojmá me-ayin timatsé. Pero me-ayin puede leerse también como «de la Nada». Así, la pregunta se convierte en una respuesta: «la sabiduría procede de la Nada». Jojmá, la segunda Sefirá, brota de Kéter, el Ayin, que a su vez es el umbral del Ein Sof. Es un juego de lectura típicamente cabalístico, que muestra cómo los místicos escuchaban en la Escritura ecos que el lector superficial no percibe.
¿Es el Padre de Jesús el Ein Sof?
La respuesta honesta es no, o al menos no del todo. El Ein Sof es, por definición, impersonal e inaccesible: no se le puede hablar ni dirigir una oración directamente. Los cabalistas enseñaban que la oración se dirige a las Sefirot, a Dios en cuanto se manifiesta, no al Ein Sof en sí. El Padre de Yeshúa, en cambio, es profundamente personal: escucha, ve, perdona, da el pan de cada día, conoce lo que necesitamos antes de que se lo pidamos. Se le puede llamar Abba.
Y sin embargo, hay un punto de contacto real. El Padre de Yeshúa está «en los cielos» y «en lo secreto»: es cercano, pero no se deja ver. «A Dios nadie le vio jamás», dice el Evangelio de Juan (1:18). La intimidad con el Padre no elimina su misterio; al contrario, lo hace más profundo. Cuanto más cerca está, más se percibe que es inagotable. Esa combinación de cercanía y ocultamiento es, quizá, lo que permite que el Ein Sof y el Padre en lo secreto se iluminen mutuamente.
Podríamos decirlo con una imagen. El Ein Sof es el océano sin orillas que nadie puede abarcar. El Padre en lo secreto es ese mismo océano que, sin dejar de ser inmenso, llega hasta la orilla de cada persona como una ola que la busca. En el Padre Nuestro, como explicamos en el Padre Nuestro y el Árbol de la Vida, el «Padre» y los «cielos» aparecen unidos precisamente así: la intimidad y la inmensidad en una misma invocación.
El tsimtsum: un Dios que se retira por amor
En el siglo XVI, en Safed, Isaac Luria propuso una de las ideas más profundas de toda la mística judía: el tsimtsum, la «contracción». Antes de la creación, enseñaba, el Ein Sof lo llenaba todo. Para que pudiera existir algo distinto de Él, el Infinito se retiró, se contrajo, dejó un espacio vacío. En ese espacio pudo nacer el mundo.
Esta idea transforma por completo la comprensión del ocultamiento de Dios. Si Dios se esconde, no es por indiferencia ni por castigo, sino por amor: se retira para dejar espacio a su criatura, como un padre que da un paso atrás para que su hijo pueda caminar solo. El ocultamiento es una forma de generosidad. Leído desde aquí, el «Padre que está en lo secreto» no es un Dios que se aleja, sino un Dios que deja espacio, que no se impone, que espera ser buscado.
Yeshúa vivió algo de este misterio en su propia vida. Se retiraba a lugares solitarios, oraba de noche, guardaba silencio ante sus acusadores. Muchas de sus palabras más importantes nacen del silencio. Esta dimensión de su vida se explora en el silencio en la vida de Jesús y en la oración en soledad en el monte.
Lo escondido en las parábolas de Yeshúa
La idea de lo secreto no aparece solo en Mateo 6. Recorre muchas parábolas de Yeshúa, en las que el Reino de Dios se presenta como algo escondido que hay que descubrir. El Reino es como un tesoro escondido en un campo, que un hombre encuentra y, lleno de alegría, vende todo lo que tiene para comprar ese campo (Mateo 13:44). Es como la levadura que una mujer esconde en tres medidas de harina hasta que todo fermenta (Mateo 13:33). Es como una semilla que crece en la tierra mientras el sembrador duerme, sin que sepa cómo (Marcos 4:27).
En todas estas imágenes, lo más valioso está oculto, y su ocultamiento no es un obstáculo, sino parte de su naturaleza. El tesoro está escondido para ser encontrado; la levadura está escondida para transformar la masa; la semilla está escondida para crecer. El Ein Sof, el Infinito que se oculta, y el Reino que crece en lo escondido comparten la misma lógica. Lo desarrollamos en la perla escondida y el tesoro en el campo.
Tres lecciones del Dios oculto para la vida interior
Más allá de la teología, el misterio del Dios oculto tiene consecuencias muy concretas para quien busca una vida espiritual auténtica.
- El silencio de Dios no es su ausencia. Muchas personas abandonan la oración porque «no sienten nada». La tradición mística enseña que el silencio y la oscuridad son, a menudo, el lugar de la presencia más honda. Moisés entró en la oscuridad donde estaba Dios.
- Lo verdadero se hace sin espectadores. Yeshúa invita a dar, orar y ayunar en secreto. No porque lo público sea malo, sino porque lo secreto purifica la intención. Lo que nadie ve solo puede hacerse por amor.
- Dios se esconde para ser buscado. Como en el cuento del nieto del rabino, el ocultamiento de Dios es una invitación. La vida espiritual no consiste en poseer a Dios, sino en no dejar nunca de buscarlo.
Una práctica de oración en lo secreto
Te propongo un ejercicio sencillo para unir la enseñanza de Yeshúa y la intuición del Ein Sof. Hazlo durante una semana, cada día a la misma hora.
- Busca tu cuarto. Elige un lugar donde nadie te vea ni te interrumpa. Puede ser un rincón de tu casa, tu coche aparcado o un banco tranquilo. Cierra la puerta, real o simbólicamente.
- Deja las palabras. Durante los primeros minutos, no digas nada. Solo respira y reconoce que estás ante un misterio que te supera.
- Pronuncia una sola palabra. Cuando sientas que es el momento, di despacio: «Abba». Una palabra íntima ante el Infinito.
- Escucha el silencio. No esperes sentir nada especial. El Padre ve en lo secreto, aunque tú no veas nada.
- Haz algo en secreto. A lo largo del día, realiza un acto de bondad que nadie conozca. Es la otra cara de la oración en lo secreto.
Esta forma de oración tiene una larga tradición en el judaísmo, desde Moisés en la nube hasta los jasidim que se retiraban al bosque para el hitbodedut, la oración en soledad. Si quieres profundizar en la intimidad con el Padre, continúa con orar con Abba.
Lecturas recomendadas
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El misterio del Ein Sof y su relación con las Sefirot se entienden mucho mejor con una buena guía. Te recomiendo Sod 32: el secreto, donde Mario Sabán explica el camino que va del Infinito a la creación, con fidelidad a la tradición judía.
El Sefer Yetzirá describe cómo el Dios oculto creó el mundo a través de diez sefirot «sin nada», una expresión que los cabalistas posteriores relacionaron con el Ein Sof. Puedes leerlo en esta edición del antiguo Libro de la Formación. Y para comprender la oración en secreto dentro de la piedad judía del siglo I, resulta muy útil la obra de Sabán sobre el judaísmo vivido por Jesús.
Preguntas frecuentes sobre el Ein Sof
¿Qué significa Ein Sof?
Significa «sin fin» o «el Infinito» en hebreo. Es el nombre que la Cábala da a Dios en su esencia absolutamente oculta, más allá de todo atributo, imagen o nombre.
¿Desde cuándo se habla del Ein Sof?
El término se consolida en la Cábala de Provenza y Girona en el siglo XIII, especialmente en la obra de Rabí Azriel de Girona, y aparece después en el Zóhar y en toda la tradición cabalística posterior.
¿Qué significa «el Padre que está en lo secreto»?
Es una expresión de Jesús en Mateo 6. Indica que Dios habita en lo escondido y ve lo que se hace sin espectadores. Por eso invita a dar limosna, orar y ayunar en secreto, sin buscar la aprobación de los demás.
¿Es lo mismo el Ein Sof que el Padre de Jesús?
No exactamente. El Ein Sof es impersonal e inaccesible, mientras que el Padre de Jesús es cercano y personal. Pero ambos comparten la intuición bíblica de un Dios que se oculta y que, precisamente por eso, se encuentra en el silencio y la intimidad.
¿Qué es el tsimtsum?
Es la «contracción» del Ein Sof según Isaac Luria: antes de crear, el Infinito se retiró para dejar un espacio en el que pudiera existir el mundo. Es una forma de entender el ocultamiento de Dios como un acto de amor.
¿Por qué Dios se oculta según la tradición judía?
La tradición ofrece varias respuestas: para dejar espacio a la libertad humana, para ser buscado y para que el encuentro sea fruto del amor y no de la imposición. Isaías lo resume: «Verdaderamente tú eres Dios que te ocultas».
Conclusión: el Infinito que espera en lo escondido
Separados por más de mil años, el maestro de Galilea y los cabalistas de Sefarad hablaron del mismo misterio desde orillas distintas. Yeshúa invitó a entrar en el cuarto escondido y a orar al Padre que está en lo secreto; los cabalistas llamaron Ein Sof al Dios que está más allá de todo lo que podemos pensar. Uno puso el acento en la intimidad, los otros en la inmensidad. Pero ambos coinciden en algo esencial: Dios no se exhibe, se esconde. Y su ocultamiento no es una puerta cerrada, sino una invitación a buscar.
Quizá el mejor resumen sea el del viejo rabino con lágrimas en los ojos: Dios se esconde, y espera que alguien quiera buscarlo. Para seguir ese camino, vuelve a la guía de Jesús y la Cábala, o descubre el reflejo de este misterio en las Bienaventuranzas leídas con las Sefirot.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Éxodo 20:21, 33:18-23 y 34:6; Deuteronomio 31:18; Salmos 13 y 22; 1 Reyes 8:12; Job 28:12; Salmos 18:11 y 25:14; Isaías 45:15.
- Evangelios: Mateo 6:1-18 y 13:33-44; Marcos 4:26-29; Juan 1:18.
- Sefer Yetzirá; Zóhar; Azriel de Girona, Comentario a las diez Sefirot.
- Maimónides, Guía de los perplejos I, 58.
- Jaim Vital, Etz Jaim (doctrina del tsimtsum de Isaac Luria).
Estudios
- Gershom Scholem, Los orígenes de la Cábala.
- Daniel C. Matt, The Essential Kabbalah.
- Martin Buber, Cuentos jasídicos.
- Mario Javier Sabán, Sod 32: el secreto.