En las afueras de Alejandría, a orillas del lago Mareotis, vivió en tiempos de Yeshúa una comunidad de hombres y mujeres judíos que habían dejado sus casas, sus bienes y sus familias para dedicarse por completo a la contemplación. Cada uno vivía solo en una pequeña casa con una habitación sagrada para orar y estudiar. Rezaban al amanecer y al atardecer, pasaban el día leyendo las Escrituras en busca de su sentido oculto y componían himnos. Y una vez cada siete semanas celebraban una vigilia que duraba toda la noche: hombres y mujeres cantaban en dos coros que, al final, se fundían en uno solo, como Moisés y Miriam a orillas del mar Rojo, hasta que salía el sol. El filósofo judío Filón de Alejandría los describió con admiración en un tratado titulado Sobre la vida contemplativa, y los llamó terapeutas, «los que sanan» o «los que sirven». Son uno de los grupos místicos más fascinantes y menos conocidos del judaísmo antiguo.
Imagina el amanecer sobre el lago Mareotis. Una brisa suave sube desde el agua hacia la colina baja donde se levantan las pequeñas casas de piedra, separadas unas de otras lo justo para que cada habitante tenga su soledad, pero lo bastante cerca para protegerse mutuamente. Delante de cada puerta, un hombre o una mujer está de pie, con el rostro vuelto hacia el este. Esperan la salida del sol. Cuando el primer rayo asoma sobre el horizonte, levantan las manos al cielo y piden a Dios un buen día, «el verdadero buen día», dice Filón: que una luz celestial llene su mente. Es una escena de una belleza sencilla y conmovedora, que parece adelantarse siglos a la historia de la vida monástica.
Y aquí aparece un detalle asombroso. Para describir la pequeña habitación sagrada donde cada terapeuta se retiraba a orar y estudiar, Filón usa una palabra griega que nunca antes se había empleado en ese sentido: monastérion, de donde procede nuestro «monasterio». Es decir, el primer «monasterio» de la historia, o al menos el primero que recibe ese nombre en un texto escrito, no fue cristiano, sino judío, y no era un gran edificio, sino una celda humilde junto a un lago de Egipto. En una época en que Yeshúa recorría los caminos de Galilea, un grupo de místicos judíos ya vivía en soledad contemplativa, dedicados a la oración, a la Escritura y a la alabanza.
Respuesta breve
Los terapeutas fueron una comunidad de contemplativos judíos, hombres y mujeres, que vivía en el siglo I junto al lago Mareotis, cerca de Alejandría, y que conocemos por el tratado Sobre la vida contemplativa de Filón de Alejandría. Renunciaban a sus bienes, vivían en soledad durante seis días de la semana, rezaban al amanecer y al atardecer, leían la Escritura de forma alegórica y se reunían el sábado y en una gran vigilia cada siete semanas, en la que cantaban en dos coros. Filón los llama terapeutas porque «sanan» las almas y «sirven» a Dios. Son un testimonio precioso de la mística judía contemporánea de Jesús.
Filón de Alejandría: el testigo
Todo lo que sabemos de los terapeutas procede de un solo autor: Filón de Alejandría, uno de los pensadores judíos más importantes de la antigüedad. Vivió aproximadamente entre el año 20 a. C. y el 50 d. C., es decir, fue estrictamente contemporáneo de Yeshúa. Pertenecía a una familia muy rica e influyente de la gran comunidad judía de Alejandría, que entonces era la más numerosa fuera de la tierra de Israel. En el año 40 encabezó una embajada ante el emperador Calígula para defender los derechos de los judíos de su ciudad.
Filón escribió decenas de obras en griego en las que intentaba mostrar que la Torá de Moisés contenía la sabiduría más profunda, en diálogo con la filosofía griega, especialmente con Platón. Su método preferido era la interpretación alegórica: leer los relatos bíblicos como símbolos del camino del alma hacia Dios. Habló también del Logos, la Palabra divina, mediadora entre Dios y el mundo, un concepto que tendría una enorme influencia posterior. Aunque era un filósofo de ciudad, Filón admiraba profundamente la vida contemplativa y confiesa en sus escritos que él mismo deseaba retirarse a la soledad.
Qué significa «terapeutas»
Filón explica que estos contemplativos se llamaban therapeutaí (y las mujeres therapeutrídes), y ofrece dos razones para su nombre. La primera: porque practicaban una medicina superior a la de las ciudades, ya que esta solo cura los cuerpos, mientras que ellos curaban las almas, dominadas por enfermedades graves como los placeres, los deseos, las tristezas, los temores, la codicia y la injusticia. La segunda: porque habían sido educados por la naturaleza y por las leyes sagradas para servir, en griego therapeúein, al Ser que es mejor que el bien.
El verbo griego therapeúo significa a la vez «sanar», «cuidar» y «servir» o «dar culto». Es el mismo verbo que usan los evangelios para hablar de las curaciones de Yeshúa: «recorría Jesús toda Galilea… sanando (therapeúon) toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo» (Mateo 4:23). La idea de que servir a Dios y sanar a las personas son dos caras de lo mismo une a los terapeutas de Egipto con el maestro de Galilea. Esta dimensión se explora en la sanación en la tradición judía y en Jesús.
La vida de los terapeutas día a día
El tratado de Filón describe la vida de esta comunidad con un detalle que permite imaginarla con mucha precisión.
La renuncia
Quienes se unían a los terapeutas dejaban sus bienes a sus hijos, a sus parientes o a sus amigos, para liberarse de toda preocupación material. Abandonaban sus casas y sus ciudades, sin mirar atrás, y se instalaban en la colina junto al lago. Filón insiste en que no lo hacían por desprecio a los demás, sino por amor a la sabiduría y a Dios. La renuncia a los bienes conecta con la tradición que exploramos en la comunidad de bienes: de Qumrán a los primeros discípulos.
Las casas y el monasterio
Cada terapeuta vivía en una casa sencilla, sin lujo, construida para protegerse del calor y del frío. En cada casa había una habitación sagrada, el monastérion, donde se retiraban a solas para celebrar los misterios de la vida santa. No llevaban allí comida ni bebida, sino solo «las leyes, los oráculos de los profetas, los himnos y todo lo que aumenta y perfecciona el conocimiento y la piedad».
La oración al amanecer y al atardecer
Rezaban dos veces al día: al amanecer, pidiendo que una luz celestial llenara su mente, y al atardecer, pidiendo que el alma, liberada del peso de los sentidos, pudiera recogerse en sí misma para buscar la verdad. Entre ambas oraciones, todo el día estaba dedicado al estudio. Este ritmo de oración de mañana y de tarde coincide con el de la oración judía, que tiene sus momentos principales al amanecer y al caer la tarde, como el Shemá, que se recita «al acostarte y al levantarte».
La lectura alegórica de la Escritura
Los terapeutas leían las Escrituras buscando su sentido oculto. Según Filón, consideraban que las palabras literales eran símbolos de una realidad escondida, revelada mediante la interpretación, y comparaban la Torá con un ser vivo: el cuerpo son las prescripciones literales, y el alma, el sentido invisible que encierran las palabras. Es una imagen sorprendentemente parecida a la que el Zóhar usaría más de mil años después, cuando habla del vestido, el cuerpo y el alma de la Torá. Este método de lectura en varios niveles se explica en PaRDeS: los cuatro niveles de lectura.
La austeridad
Comían solo después de la puesta del sol, porque consideraban que el estudio pertenece a la luz y las necesidades del cuerpo a la oscuridad. Algunos pasaban tres días, e incluso seis, sin acordarse de comer, absortos en la contemplación. Su comida era muy sencilla: pan, sal, a veces hisopo, y agua de manantial. Vestían ropa simple, de lana en invierno y de lino en verano.
El sábado y la vigilia de las siete semanas
Durante seis días, cada terapeuta vivía en soledad. Pero el séptimo día, el sábado, se reunían todos en un santuario común. Se sentaban por orden de antigüedad, con las manos ocultas en el manto, y el más anciano y sabio pronunciaba un discurso sobre la Escritura, sin buscar la elocuencia, sino la claridad. El santuario tenía un muro bajo que separaba a los hombres de las mujeres, pero que permitía a las mujeres escuchar perfectamente. El sábado era, para ellos, el día de la comunidad después de la semana de soledad. El sentido espiritual de este día se desarrolla en el Shabat como descanso del alma.
Y cada siete semanas, en la víspera de una gran fiesta, celebraban una vigilia que Filón describe con un entusiasmo contagioso. Se reunían vestidos de blanco, comían una cena sencilla, escuchaban una larga exposición de la Escritura y, después, comenzaba la música. Primero cantaba uno solo, un himno antiguo o uno compuesto por él; luego los demás respondían. Más tarde se formaban dos coros, uno de hombres y otro de mujeres, cada uno con su director, y cantaban himnos alternándose, a veces juntos, a veces respondiéndose, con palmas y danzas.
Y en el momento culminante, embriagados de amor a Dios, los dos coros se mezclaban y se convertían en uno solo, imitando el coro que, según el Éxodo, se formó a orillas del mar Rojo después de la liberación, cuando Moisés dirigía a los hombres y Miriam la profetisa a las mujeres (Éxodo 15). Así cantaban toda la noche. Al amanecer, se volvían hacia el este, levantaban las manos al cielo y pedían a Dios un buen día, la verdad y la claridad del pensamiento. Y cada uno regresaba a su casa para seguir cultivando la contemplación.
La alegría y la danza en la oración judía
La vigilia de los terapeutas, con sus coros, palmas y danzas, no era una rareza en el judaísmo antiguo. La Biblia está llena de alabanza danzada: Miriam salió con un pandero y todas las mujeres tras ella con panderos y danzas (Éxodo 15:20); el rey David danzaba con todas sus fuerzas delante del arca (2 Samuel 6:14); y los salmos invitan a alabar a Dios «con pandero y danza» (Salmo 150:4). En el Templo de Jerusalén, durante la fiesta de Sucot, se celebraba cada noche la alegría del agua, en la que, según la Misná, los hombres más piadosos danzaban con antorchas encendidas mientras los levitas tocaban arpas, címbalos y trompetas en los escalones del atrio (Sucá 5:4).
Los sabios enseñaban que la Presencia divina reposa sobre la alegría, no sobre la tristeza, como recordamos en la Rúaj ha-Kódesh en el judaísmo. Siglos después, el jasidismo convirtió el canto y la danza en caminos de unión con Dios. Los terapeutas, con su vigilia musical, pertenecen a esta larga tradición en la que la contemplación no es tristeza, sino un gozo que desborda. Y su canto en dos coros que se responden recuerda a la liturgia angélica de Qumrán, que explicamos en los Cantos del sacrificio sabático.
Las mujeres contemplativas
Uno de los aspectos más llamativos de los terapeutas es la presencia de mujeres en plena igualdad espiritual con los hombres. Filón dice que la mayoría eran ancianas vírgenes que habían conservado su castidad no por obligación, sino por amor a la sabiduría, y que deseaban tenerla como compañera de vida. Participaban en el estudio, en la oración, en la vigilia y en el canto. En una época en que la vida religiosa de las mujeres tenía muchas limitaciones, el retrato de Filón es excepcional.
Esta presencia femenina resuena con la que encontramos en torno a Yeshúa: las mujeres que lo seguían y lo sostenían con sus bienes, como María Magdalena, Juana y Susana (Lucas 8:1-3), y especialmente María de Betania, que se sentaba a los pies del maestro para escuchar su palabra, algo propio de un discípulo, y de quien Yeshúa dijo que había escogido «la buena parte» (Lucas 10:39-42).
Terapeutas y esenios: dos caminos
Filón presenta a los terapeutas como complemento de los esenios. Los esenios, dice, representan la vida activa, dedicada al trabajo, a la vida comunitaria y a la práctica de la virtud; los terapeutas, la vida contemplativa, dedicada a la visión de Dios. Hay semejanzas claras entre ambos grupos: la renuncia a los bienes, la austeridad, el sábado, la importancia de la Escritura, el vestido blanco. Pero también diferencias: los terapeutas vivían en soledad la mayor parte de la semana, incluían mujeres y no parecen haber tenido el rigor de pureza ni la expectación de una guerra final que caracterizaba a Qumrán. Su espiritualidad era más serena y musical. La de los esenios se explica en ¿Fue Jesús esenio? La espiritualidad de Qumrán.
¿Existieron realmente?
Como Filón es la única fuente que habla de los terapeutas, algunos investigadores se han preguntado si su retrato no estará idealizado, o incluso si no sería una descripción de cómo debería ser la vida contemplativa más que de una comunidad real. La mayoría de los especialistas piensa que el grupo existió, aunque Filón lo embelleció con su admiración y con su lenguaje filosófico. Su descripción del lugar, junto al lago Mareotis, es concreta, y presenta a los terapeutas como un grupo que existía en muchos lugares, aunque especialmente en Egipto.
Hay otra curiosidad histórica. En el siglo IV, el historiador cristiano Eusebio de Cesarea leyó el tratado de Filón y concluyó que los terapeutas eran los primeros monjes cristianos de Egipto (Historia eclesiástica 2.17). Era un error: Filón describe claramente a judíos que leían la Torá y celebraban el sábado. Pero el error muestra hasta qué punto la vida de los terapeutas se parecía a lo que, siglos después, sería el monacato cristiano.
Los terapeutas y la mística de Yeshúa
No hay ninguna prueba de que Yeshúa conociera a los terapeutas, que vivían lejos, en Egipto. Pero su existencia ilumina el contexto espiritual de su tiempo de varias maneras. Muestra que en el judaísmo del siglo I existía una auténtica tradición contemplativa, basada en la oración, el silencio y la lectura interior de la Escritura. Muestra que la búsqueda de Dios en soledad no era una rareza, sino un ideal compartido por muchos judíos piadosos. Y muestra que el canto, la alabanza y la vigilia nocturna formaban parte de esa espiritualidad, como también formaban parte de la vida de Yeshúa, que pasaba noches enteras en oración y que, según los evangelios, cantó himnos con sus discípulos al terminar la última cena (Marcos 14:26). Su oración en soledad se explica en Jesús oraba solo en el monte.
Al mismo tiempo, el contraste es iluminador. Los terapeutas se retiraban de forma permanente; Yeshúa alternaba la soledad con la vida entre la gente. Los terapeutas curaban las almas en el silencio de sus celdas; Yeshúa curaba cuerpos y almas en los caminos y en las plazas. Ambos estilos tienen su verdad, y la tradición posterior los ha integrado en la famosa escena de Marta y María: la vida activa y la contemplativa, el servicio y la escucha, como dos caminos que se necesitan mutuamente.
Una práctica inspirada en los terapeutas
La vida de los terapeutas ofrece un modelo de ritmo espiritual que cualquiera puede adaptar:
- Al amanecer, antes de cualquier otra cosa, ponte de cara a la luz y pide a Dios «un buen día»: que una luz llene tu mente.
- Crea tu monasterio: un rincón de tu casa reservado solo para la oración y la lectura espiritual, sin pantallas.
- Lee buscando el alma del texto: no solo lo que dice, sino lo que significa para tu camino interior.
- Al atardecer, recógete y deja que el alma se libere del peso del día.
- Canta. Al menos una vez por semana, canta un salmo o un himno, solo o con otros. Los terapeutas sabían que la música abre puertas que las palabras no abren.
Si quieres rezar con los mismos textos que cantaban los terapeutas y que rezaba Yeshúa, continúa con los salmos que rezaba Jesús.
Lecturas recomendadas
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Para comprender la diversidad del judaísmo del tiempo de Jesús, que incluía desde los fariseos hasta los contemplativos de Egipto, una lectura muy recomendable es El judaísmo de Jesús, de Mario Sabán.
La lectura alegórica de los terapeutas anticipa la búsqueda del sentido oculto que caracterizará a la Cábala. Para seguir ese camino, Sod 32 presenta los secretos de la tradición mística judía con rigor, y el Sefer Yetzirá, otro texto que nació en el mundo judío de habla griega y aramea, completa el recorrido.
Preguntas frecuentes sobre los terapeutas
¿Quiénes eran los terapeutas?
Eran una comunidad de contemplativos judíos, hombres y mujeres, que vivía en el siglo I junto al lago Mareotis, cerca de Alejandría, dedicada a la oración, el estudio de la Escritura y el canto.
¿Quién habló de los terapeutas?
Filón de Alejandría, filósofo judío contemporáneo de Jesús, en su tratado Sobre la vida contemplativa. Es la única fuente antigua que los describe.
¿Qué significa «terapeutas»?
Procede del verbo griego therapeúo, que significa «sanar», «cuidar» y «servir». Filón explica que se llamaban así porque sanaban las almas y porque servían a Dios.
¿Eran los terapeutas esenios?
No exactamente. Filón los presenta como un grupo distinto y complementario: los esenios representaban la vida activa y los terapeutas, la contemplativa. Compartían rasgos como la renuncia a los bienes y la importancia del sábado.
¿Había mujeres entre los terapeutas?
Sí. Filón menciona a las therapeutrides, en su mayoría mujeres mayores que habían elegido dedicarse a la sabiduría, y que participaban plenamente en el estudio, la oración y los cantos.
¿Eran cristianos los terapeutas?
No. Eusebio de Cesarea, en el siglo IV, pensó que eran los primeros monjes cristianos, pero Filón describe claramente a judíos que leían la Torá y celebraban el sábado, en una época en que el cristianismo apenas comenzaba.
Conclusión: los que sanan el alma
Los terapeutas de Egipto son una de esas joyas escondidas de la historia espiritual. Hombres y mujeres que dejaron todo para vivir en soledad junto a un lago, que rezaban al amanecer pidiendo luz para la mente, que leían la Escritura buscando su alma escondida y que una vez cada siete semanas cantaban toda la noche hasta que sus dos coros se convertían en uno. Fueron contemporáneos de Yeshúa y, aunque probablemente nunca se cruzaron con él, respiraban el mismo anhelo de Dios que atravesaba el judaísmo de su tiempo.
Su nombre lo dice todo: sanar y servir. Con este artículo se completa el silo dedicado a los esenios y a la mística del desierto. Para seguir explorando, vuelve a la guía sobre los esenios y Qumrán, o recorre el paisaje que tanto amaron todos estos buscadores en el desierto como lugar de revelación.
Fuentes
Fuentes primarias
- Filón de Alejandría, Sobre la vida contemplativa; Todo hombre bueno es libre 75-91.
- Biblia hebrea: Éxodo 15; Deuteronomio 6:7; 2 Samuel 6:14; Salmo 150. Misná, Sucá 5:4.
- Evangelios: Mateo 4:23; Marcos 14:26; Lucas 8:1-3 y 10:38-42.
- Eusebio de Cesarea, Historia eclesiástica 2.17.
Estudios
- Joan E. Taylor, Jewish Women Philosophers of First-Century Alexandria: Philo’s «Therapeutae» Reconsidered.
- David Winston, Philo of Alexandria: The Contemplative Life, the Giants, and Selections.
- José Pablo Martín (dir.), Obras completas de Filón de Alejandría.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.