El buen pastor: el símbolo más tierno de los evangelios

A las afueras de Belén había una torre de piedra que la Biblia menciona dos veces. Se llamaba Migdal Éder, «la torre del rebaño». Allí acampó Jacob después de enterrar a su amada Raquel (Génesis 35:21). Y el profeta Miqueas, hablando del futuro de Israel, dijo: «Y tú, oh torre del rebaño, fortaleza de la hija de Sion, hasta ti vendrá el señorío primero» (Miqueas 4:8). La Misná añade un detalle sorprendente: los animales que se encontraban en los campos entre Jerusalén y Migdal Éder se consideraban destinados a los sacrificios del Templo (Shekalim 7:4). Es decir, en los alrededores de Belén pastaban los rebaños que abastecían al Templo. Y en esos mismos campos, según el Evangelio de Lucas, la noche en que nació Yeshúa, «había pastores en la misma región, que velaban y guardaban las vigilias de la noche sobre su rebaño» (Lucas 2:8). Los primeros en recibir la noticia fueron pastores. Y el niño que nació aquella noche diría años después: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas» (Juan 10:11).

Imagina un atardecer en las colinas de Judea. El sol se pone detrás de los montes y tiñe de naranja las rocas calizas. Un pastor joven baja lentamente por una ladera con su rebaño de ovejas y cabras. Lleva un manto de lana, una bolsa de cuero, una honda en el cinturón y un cayado en la mano. De vez en cuando llama a alguna oveja por su nombre, y ella levanta la cabeza y se acerca. Una corderita cojea; el pastor la toma en brazos y la lleva sobre los hombros. Al llegar al redil, un cercado de piedras amontonadas, se coloca en la entrada y cuenta a las ovejas una por una a medida que entran, pasando la mano por cada una para ver si está herida. Cuando todas están dentro, él se tumba en la abertura, atravesado, envuelto en su manto. Él mismo es la puerta. Nada puede entrar sin pasar por encima de él. Así era la vida de los pastores que conoció Yeshúa.

Y aquí hay un detalle que transforma la escena de Belén. En tiempos de Yeshúa, los pastores no tenían buena reputación. Pasaban semanas en el campo, lejos de las aldeas y de las sinagogas, no podían cumplir con todas las normas de pureza, y algunos eran sospechosos de llevar a pastar sus rebaños en tierras ajenas. El Talmud llega a incluir a ciertos pastores entre las personas cuyo testimonio no era aceptado en los tribunales (Sanedrín 25b). Y sin embargo, en toda la Biblia, el pastor es una de las imágenes más altas: Dios mismo es llamado pastor, y los grandes líderes de Israel, Abraham, Moisés, David, fueron pastores. El anuncio del nacimiento a unos pastores despreciados une las dos cosas: la humildad de la gente sencilla y la grandeza del símbolo. El buen pastor viene a los pastores.

Respuesta breve

El buen pastor es una de las imágenes centrales de la Biblia y de los evangelios. En la Biblia hebrea, Dios es el pastor de su pueblo: «El Señor es mi pastor; nada me faltará» (Salmos 23:1). Los patriarcas, Moisés y David fueron pastores, y los profetas, especialmente Ezequiel 34, denunciaron a los malos pastores de Israel y anunciaron que Dios mismo apacentaría a sus ovejas. Jesús se presentó como «el buen pastor» que conoce a sus ovejas por su nombre, las guía, las protege y da su vida por ellas (Juan 10:1-18), y contó la parábola del pastor que deja las noventa y nueve ovejas para buscar la perdida (Lucas 15:3-7). Los primeros en recibir la noticia de su nacimiento fueron pastores de Belén.

Un pueblo de pastores

Israel nació como un pueblo de pastores. Abel, el hijo de Adán, «fue pastor de ovejas» (Génesis 4:2). Abraham, Isaac y Jacob eran pastores nómadas que recorrían la tierra de Canaán con sus rebaños. Jacob trabajó catorce años como pastor de su tío Labán para casarse con Raquel, y describió así su trabajo: «De día me consumía el calor, y de noche la helada, y el sueño huía de mis ojos» (Génesis 31:40). Los hijos de Jacob, cuando bajaron a Egipto, se presentaron al faraón diciendo: «Pastores de ovejas son tus siervos, así nosotros como nuestros padres» (Génesis 47:3).

Moisés estaba apacentando las ovejas de su suegro Jetró en el desierto cuando vio la zarza ardiente y escuchó la voz de Dios (Éxodo 3:1). Un antiguo midrash cuenta que Dios lo eligió precisamente por su compasión como pastor: cuando un corderito se escapó del rebaño, Moisés corrió tras él hasta un manantial, lo encontró bebiendo, lo cargó sobre sus hombros y lo devolvió al rebaño, y Dios dijo: «Tú apacentarás a mi pueblo» (Éxodo Rabá 2:2). Lo exploramos en la compasión como camino espiritual.

David, el pastor que fue rey

El gran pastor de la Biblia hebrea es David. Era el hijo menor de Isaí, en Belén, y cuidaba las ovejas de su padre cuando el profeta Samuel llegó a ungirlo como rey. Sus hermanos mayores fueron presentados uno a uno, y Dios los rechazó a todos, diciendo: «El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero el Señor mira el corazón». Y entonces Samuel preguntó: «¿Son éstos todos tus hijos?». Isaí respondió: «Queda aún el menor, que apacienta las ovejas» (1 Samuel 16:7-11). Ese fue el elegido.

Cuando David se ofreció a luchar contra el gigante Goliat, explicó al rey Saúl su experiencia: «Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca» (1 Samuel 17:34-35). El buen pastor arriesga su vida por sus ovejas. Y el Salmo 78 resume su historia: «Eligió a David su siervo, y lo tomó de las majadas de las ovejas… para que apacentase a Jacob su pueblo. Y los apacentó conforme a la integridad de su corazón» (Salmos 78:70-72). David, el pastor de Belén, se convirtió en el modelo del rey y en el antepasado del Mesías esperado.

El Salmo 23: el Señor es mi pastor

El texto más amado sobre el pastor en toda la Biblia es el Salmo 23, atribuido a David. Sus primeras palabras en hebreo son Adonai roí, «el Señor es mi pastor»: «El Señor es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento» (Salmos 23:1-4).

Cada imagen del salmo procede de la vida real de un pastor. Los pastos verdes son escasos en una tierra seca, y el pastor sabe dónde encontrarlos. Las «aguas de reposo» son aguas tranquilas, porque las ovejas tienen miedo de beber en aguas que corren rápido. El «valle de sombra de muerte» es uno de esos barrancos oscuros del desierto de Judea donde acechan los depredadores. La vara servía para defender al rebaño; el cayado, con su extremo curvo, para guiar a las ovejas y rescatarlas cuando caían. El salmo pasa en la segunda parte de la imagen del pastor a la del anfitrión que prepara una mesa y unge la cabeza con aceite. Es probable que Yeshúa rezara este salmo desde niño. Lo exploramos en los Salmos que rezaba el Maestro.

«Como pastor apacentará su rebaño»

Los profetas usaron también la imagen del pastor para hablar de la ternura de Dios. Isaías la expresa con una delicadeza conmovedora: «Como pastor apacentará su rebaño; en su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará; pastoreará suavemente a las recién paridas» (Isaías 40:11). El pastor lleva en brazos a los corderos más pequeños, que no pueden seguir el ritmo del rebaño, y camina despacio para no fatigar a las ovejas que acaban de parir. Es una imagen de Dios que se adapta al paso de los más débiles.

El profeta Miqueas anuncia que de Belén saldrá un gobernante que pastoreará a Israel: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel… Y él estará, y apacentará con poder del Señor» (Miqueas 5:2-4). Mateo cita este texto cuando los magos preguntan por el lugar del nacimiento (Mateo 2:6), y lo combina con una expresión de 2 Samuel: «que apacentará a mi pueblo Israel».

Ezequiel 34: los malos pastores y el pastor verdadero

El texto profético más importante sobre el pastor es el capítulo 34 de Ezequiel, que está detrás de casi todo lo que Yeshúa dice sobre el buen pastor. Dios denuncia con dureza a los líderes de Israel, a los que llama pastores: «¡Ay de los pastores de Israel, que se apacientan a sí mismos! ¿No apacientan los pastores a los rebaños? Coméis la grosura, y os vestís de la lana; la engordada degolláis, mas no apacentáis a las ovejas. No fortalecisteis las débiles, ni curasteis la enferma; no vendasteis la perniquebrada, no volvisteis al redil la descarriada, ni buscasteis la perdida» (Ezequiel 34:2-4).

Y entonces Dios promete: «He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré… Yo apacentaré mis ovejas, y yo les daré aprisco… Yo buscaré la perdida, y haré volver al redil la descarriada; vendaré la perniquebrada, y fortaleceré la débil» (Ezequiel 34:11-16). Y añade: «Y levantaré sobre ellas a un pastor, y él las apacentará; a mi siervo David» (Ezequiel 34:23). Cuando Yeshúa dice «yo soy el buen pastor», sus oyentes judíos escuchaban este capítulo de Ezequiel: el pastor que busca a la perdida, que cura a la herida, que fortalece a la débil, frente a los pastores que se aprovechan del rebaño.

«Como ovejas que no tienen pastor»

Hay una expresión que aparece varias veces en la Biblia y que Yeshúa hizo suya. Cuando Moisés sabía que iba a morir, pidió a Dios que pusiera un sucesor al frente del pueblo, «para que la congregación del Señor no sea como ovejas sin pastor» (Números 27:17). Y el profeta Micaías vio en una visión a «todo Israel esparcido por los montes, como ovejas que no tienen pastor» (1 Reyes 22:17).

Los evangelios usan esta expresión para describir lo que sentía Yeshúa ante las multitudes: «Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo 9:36). Y Marcos la coloca justo antes de la multiplicación de los panes: «Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas» (Marcos 6:34). Después, los hace sentar «sobre la hierba verde», como las ovejas del Salmo 23 en los delicados pastos, y les da de comer. Lo exploramos en el pan de vida y el maná.

«Yo soy el buen pastor»: Juan 10

El discurso del buen pastor en el Evangelio de Juan es uno de los textos más bellos del Nuevo Testamento. Yeshúa empieza describiendo la vida real de un redil: el ladrón entra saltando por otra parte, pero el pastor entra por la puerta. «A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voz; y a sus ovejas llama por nombre, y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (Juan 10:3-4).

Los viajeros que han visitado el Oriente Medio cuentan que todavía hoy los pastores beduinos llaman a sus ovejas por su nombre, y que si varios rebaños se mezclan en un abrevadero, basta con que cada pastor dé su grito característico para que sus ovejas lo sigan sin confusión. Las ovejas conocen la voz de su pastor. Y Yeshúa continúa con dos «Yo soy»: «Yo soy la puerta de las ovejas… el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos» (Juan 10:7-9). Y: «Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye» (Juan 10:11-12).

Es significativo que Juan sitúe este discurso en el contexto de la fiesta de la Dedicación, Janucá (Juan 10:22). Esta fiesta recordaba la purificación del Templo después de que el rey Antíoco lo profanara, con la ayuda de algunos sumos sacerdotes corruptos que habían traicionado al pueblo. Los oyentes podían recordar a esos «malos pastores» de Ezequiel 34. Los grandes «Yo soy» se exploran en los «Yo soy» del Evangelio de Juan.

La oveja perdida

En los Evangelios de Lucas y Mateo, Yeshúa cuenta la parábola del pastor que busca la oveja perdida. «¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido» (Lucas 15:4-6).

Lucas sitúa esta parábola en un contexto preciso: los fariseos y escribas murmuraban porque Yeshúa recibía a los pecadores y comía con ellos. Y él responde con tres parábolas: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. En las tres, lo perdido es buscado con pasión y encontrado con alegría. Mateo la sitúa en otro contexto y añade: «Así, no es la voluntad de vuestro Padre que está en los cielos, que se pierda uno de estos pequeños» (Mateo 18:14). Y la escena del pastor que lleva la oveja sobre sus hombros recuerda la del midrash de Moisés con el corderito. El padre que corre hacia el hijo perdido se explora en orar con Abba, y el perdón en el perdón setenta veces siete.

El pastor herido

La noche de la última cena, mientras iban hacia el monte de los Olivos, Yeshúa dijo a sus discípulos: «Todos os escandalizaréis de mí esta noche; porque escrito está: Heriré al pastor, y las ovejas serán dispersadas» (Marcos 14:27). Es una cita del profeta Zacarías (Zacarías 13:7). Y así ocurrió: en Getsemaní, cuando lo arrestaron, «todos los discípulos, dejándole, huyeron» (Mateo 26:56). El buen pastor que da su vida por las ovejas es herido, y el rebaño se dispersa. Pero Yeshúa añadió enseguida una promesa: «Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea» (Marcos 14:28). Como el pastor que va delante del rebaño, él los volvería a reunir. Lo exploramos en Getsemaní, la oración de entrega.

«Apacienta mis ovejas»

Al final del Evangelio de Juan, junto al lago de Galilea, Yeshúa resucitado pregunta tres veces a Pedro: «¿Me amas?». Y cada vez que Pedro responde que sí, Yeshúa le dice: «Apacienta mis corderos», «pastorea mis ovejas», «apacienta mis ovejas» (Juan 21:15-17). Pedro, el que lo había negado tres veces, recibe ahora tres veces la misión de ser pastor. El buen pastor confía su rebaño a quienes lo aman. Y la condición para ser pastor no es la perfección, sino el amor.

Esta escena ilumina toda la tradición bíblica del pastor: Moisés, David, los profetas, todos fueron elegidos para cuidar del pueblo de Dios. Y la tradición judía ha llamado siempre a sus grandes maestros con imágenes pastorales. Ser pastor es cuidar de otros con amor, conocerlos por su nombre, buscarlos cuando se pierden, curar a los heridos.

Ovejas y cabritos

En su gran parábola sobre el juicio final, Yeshúa usa otra imagen pastoral. Cuando venga el Hijo del Hombre, «serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos» (Mateo 25:32). En Israel, los pastores llevaban rebaños mixtos de ovejas y cabras durante el día, pero por la noche los separaban, porque las cabras necesitan más calor que las ovejas. La imagen es tomada también de Ezequiel: «Yo juzgo entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos» (Ezequiel 34:17).

Y el criterio de esa separación no es una doctrina ni un rito, sino la compasión concreta: dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, visitar al enfermo y al preso. El buen pastor juzga según el amor.

Una lectura cabalística: el pastor fiel

La Cábala dio a Moisés un título pastoral que se convirtió en el nombre de una sección entera del Zóhar: Raaya Meheimna, en arameo «el pastor fiel». En esta parte del libro, Moisés aparece como un maestro que revela los secretos de la Torá y de los mandamientos. La expresión procede de la imagen de Moisés como pastor del pueblo de Israel, fiel a Dios y a su rebaño. Y los cabalistas enseñaban que en cada generación hay un «pastor fiel», un justo que cuida espiritualmente del pueblo.

Es una lectura posterior, que no debe confundirse con el sentido histórico de las palabras de Yeshúa, pero que muestra cómo la imagen del pastor ha atravesado toda la espiritualidad judía, desde los patriarcas hasta la mística medieval. Este diálogo se explora en la guía sobre Jesús y la Cábala.

Una práctica: dejarse pastorear y pastorear a otros

El símbolo del buen pastor invita a una doble práctica: dejarse cuidar por Dios y cuidar de los demás.

  1. Reza el Salmo 23 cada mañana durante una semana, despacio, deteniéndote en cada imagen. Pregúntate: ¿dónde están mis «delicados pastos»? ¿Cuál es mi «valle de sombra»?
  2. Escucha la voz. Dedica unos minutos de silencio a escuchar. «Las ovejas conocen su voz». ¿Qué voz te guía en tu vida?
  3. Déjate llevar en brazos. Si te sientes débil, recuerda la imagen de Isaías: el pastor que lleva a los corderos en su seno. No tienes que caminar al ritmo de los fuertes.
  4. Busca a la oveja perdida. Piensa en alguien que se ha alejado: un amigo, un familiar, un compañero. Da un paso para acercarte, sin juzgar.
  5. Llama por su nombre. Aprende y usa el nombre de las personas con las que te cruzas: el portero, el cajero, el vecino. El buen pastor conoce a cada uno por su nombre.
  6. Cura a la herida. Como pide Ezequiel 34, cuida de alguien débil, enfermo o herido en tu entorno.
  7. Apacienta con amor. Si tienes responsabilidad sobre otros, como padre, maestro, jefe o cuidador, pregúntate: ¿me apaciento a mí mismo o apaciento al rebaño?

Lecturas recomendadas

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Para comprender el mundo rural de Galilea y Judea, los pastores, los rebaños y las fiestas en que Yeshúa habló del buen pastor, te recomiendo El judaísmo de Jesús, el libro de Mario Sabán que reconstruye la vida de su tiempo.

Si quieres explorar la lectura mística de Moisés como «pastor fiel» y el cuidado divino a través de las Sefirot, Sod 32 te ofrece una guía clara del Árbol de la Vida. Y el Sefer Yetzirá, uno de los textos más antiguos de la mística judía, completa esa visión desde sus fuentes.

Preguntas frecuentes sobre el buen pastor

¿Qué significa «yo soy el buen pastor»?

Es una frase de Jesús en Juan 10:11. Significa que él conoce a sus ovejas por su nombre, las guía, las protege y da su vida por ellas, a diferencia del asalariado que huye ante el peligro.

¿De dónde viene la imagen del pastor en la Biblia?

De la vida real de Israel, pueblo de pastores. Los patriarcas, Moisés y David fueron pastores, y la Biblia llama a Dios pastor de su pueblo, como en el Salmo 23.

¿Qué relación tiene Juan 10 con Ezequiel 34?

Ezequiel 34 denuncia a los malos pastores de Israel y promete que Dios mismo apacentará a sus ovejas, buscando a la perdida y curando a la herida. Jesús retoma esta imagen al presentarse como el buen pastor.

¿Qué enseña la parábola de la oveja perdida?

Que Dios busca con pasión a cada persona que se ha alejado y se alegra cuando la encuentra. Ninguna oveja es demasiado pequeña para que el pastor la busque.

¿Por qué el nacimiento de Jesús fue anunciado a pastores?

Porque los pastores eran gente sencilla y a menudo despreciada, y porque la imagen del pastor evocaba a David, el pastor de Belén del que descendería el Mesías.

¿Cómo puedo vivir el símbolo del buen pastor?

Rezando el Salmo 23, escuchando la voz de Dios en el silencio, buscando a quienes se han alejado, llamando a las personas por su nombre y cuidando de los débiles y heridos.

Conclusión: el pastor que conoce tu nombre

El buen pastor es quizá el símbolo más tierno de toda la Biblia. Nace de la vida real de un pueblo de pastores, de Abraham, Jacob, Moisés y David, que cuidaban de sus rebaños bajo el sol del día y el frío de la noche. Se convierte en imagen de Dios mismo en el Salmo 23, en Isaías y en Ezequiel: el pastor que lleva a los corderos en brazos, que busca a la oveja perdida, que cura a la herida. Y llega a su plenitud en Yeshúa, nacido en Belén, anunciado a pastores, que se presentó como el buen pastor que conoce a sus ovejas por su nombre y da la vida por ellas.

Con este artículo terminamos el recorrido por los símbolos sagrados de los evangelios: la luz, el agua viva, el pan, el vino, la montaña, la paloma, los números y el pastor. Para volver al conjunto, visita la guía de los símbolos sagrados de los evangelios o el punto de partida del blog, el camino interior del Maestro de Galilea. Y para distinguir la verdad histórica de las leyendas que rodean a Jesús, continúa con mitos, apócrifos y verdades.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Biblia hebrea: Génesis 4:2, 31:40, 35:21 y 47:3; Éxodo 3:1; Números 27:17; 1 Samuel 16:7-11 y 17:34-35; 1 Reyes 22:17; Salmos 23, 78:70-72 y 80:1; Isaías 40:11; Ezequiel 34; Miqueas 4:8 y 5:2-4; Zacarías 13:7.
  • Evangelios: Mateo 2:6, 9:36, 18:12-14, 25:31-46 y 26:56; Marcos 6:34 y 14:27-28; Lucas 2:8-20 y 15:1-7; Juan 10:1-30 y 21:15-17.
  • Misná, Shekalim 7:4.
  • Talmud de Babilonia, Sanedrín 25b.
  • Éxodo Rabá 2:2.
  • Zóhar, sección Raaya Meheimna.

Estudios

  • Kenneth E. Bailey, The Good Shepherd: A Thousand-Year Journey from Psalm 23 to the New Testament.
  • Joachim Jeremias, Las parábolas de Jesús.
  • Raymond E. Brown, El Evangelio según Juan.
  • Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.

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