Los Salmos que rezaba Jesús: el libro de su oración

En las cuevas de Qumrán, junto al mar Muerto, los arqueólogos encontraron restos de unos novecientos manuscritos antiguos. Había copias de casi todos los libros de la Biblia hebrea, comentarios, reglas de comunidad, himnos y calendarios. Pero hubo un libro que superaba a todos los demás en número de copias: el libro de los Salmos. Se han identificado más de treinta y cinco manuscritos de los Salmos, más que de ningún otro libro, incluidos el Génesis o el Deuteronomio. Uno de ellos, el gran Rollo de los Salmos de la cueva 11, mide más de cuatro metros y fue copiado en la época de Herodes, cuando Yeshúa estaba a punto de nacer. Estos hallazgos confirman lo que los evangelios dejan ver en cada página: en tiempos de Yeshúa, los Salmos eran el libro de oración por excelencia de Israel. Y los Salmos que rezaba Jesús no eran una selección de textos piadosos, sino el lenguaje mismo de su alma, desde la infancia en Nazaret hasta su último aliento en la cruz.

Imagina una caravana de peregrinos subiendo desde Galilea hacia Jerusalén para la fiesta de la Pascua. Familias enteras caminan durante días por los caminos polvorientos del valle del Jordán, entre palmeras y rocas, con los asnos cargados de provisiones. Por la noche acampan junto a los pozos; por el día, mientras caminan, cantan. Y lo que cantan son los Salmos de las subidas, los cánticos graduales que la tradición asociaba a la peregrinación: «Yo me alegré con los que me decían: A la casa del Señor iremos. Nuestros pies estuvieron dentro de tus puertas, oh Jerusalén» (Salmos 122:1-2). Entre los peregrinos hay un muchacho de doce años que camina junto a José y María. Lucas cuenta que sus padres «iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua» (Lucas 2:41). Ese muchacho aprendió los Salmos así: cantándolos por los caminos, con su familia y con su pueblo.

Y aquí está la sorpresa que espera a quien lee los evangelios con los Salmos en la mano. Muchas de las palabras más conocidas de Yeshúa son, en realidad, versículos de los Salmos. «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad» (Mateo 5:5) procede casi literalmente del Salmo 37: «Pero los mansos heredarán la tierra» (Salmos 37:11). «Bienaventurados los limpios de corazón» evoca el Salmo 24. «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» es el primer versículo del Salmo 22. «En tus manos encomiendo mi espíritu» es el Salmo 31. Las palabras de Yeshúa estaban tejidas con los Salmos. No los citaba como quien consulta un libro, sino como quien habla con su propia lengua materna.

Respuesta breve

Jesús rezaba los Salmos como todo judío piadoso de su tiempo: en la sinagoga, en la casa, en las peregrinaciones y en el Templo, donde los levitas cantaban un salmo distinto cada día de la semana. Los evangelios muestran que cantó el Hallel (Salmos 113-118) al final de la última cena (Marcos 14:26), que fue recibido en Jerusalén con versículos del Salmo 118 y que citó, entre otros, los Salmos 8, 22, 31, 37, 41, 69, 78, 82, 110 y 118. Algunas de sus palabras más famosas proceden de los Salmos, como «los mansos heredarán la tierra» (Salmo 37:11). En la cruz oró con el Salmo 22, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», y con el Salmo 31, «en tus manos encomiendo mi espíritu», un versículo que los judíos recitaban antes de dormir.

El libro de los Salmos: las alabanzas de Israel

En hebreo, el libro de los Salmos se llama Tehilim, que significa «alabanzas». Contiene ciento cincuenta poemas de oración, compuestos a lo largo de varios siglos, muchos de ellos atribuidos al rey David, otros a Asaf, a los hijos de Coré, a Moisés o a Salomón. Están divididos en cinco libros, y un antiguo midrash explica por qué: «Moisés dio a Israel los cinco libros de la Torá, y David dio a Israel los cinco libros de los Salmos» (Midrash Tehilim 1:2). Si la Torá es la palabra de Dios a Israel, los Salmos son la palabra de Israel a Dios.

En los Salmos cabe toda la experiencia humana: la alegría y la tristeza, la gratitud y la queja, la confianza y el miedo, el arrepentimiento y la esperanza, la soledad y la fiesta. Hay salmos de alabanza, de súplica, de lamento, de acción de gracias, de sabiduría, de peregrinación, reales. Por eso, durante tres mil años, judíos y cristianos han encontrado en ellos palabras para cada momento de la vida. Y por eso Yeshúa, que vivió todas esas experiencias, encontró en ellos el lenguaje de su oración. Lo explicamos en la guía sobre cómo oraba Jesús.

Los Salmos que rezaba Jesús en el Templo: un canto para cada día

En el Templo de Jerusalén, los Salmos tenían un lugar central en el culto. Cada día, mientras se ofrecía el sacrificio de la mañana, los levitas cantaban un salmo acompañados de arpas, liras, címbalos y trompetas, de pie sobre una plataforma junto al altar. La Misná conserva la lista de los salmos que se cantaban cada día de la semana (Tamid 7:4):

  • Domingo: Salmo 24, «Del Señor es la tierra y su plenitud».
  • Lunes: Salmo 48, «Grande es el Señor, y digno de ser en gran manera alabado».
  • Martes: Salmo 82, «Dios está en la reunión de los dioses».
  • Miércoles: Salmo 94, «Señor, Dios de las venganzas».
  • Jueves: Salmo 81, «Cantad con gozo a Dios, fortaleza nuestra».
  • Viernes: Salmo 93, «El Señor reina; se vistió de magnificencia».
  • Sábado: Salmo 92, «Salmo. Cántico para el día de reposo».

Estos salmos se siguen recitando hoy en la oración diaria de las sinagogas, como el salmo del día. Cuando Yeshúa estaba en el Templo, escuchaba cada mañana el canto correspondiente. Y es interesante que citara el Salmo 82, el del martes, en una discusión con sus adversarios en el Templo: «¿No está escrito en vuestra ley: Yo dije, dioses sois?» (Juan 10:34; Salmos 82:6). El Salmo 24, el del domingo, es el que está detrás de la bienaventuranza de los limpios de corazón, que exploramos en «los limpios de corazón verán a Dios».

Los Salmos de las subidas: los cantos de peregrino que rezaba Jesús

Los Salmos 120 al 134 llevan todos el mismo título: Shir ha-maalot, «Cántico de las subidas» o «Cántico gradual». La tradición judía los relaciona con las peregrinaciones a Jerusalén y con los quince escalones que subían del atrio de las mujeres al atrio de Israel en el Templo, sobre los cuales, según la Misná, los levitas cantaban durante la fiesta de Sucot (Sucá 5:4; Midot 2:5). Son salmos breves, sencillos, fáciles de memorizar, ideales para cantar mientras se camina.

Entre ellos están algunos de los salmos más queridos. «Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor» (Salmos 121:1-2). «Si el Señor no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Salmos 127:1). «¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!» (Salmos 133:1). Y el Salmo 131, de una ternura extraordinaria: «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma» (Salmos 131:2). Yeshúa, que dijo «si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mateo 18:3), cantaba este salmo en sus peregrinaciones. La paz del monte que evocan estos cantos se relaciona con la oración en soledad en el monte.

El Hallel: los Salmos de la última cena

El grupo de salmos más importante en la vida de Yeshúa es quizá el Hallel, los Salmos 113 al 118, llamado también «Hallel egipcio» porque celebra la liberación de Egipto. Se cantaba en las grandes fiestas y, de manera especial, en la cena de Pascua. La Misná explica que durante la cena se cantaba la primera parte, los Salmos 113 y 114, y al final, después de la cuarta copa, se completaba el Hallel con los Salmos 115 al 118 (Pesajim 10:6-7).

Por eso Marcos dice que, al terminar la última cena, «cuando hubieron cantado el himno, salieron al monte de los Olivos» (Marcos 14:26). Ese himno era el Hallel. La noche antes de morir, Yeshúa cantó con sus discípulos estas palabras: «Amo al Señor, pues ha oído mi voz y mis súplicas… Me rodearon ligaduras de muerte… Alzaré la copa de la salvación… Estimada es a los ojos del Señor la muerte de sus santos» (Salmos 116:1-15). Y el Salmo 118: «No moriré, sino que viviré, y contaré las obras del Señor… La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo» (Salmos 118:17-22). Con estos salmos en los labios, salió hacia Getsemaní. Lo explicamos en Getsemaní, la oración de entrega.

El Salmo 118 y la entrada en Jerusalén

El Salmo 118 tiene un papel especial en los evangelios. Cuando Yeshúa entró en Jerusalén montado en un asno, unos días antes de la Pascua, la multitud lo recibió con ramas y gritando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Mateo 21:9). Son palabras del Salmo 118: «Oh Señor, sálvanos ahora», en hebreo hoshía na, de donde viene «hosanna», y «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Salmos 118:25-26). Era el salmo de los peregrinos que llegaban a Jerusalén para las fiestas, y los sacerdotes lo cantaban en Sucot mientras rodeaban el altar con ramas de sauce (Misná, Sucá 4:5).

Poco después, en el Templo, Yeshúa citó otro versículo del mismo salmo en una de sus parábolas: «¿Nunca leísteis en las Escrituras: La piedra que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo?» (Mateo 21:42; Salmos 118:22). Y cuando los niños gritaban «hosanna» en el Templo y los sacerdotes se indignaron, Yeshúa respondió con otro salmo: «¿Nunca leísteis: De la boca de los niños y de los que maman perfeccionaste la alabanza?» (Mateo 21:16; Salmos 8:2).

Los Salmos que rezaba Jesús en su enseñanza

Además de la bienaventuranza de los mansos, muchos otros pasajes de la enseñanza de Yeshúa están impregnados de los Salmos. Cuando habla de sí mismo como buen pastor, evoca el Salmo 23: «El Señor es mi pastor; nada me faltará». Lo desarrollamos en el buen pastor como símbolo. Cuando advierte a los que lo invocan sin hacer la voluntad del Padre, dice: «Apartaos de mí, hacedores de maldad» (Mateo 7:23), que es el Salmo 6:8. Mateo explica que Yeshúa enseñaba en parábolas para que se cumpliera lo dicho: «Abriré en parábolas mi boca» (Mateo 13:35; Salmos 78:2).

Cuando expulsó a los mercaderes del Templo, sus discípulos recordaron el Salmo 69: «El celo de tu casa me consume» (Juan 2:17; Salmos 69:9). Al hablar de la traición de Judas en la última cena, citó el Salmo 41: «El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar» (Juan 13:18; Salmos 41:9). Y en una discusión con los fariseos sobre el Mesías, citó el Salmo 110: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra» (Marcos 12:36). Incluso en el desierto, cuando el tentador quiso convencerlo de que se arrojara desde el pináculo del Templo, citó el Salmo 91: «A sus ángeles mandará acerca de ti» (Mateo 4:6). Los Salmos eran el terreno común donde todos discutían y oraban. Los ángeles del Salmo 91 y su presencia en los evangelios se exploran en los ángeles en la tradición judía.

Las Bienaventuranzas y los Salmos

El sermón del monte se abre con las Bienaventuranzas, y su misma forma, «bienaventurados», tiene una raíz en los Salmos. El libro de los Salmos empieza precisamente así: «Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos», en hebreo ashré ha-ish (Salmos 1:1). La palabra ashré, «dichoso» o «bienaventurado», aparece más de veinte veces en los Salmos. Y el salmo más recitado en la liturgia judía, el Salmo 145, que se reza tres veces al día, se introduce con dos versículos que empiezan con ashré, por lo que la oración entera se llama simplemente Ashré.

Al menos dos bienaventuranzas proceden directamente de los Salmos: la de los mansos, del Salmo 37, y la de los limpios de corazón, del Salmo 24. Y otras evocan su espíritu: «Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón» (Salmos 34:18) suena detrás de «bienaventurados los que lloran». Yeshúa pronunció las Bienaventuranzas como un salmista. La relación entre las Bienaventuranzas y la mística judía se explora en las Bienaventuranzas y las Sefirot.

El Salmo 22: el grito de la cruz

En la cruz, Marcos y Mateo recogen un grito de Yeshúa en arameo: «Elí, Elí, ¿lama sabactani?», «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Marcos 15:34; Mateo 27:46). Es el primer versículo del Salmo 22. Muchos lectores han interpretado este grito como una expresión de desesperación. Pero quien conoce la tradición judía sabe que, al citar el primer versículo de un salmo, se evocaba el salmo entero. Y el Salmo 22, que comienza con el abandono, termina con una de las expresiones de esperanza más grandes de la Biblia.

El salmo describe con detalles estremecedores el sufrimiento del justo: «Todos los que me ven me escarnecen… Horadaron mis manos y mis pies… Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes» (Salmos 22:7-18). Los evangelios recogen varios de estos detalles en el relato de la crucifixión. Pero luego el salmo da un giro: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la congregación te alabaré… Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, ni de él escondió su rostro; sino que cuando clamó a él, le oyó… Se acordarán, y se volverán al Señor todos los confines de la tierra» (Salmos 22:22-27). El grito del abandono se abre, en el mismo salmo, a la alabanza y a la esperanza universal.

El Salmo 31: la oración de la noche

Lucas recoge otras palabras de Yeshúa en la cruz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró» (Lucas 23:46). Es el Salmo 31:5: «En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad». Y aquí hay un detalle precioso: este versículo forma parte de la oración que los judíos recitan antes de dormir, el Shemá de la noche. La tradición rabínica lo incluye en las oraciones de la cama, para entregar el alma a Dios durante el sueño (Talmud, Berajot 5a, sobre la recitación nocturna).

Es probable que Yeshúa hubiera rezado este versículo cada noche de su vida, al acostarse, como lo hacían José y María en Nazaret. Y en la cruz, al llegar la noche definitiva, lo rezó por última vez, con una palabra añadida: «Padre». Murió como un niño que se duerme en los brazos de su padre, con la oración que había aprendido de pequeño. La palabra Abba y su intimidad se exploran en orar con Abba, y la oración del Shemá en el Shemá, el primer mandamiento.

Los Salmos en Qumrán y en el Templo celestial

En tiempos de Yeshúa, los Salmos no solo se cantaban en el Templo de Jerusalén, sino también en comunidades como la de Qumrán, que componían además sus propios himnos inspirados en ellos, las Hodayot. El gran Rollo de los Salmos de la cueva 11 incluye una nota que atribuye a David la composición de cuatro mil cincuenta salmos y cánticos, y añade salmos que no están en la Biblia hebrea. Y los Cantos del sacrificio sabático, encontrados también en Qumrán, describen la liturgia de los ángeles en el Templo celestial, que cantan alabanzas a Dios en sus siete santuarios.

Para muchos judíos de la época, cantar los Salmos en la tierra era unirse al canto de los ángeles en el cielo. Esta visión de la liturgia como participación en la alabanza celestial se explora en los Cantos del sacrificio sabático de Qumrán.

Los Salmos en la mística judía posterior

La tradición mística judía nunca dejó de rezar los Salmos. El Zóhar comenta muchos de ellos y enseña que el rey David se levantaba a medianoche para cantar alabanzas, uniendo su voz a la de la Shejiná. Los cabalistas de Safed incluyeron salmos en la oración de medianoche y en la bienvenida del Shabat, que todavía hoy comienza con seis salmos, del 95 al 99 y el 29, seguidos del Salmo 92, el cántico para el día de reposo. Y en el siglo XVIII, Rabí Najman de Breslov compuso el Tikún ha-Klalí, «la reparación general», una selección de diez salmos para la sanación del alma.

Muchos judíos piadosos tienen la costumbre de recitar el libro completo de los Salmos cada semana o cada mes, dividido en secciones. Y en momentos de enfermedad o de peligro, las comunidades se reúnen para recitar Salmos juntos. Son tradiciones posteriores a Yeshúa, pero muestran que los Salmos siguen siendo, como en su tiempo, el corazón de la oración de Israel.

Rezar hoy los Salmos que rezaba Jesús

Los Salmos pueden convertirse también en el libro de tu oración. Te propongo un pequeño salterio inspirado en la vida de Yeshúa, para rezar durante una semana y repetir tantas veces como quieras:

  1. Cada mañana, reza el salmo que los levitas cantaban ese día en el Templo: el 24 el domingo, el 48 el lunes, el 82 el martes, el 94 el miércoles, el 81 el jueves, el 93 el viernes y el 92 el sábado.
  2. A mediodía, reza uno de los Salmos de las subidas, del 120 al 134, como un peregrino en camino.
  3. En los momentos de alegría, reza el Hallel, del Salmo 113 al 118, como Yeshúa en la última cena.
  4. En los momentos de tristeza, reza el Salmo 42, el del alma abatida que espera en Dios, o el Salmo 22, recordando que termina en esperanza.
  5. Cuando necesites confianza, reza el Salmo 23, el del pastor, o el Salmo 91, el del abrigo del Altísimo.
  6. Cada noche, antes de dormir, reza el Shemá y termina con el versículo del Salmo 31: «En tus manos encomiendo mi espíritu».
  7. Lee despacio. No se trata de leer muchos salmos, sino de dejar que sus palabras se conviertan en las tuyas. Si un versículo te toca, detente en él.

Con el tiempo, los Salmos empezarán a brotar de ti en los momentos más inesperados, como brotaban de los labios del Maestro. La intención con que se rezan es fundamental, como explicamos en la kavaná, orar con intención.

Lecturas recomendadas

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Para entender cómo se cantaban los Salmos en el Templo, en la sinagoga y en la cena de Pascua, y cómo formaban parte de la vida diaria de Yeshúa, te recomiendo El judaísmo de Jesús, el estudio de Mario Sabán sobre las prácticas religiosas del Maestro.

Si quieres descubrir la lectura mística de los Salmos y del canto de alabanza en la Cábala, el libro Sod 32: el secreto ofrece una base sólida sobre la mística hebrea. Y para meditar sobre el poder de las palabras y las letras con que se escribieron los Salmos, el Sefer Yetzirá es un compañero ideal.

Preguntas frecuentes sobre los Salmos que rezaba Jesús

¿Qué Salmos rezaba Jesús?

Como judío piadoso, conocía y rezaba todo el libro de los Salmos. Los evangelios muestran especialmente el Hallel (Salmos 113-118) y citas de los Salmos 8, 22, 23, 31, 37, 41, 69, 78, 82, 91, 110 y 118.

¿Qué Salmo cantó Jesús en la última cena?

Marcos 14:26 dice que «cantaron el himno». Era el Hallel, los Salmos 113 al 118, que se cantaban en la cena de Pascua según la Misná.

¿Qué Salmo rezó Jesús en la cruz?

El Salmo 22, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?», según Marcos y Mateo, y el Salmo 31:5, «en tus manos encomiendo mi espíritu», según Lucas.

¿Por qué Jesús citó el Salmo 22 en la cruz?

Al citar el primer versículo, se evocaba el salmo completo, que empieza con el abandono pero termina con la alabanza y la esperanza universal.

¿Qué Salmos se cantaban en el Templo?

Cada día, los levitas cantaban un salmo: el 24 el domingo, el 48 el lunes, el 82 el martes, el 94 el miércoles, el 81 el jueves, el 93 el viernes y el 92 el sábado (Misná, Tamid 7:4).

¿Qué Bienaventuranzas proceden de los Salmos?

«Bienaventurados los mansos» procede del Salmo 37:11, y «bienaventurados los limpios de corazón» del Salmo 24:3-4.

Conclusión: orar con las palabras del Maestro

Los Salmos que rezaba Jesús fueron el libro de su oración desde su infancia hasta su muerte. Los cantó por los caminos como peregrino, los escuchó en el Templo cada mañana, los recitó en la sinagoga cada sábado, los cantó con sus discípulos en la última cena, los citó en sus enseñanzas y discusiones, y los rezó en la cruz. Las Bienaventuranzas brotan de ellos, y sus últimas palabras fueron un versículo que había rezado cada noche antes de dormir. Conocer los Salmos que rezaba Jesús es conocer el lenguaje de su alma.

Con este artículo cerramos el recorrido por la oración del Maestro de Galilea: el Padre Nuestro, la soledad del monte, Getsemaní, el Shemá, la kavaná, la oración en lo secreto, Abba y los Salmos. Para volver al conjunto, visita la guía sobre cómo oraba Jesús o el punto de partida del blog, el camino interior del Maestro de Galilea. Y para dar el siguiente paso y llevar la oración a la vida diaria, continúa con las prácticas espirituales del Maestro.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Libro de los Salmos: 1, 6, 8, 22, 23, 24, 31, 34, 37, 41, 42, 48, 69, 78, 81, 82, 91, 92, 93, 94, 95-99, 110, 113-118, 120-134 y 145.
  • Evangelios: Mateo 4:6, 5:3-10, 7:23, 13:35, 18:3, 21:9-16, 21:42 y 27:46; Marcos 12:36, 14:26 y 15:34; Lucas 2:41 y 23:46; Juan 2:17, 10:34 y 13:18.
  • Misná: Tamid 7:4; Pesajim 10:6-7; Sucá 4:5 y 5:4; Midot 2:5.
  • Talmud de Babilonia, Berajot 3b y 5a.
  • Midrash Tehilim 1:2.
  • Manuscritos del mar Muerto: Gran Rollo de los Salmos (11QPsa); Hodayot (1QH); Cantos del sacrificio sabático.
  • Rabí Najman de Breslov, Tikún ha-Klalí.

Estudios

  • Peter W. Flint, The Dead Sea Psalms Scrolls and the Book of Psalms.
  • Ismar Elbogen, Jewish Liturgy: A Comprehensive History.
  • Raymond E. Brown, La muerte del Mesías.
  • Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.

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