Sobre la gran puerta que daba acceso al santuario del Templo de Jerusalén, el que Herodes reconstruyó con un esplendor que asombraba al mundo, colgaba una enorme vid de oro. El historiador Flavio Josefo, que la vio con sus propios ojos, la describe con admiración: sus racimos eran tan grandes como un hombre (Antigüedades judías 15.395; La guerra de los judíos 5.210). Y la Misná cuenta algo conmovedor: cuando un israelita quería hacer una ofrenda, podía donar una hoja de oro, una uva o un racimo, y los sacerdotes los añadían a la vid, que así crecía con las ofrendas del pueblo (Midot 3:8). Esa vid de oro era el símbolo de Israel, la viña plantada y cuidada por Dios. Los peregrinos que subían al Templo la veían brillar al sol. Y Yeshúa, que la contempló muchas veces, dijo un día a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador… Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto» (Juan 15:1-5).
Imagina las colinas de Judea a finales del verano, en el tiempo de la vendimia. Las laderas están cubiertas de terrazas de piedra donde crecen las vides, cargadas de racimos oscuros y dulces. Las familias enteras suben a los viñedos con cestas. Los niños comen uvas a escondidas, las mujeres cortan los racimos, los hombres los llevan al lagar excavado en la roca, donde los jóvenes pisan la uva descalzos, cantando, mientras el mosto corre por un canal hacia una pila. La vendimia es tiempo de alegría, de fiesta, de canciones. Los profetas lo sabían: cuando querían anunciar una desgracia, decían que en las viñas no habría cantos (Isaías 16:10). Y cuando querían anunciar la salvación, decían que los montes destilarían mosto. En esa tierra de viñas creció Yeshúa, y de ella tomó algunos de sus símbolos más hermosos.
Y aquí hay un descubrimiento que transforma la lectura de Juan 15. Para un oyente judío del siglo I, decir «yo soy la vid» no era una imagen cualquiera. La vid era el símbolo nacional de Israel. Aparecía en la puerta del Templo, en las monedas que acuñaron los judíos durante su rebelión contra Roma, en los mosaicos de las sinagogas. Y los profetas habían usado esta imagen muchas veces para hablar del pueblo. Pero también con dolor: Jeremías pone en boca de Dios estas palabras: «Te planté de vid escogida, simiente verdadera toda ella; ¿cómo, pues, te me has vuelto sarmiento de vid extraña?» (Jeremías 2:21). Cuando Yeshúa dice «yo soy la vid verdadera», está retomando la imagen del pueblo de Dios, la viña que Dios plantó con amor, y la está renovando en su propia persona. Y a sus discípulos les dice: vosotros sois los sarmientos de esa vid.
Respuesta breve
La vid verdadera es una imagen que Jesús usa en el Evangelio de Juan: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador» (Juan 15:1). Retoma el símbolo bíblico de Israel como la viña o la vid de Dios (Salmos 80; Isaías 5; Jeremías 2:21), representado también por la gran vid de oro sobre la puerta del Templo. En la Biblia, la vid y el vino simbolizan la vida, la alegría, la fiesta y la abundancia de los tiempos mesiánicos. Jesús convirtió el agua en vino en las bodas de Caná, compartió la copa en la cena de Pascua y enseñó a sus discípulos a «permanecer» en él como los sarmientos en la vid, para dar fruto. La tradición judía bendice el vino en cada Shabat y fiesta con el Kidush.
La vid en la Biblia hebrea
La vid aparece desde las primeras páginas de la Biblia. Después del diluvio, Noé fue el primero en plantar una viña (Génesis 9:20). Cuando los espías enviados por Moisés exploraron la tierra prometida, volvieron con un racimo de uvas tan grande que tuvieron que llevarlo entre dos hombres colgado de una vara (Números 13:23). Esa imagen se ha convertido hoy en el símbolo del turismo en Israel. La tierra prometida era una tierra «de trigo y cebada, de vides, higueras y granados» (Deuteronomio 8:8), y el ideal de paz era que cada uno pudiera sentarse «debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente» (Miqueas 4:4).
Pero sobre todo, la vid se convirtió en una imagen del pueblo de Israel. El Salmo 80 lo canta con belleza: «Hiciste venir una vid de Egipto; echaste las naciones, y la plantaste. Limpiaste sitio delante de ella, e hiciste arraigar sus raíces, y llenó la tierra. Los montes fueron cubiertos de su sombra, y con sus sarmientos los cedros de Dios» (Salmos 80:8-10). Y el profeta Oseas: «Israel es una frondosa viña, que da abundante fruto para sí mismo» (Oseas 10:1).
La canción de la viña de Isaías
El texto más famoso sobre la viña en la Biblia hebrea es la «canción de la viña» del profeta Isaías. Empieza como una canción de amor: «Ahora cantaré por mi amado el cantar de mi amado a su viña. Tenía mi amado una viña en una ladera fértil. La había cercado y despedregado y plantado de vides escogidas; había edificado en medio de ella una torre, y hecho también en ella un lagar; y esperaba que diese uvas, y dio uvas silvestres» (Isaías 5:1-2). El amado ha hecho todo lo posible por su viña, y ella le ha respondido con frutos amargos.
Y entonces el profeta revela el sentido: «Ciertamente la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel». Y termina con un juego de palabras en hebreo intraducible: «Esperaba juicio, mishpat, y he aquí vileza, mishpaj; justicia, tsedaká, y he aquí clamor, tseaká» (Isaías 5:7). El fruto que Dios espera de su viña es la justicia. Yeshúa retomó esta canción en su parábola de los viñadores homicidas, que comienza casi con las mismas palabras: «Un hombre plantó una viña, la cercó de vallado, cavó un lagar, edificó una torre» (Marcos 12:1). Sus oyentes reconocían inmediatamente a Isaías.
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos»
En el Evangelio de Juan, la noche de la última cena, Yeshúa pronuncia el último de sus grandes «Yo soy»: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto… Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer» (Juan 15:1-5).
La imagen es de una precisión agrícola admirable. Un sarmiento separado de la vid se seca en pocas horas; unido a ella, recibe la savia que lo hace florecer y dar fruto. Y el viñador poda la vid cada año: corta los sarmientos secos y recorta los que dan fruto para que den más. La poda parece una herida, pero es la condición de la fecundidad. Los grandes «Yo soy» del Evangelio de Juan se exploran en los «Yo soy» del Evangelio de Juan.
Permanecer: el secreto de la vid
La palabra clave de este pasaje es «permanecer», en griego ménein, que aparece diez veces en los primeros versículos del capítulo 15. No dice «esforzaos», ni «trabajad», ni «producid». Dice «permaneced». El fruto no es el resultado del esfuerzo del sarmiento, sino de su unión con la vid. Es una de las enseñanzas más liberadoras de Yeshúa: la vida espiritual no consiste en hacer muchas cosas, sino en permanecer unidos a la fuente de la vida.
Y el fruto de esta unión es el amor: «Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor… Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (Juan 15:9-12). Y la alegría: «Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:11). El fruto de la vid verdadera es el amor y la alegría, como el fruto de la vid natural es el vino que alegra el corazón. Esta unión interior se relaciona con «el Reino de Dios está dentro de vosotros».
El vino que alegra el corazón
En la Biblia, el vino es sobre todo un símbolo de alegría. «El vino que alegra el corazón del hombre», canta el Salmo 104:15, entre los dones de Dios en la creación. El Eclesiastés dice: «Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón» (Eclesiastés 9:7). Y el Talmud enseña: «No hay alegría sin vino» (Pesajim 109a), refiriéndose a las fiestas. Por eso, en la tradición judía, todas las celebraciones importantes, el Shabat, las fiestas, las bodas, la circuncisión, comienzan con una bendición sobre una copa de vino: «Bendito eres tú, Señor nuestro Dios, Rey del universo, que creas el fruto de la vid», boré pri ha-gafen.
Esta bendición forma parte del Kidush, la santificación del Shabat, que se recita el viernes por la noche al comenzar la cena. Es probable que Yeshúa la pronunciara cada semana con su familia y después con sus discípulos. Lo exploramos en el Shabat, descanso del alma.
Las bodas de Caná: el primer signo
El Evangelio de Juan cuenta que el primer signo de Yeshúa ocurrió en una boda, en Caná de Galilea, una aldea cercana a Nazaret. Las bodas judías duraban varios días, y quedarse sin vino era una humillación para los novios. María, la madre de Yeshúa, se da cuenta y le dice: «No tienen vino». Había allí seis tinajas de piedra, «para agua conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros». Yeshúa dice a los sirvientes: «Llenad estas tinajas de agua». Las llenan hasta arriba. «Sacad ahora, y llevadlo al maestresala». Y el maestresala, al probar el agua hecha vino, llama al novio y le dice: «Todo hombre sirve primero el buen vino… mas tú has reservado el buen vino hasta ahora» (Juan 2:1-10).
Hay varios detalles con resonancia judía. Las tinajas eran de piedra porque, según la ley judía de pureza, los recipientes de piedra no contraían impureza, a diferencia de los de barro (Misná, Kelim 10:1). Los arqueólogos han encontrado muchos recipientes de piedra de esta época en Jerusalén y en Galilea. Seis tinajas de unos cien litros cada una suman alrededor de seiscientos litros de vino: una abundancia desbordante. Y el agua de la purificación se convierte en vino de fiesta. Las tinajas para la purificación ritual se relacionan con el mikve y el bautismo, y el agua con el agua viva.
El vino de los tiempos mesiánicos
La abundancia de vino de Caná evoca las profecías sobre los tiempos del Mesías. Los profetas anunciaron que en aquel día habría vino en abundancia. Amós: «He aquí vienen días, dice el Señor, en que el que ara alcanzará al segador, y el pisador de las uvas al que lleve la simiente; y los montes destilarán mosto, y todos los collados se derretirán» (Amós 9:13). Joel: «Sucederá en aquel tiempo, que los montes destilarán mosto» (Joel 3:18). E Isaías describe un gran banquete al final de los tiempos: «Y el Señor de los ejércitos hará en este monte a todos los pueblos banquete de manjares suculentos, banquete de vinos refinados» (Isaías 25:6).
El Talmud conserva una tradición fascinante: existe un vino especial, «el vino guardado en sus uvas desde los seis días de la creación», que está reservado para los justos en el mundo venidero (Berajot 34b). El vino de Caná, el «buen vino reservado hasta ahora», evoca este vino de la plenitud. El primer signo de Yeshúa anuncia que los tiempos de la alegría mesiánica han comenzado.
Las cuatro copas de la Pascua
En la cena de Pascua, el Séder, se beben cuatro copas de vino, que la tradición relaciona con las cuatro expresiones de liberación que Dios pronuncia en el Éxodo: «Yo os sacaré… os libraré… os redimiré… os tomaré por mi pueblo» (Éxodo 6:6-7; Talmud de Jerusalén, Pesajim 10:1). La Misná establece que incluso el más pobre de Israel debe beber las cuatro copas, aunque tenga que recibir ayuda de la caridad (Pesajim 10:1). Y hay una quinta copa que no se bebe: la copa de Elías, que se deja servida en la mesa esperando la llegada del profeta, anunciador de la redención final.
En la última cena, que según los evangelios sinópticos fue una cena de Pascua, Yeshúa tomó la copa y dio gracias. Y añadió: «De cierto os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta aquel día en que lo beba nuevo en el reino de Dios» (Marcos 14:25). La expresión «fruto de la vid» es precisamente la de la bendición judía del vino. Las tradiciones cristianas han interpretado de distintas maneras el sentido de esa copa; aquí nos interesa su raíz pascual y su apertura al banquete del Reino. Esa misma noche, en Getsemaní, Yeshúa hablaría de otra copa, la del sufrimiento, como explicamos en Getsemaní, la oración de entrega.
«Entra el vino, sale el secreto»
Los sabios de Israel tenían un dicho que relaciona el vino con los misterios: Nijnás yayin, yatsá sod, «entra el vino, sale el secreto» (Eruvín 65a; Sanedrín 38a). En sentido literal, significa que el vino suelta la lengua y hace que la gente revele lo que esconde. Pero los sabios notaron un detalle curioso: en hebreo, cada letra tiene un valor numérico, y la palabra yayin, «vino», suma setenta, exactamente lo mismo que la palabra sod, «secreto». El vino y el secreto tienen el mismo número.
Los cabalistas desarrollaron esta idea. Para ellos, el vino es un símbolo del sentido oculto de la Torá, el nivel más profundo de interpretación, llamado precisamente sod. Y asociaron el vino con la Sefirá de Guevurá, el rigor, y con Biná, el entendimiento, de donde fluye «el vino guardado» de los secretos divinos. Son lecturas posteriores, muy alejadas del sentido literal de las palabras de Yeshúa, pero muestran la riqueza simbólica que el vino ha tenido en la mística judía. El nivel sod de interpretación se explora en PaRDeS: los cuatro niveles de lectura, y Guevurá en Jésed y Guevurá.
El vino con mesura
Sería incompleto hablar del vino en la Biblia sin mencionar también sus advertencias. La Biblia celebra el vino como don de Dios, pero advierte con fuerza contra el exceso. El mismo Noé, el primer viñador, se emborrachó y se deshonró (Génesis 9:21). Los Proverbios dicen: «El vino es escarnecedor, la sidra alborotadora, y cualquiera que por ellos yerra no es sabio» (Proverbios 20:1), y describen con detalle los efectos de la embriaguez (Proverbios 23:29-35). Los sacerdotes no podían beber vino antes de servir en el santuario (Levítico 10:9), y los nazireos, consagrados a Dios, se abstenían de todo producto de la vid (Números 6:1-4).
La tradición judía ha mantenido siempre este equilibrio: el vino en la mesa, en la fiesta, con bendición y con mesura. Para quienes no pueden o no deben beber alcohol, por razones de salud o cualquier otra, la tradición judía permite usar zumo de uva para el Kidush y las bendiciones. El símbolo de la vid y del fruto de la vid se puede vivir plenamente sin vino.
Una práctica: permanecer en la vid
El símbolo de la vid verdadera invita a una práctica de unión y de alegría:
- Bendice el fruto de la vid. El viernes por la noche o en una comida especial, toma una copa de vino o de zumo de uva y di: «Bendito eres tú, Señor, que creas el fruto de la vid».
- Medita Juan 15. Cada día durante una semana, lee despacio los primeros once versículos. Detente en la palabra «permaneced».
- Permanece unos minutos. Siéntate en silencio, sin hacer nada, imaginando que eres un sarmiento unido a la vid. Deja que la savia de Dios te llene.
- Acepta la poda. Pregúntate: ¿qué hay en mi vida que necesita ser podado para dar más fruto? ¿Qué sarmiento seco debo soltar?
- Da fruto de amor. El fruto de la vid es el amor. Haz cada día un gesto de amor concreto.
- Celebra. Como en Caná, no olvides que la fe es también fiesta. Celebra con tu familia y amigos los dones de Dios.
- Contempla una vid. Si puedes, visita un viñedo o mira una parra. Observa cómo los sarmientos dependen del tronco.
Lecturas recomendadas
Información: los enlaces de libros de esta sección son de afiliado de Amazon. Como Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos.
Para comprender el Kidush, las cuatro copas de la Pascua y el lugar del vino en la vida religiosa de Yeshúa, te recomiendo El judaísmo de Jesús, la obra de Mario Sabán sobre las tradiciones que formaron al Maestro.
Si te atrae la idea cabalística de que el vino y el secreto comparten el mismo número, Sod 32 te introduce en la mística de las letras y las Sefirot. Y el Sefer Yetzirá, el texto fundacional de la mística de las letras hebreas, te permitirá explorar ese mundo desde sus orígenes.
Preguntas frecuentes sobre la vid verdadera
¿Qué significa «yo soy la vid verdadera»?
Es una frase de Jesús en Juan 15:1. Retoma el símbolo bíblico de Israel como la vid de Dios y enseña que sus discípulos, como sarmientos, dan fruto si permanecen unidos a él.
¿Por qué la vid era símbolo de Israel?
Porque los Salmos y los profetas comparan al pueblo con una viña que Dios plantó y cuidó (Salmos 80; Isaías 5; Jeremías 2:21). Sobre la puerta del Templo había una gran vid de oro.
¿Qué significa el milagro de Caná?
Es el primer signo de Jesús en el Evangelio de Juan. La abundancia de buen vino evoca los tiempos mesiánicos anunciados por los profetas, y el agua de la purificación se convierte en vino de fiesta.
¿Qué son las cuatro copas de la Pascua?
Las cuatro copas de vino que se beben en el Séder, que recuerdan las cuatro expresiones de liberación de Éxodo 6:6-7. Jesús tomó la copa en la última cena.
¿Qué significa «entra el vino, sale el secreto»?
Es un dicho del Talmud. En hebreo, «vino» (yayin) y «secreto» (sod) suman setenta, por lo que los cabalistas vieron en el vino un símbolo de los misterios de la Torá.
¿Cómo puedo vivir el símbolo de la vid?
Bendiciendo el fruto de la vid, meditando Juan 15, permaneciendo en silencio unido a Dios, aceptando la poda de lo que sobra y dando fruto de amor. Se puede usar zumo de uva en lugar de vino.
Conclusión: el fruto de la unión
El vino y la vid son símbolos de vida, de alegría y de unión. La vid fue la imagen de Israel, la viña plantada y cuidada por Dios, que brillaba en oro sobre la puerta del Templo. El vino fue el signo de la fiesta y de la bendición, de la Pascua y de los tiempos mesiánicos. Yeshúa recogió toda esta tradición: convirtió el agua en vino en una boda de Galilea, tomó la copa en la cena de Pascua y se presentó como la vid verdadera, de la que sus discípulos reciben la savia que les permite dar fruto de amor y de alegría.
El secreto de la vid es permanecer. Para seguir este camino, vuelve a la guía de los símbolos sagrados de los evangelios, descubre el pan que acompaña al vino en la mesa en el pan de vida y el maná, o sube al lugar donde Dios se encuentra con el ser humano en la montaña.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Génesis 9:20-21; Éxodo 6:6-7; Levítico 10:9; Números 6:1-4 y 13:23; Deuteronomio 8:8; Salmos 80:8-16 y 104:15; Proverbios 20:1 y 23:29-35; Eclesiastés 9:7; Isaías 5:1-7, 16:10 y 25:6; Jeremías 2:21; Oseas 10:1; Joel 3:18; Amós 9:13; Miqueas 4:4.
- Evangelios: Marcos 12:1-12 y 14:22-25; Juan 2:1-11 y 15:1-17.
- Misná: Midot 3:8; Kelim 10:1; Pesajim 10:1.
- Talmud de Babilonia: Pesajim 109a; Berajot 34b; Eruvín 65a; Sanedrín 38a.
- Talmud de Jerusalén, Pesajim 10:1.
- Flavio Josefo, Antigüedades judías 15.395; La guerra de los judíos 5.210.
Estudios
- Raymond E. Brown, El Evangelio según Juan.
- Joachim Jeremias, La última cena: palabras de Jesús.
- Yehuda Feliks, Plant World of the Bible.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.