Hay seis palabras hebreas que los judíos han pronunciado cada mañana y cada noche durante más de dos mil quinientos años. Las aprenden los niños antes que ninguna otra oración. Las susurran los padres junto a la cama de sus hijos. Las han dicho los mártires en el momento de morir y los ancianos en su último aliento. Están escritas en pequeños rollos de pergamino que se colocan en las jambas de las puertas y en las cajitas de cuero que se atan al brazo y a la frente durante la oración. Son estas: Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad, «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Es el Shemá Israel, el corazón de la fe judía. Y cuando un escriba preguntó a Yeshúa cuál era el primero de todos los mandamientos, él no eligió uno de los Diez Mandamientos, ni inventó una fórmula nueva. Respondió con estas mismas palabras: «Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es» (Marcos 12:29). La oración que había rezado cada día desde niño era, para él, el primer mandamiento.
Imagina un amanecer en Nazaret. La luz empieza a filtrarse por la pequeña ventana de la casa de piedra. José se levanta, se envuelve en su manto, se cubre los ojos con la mano derecha y pronuncia en voz baja: «Shemá Israel». A su lado, un niño de siete u ocho años lo imita, todavía medio dormido, repitiendo las palabras que ha oído cada mañana de su vida. Luego vienen las palabras siguientes: «Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas». Al atardecer, cuando aparezcan las primeras estrellas, volverán a recitarlas. Y al salir de casa, el niño tocará la mezuzá de la puerta, donde están escritas esas mismas palabras. Así entró el Shemá en el alma de Yeshúa: no como una doctrina aprendida, sino como el aliento de cada día.
Y hay un detalle de los evangelios que pocos lectores relacionan con el Shemá y que resulta conmovedor. El Shemá completo, tal como se recitaba, incluía tres pasajes de la Torá, y el tercero manda a los israelitas llevar flecos, tsitsit, en las cuatro esquinas de sus mantos, «para que os acordéis de todos los mandamientos del Señor» (Números 15:38-39). Pues bien, los evangelios cuentan que una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años se acercó a Yeshúa por detrás y tocó «el borde de su manto», en griego kráspedon, la misma palabra con la que la Septuaginta traduce esos flecos rituales (Mateo 9:20; Números 15:38). Y Marcos dice que en las aldeas, los enfermos le rogaban que les dejase tocar «siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos» (Marcos 6:56). Yeshúa llevaba en su manto los flecos que el Shemá mandaba. La oración que rezaba cada día estaba también cosida en su ropa.
Respuesta breve
El Shemá Israel es la oración central del judaísmo, formada por tres pasajes de la Torá (Deuteronomio 6:4-9, Deuteronomio 11:13-21 y Números 15:37-41), que se recita por la mañana y por la noche. Su primera frase dice: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno», y continúa: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Jesús, como todo judío piadoso de su tiempo, lo rezaba cada día, y cuando le preguntaron por el primer mandamiento, respondió citando el Shemá y añadió el amor al prójimo de Levítico 19:18. Recitar el Shemá significaba, según la Misná, «aceptar el yugo del Reino de los cielos».
El texto del Shemá Israel
El Shemá toma su nombre de su primera palabra, shemá, «escucha». No empieza con una orden de hacer, sino de escuchar. Su primer pasaje dice: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas» (Deuteronomio 6:4-9).
El segundo pasaje, de Deuteronomio 11:13-21, promete las lluvias a su tiempo a quienes amen a Dios y le sirvan, y repite el mandato de enseñar estas palabras. El tercero, de Números 15:37-41, ordena los flecos en las esquinas del manto y termina con la gran afirmación: «Yo el Señor vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto». Los tres pasajes juntos forman el Shemá que se recitaba en tiempos de Yeshúa, rodeado de bendiciones antes y después.
Un texto antiquísimo: del papiro Nash a Qumrán
El Shemá ya se recitaba como oración mucho antes de Yeshúa. Uno de los manuscritos hebreos más antiguos que se conocían antes de Qumrán, el llamado papiro Nash, encontrado en Egipto y fechado hacia el siglo II antes de nuestra era, contiene precisamente los Diez Mandamientos seguidos del comienzo del Shemá. Probablemente era un texto para uso litúrgico. La Misná cuenta que en el Templo, cada mañana, los sacerdotes recitaban los Diez Mandamientos y el Shemá (Tamid 5:1).
En las cuevas de Qumrán se encontraron también tefilín, las pequeñas cajitas de cuero que se atan al brazo y a la frente, con minúsculos pergaminos que contienen pasajes del Shemá, y mezuzot, los rollos que se fijan en las puertas. Son de la época de Yeshúa. Él mismo menciona las filacterias cuando critica a algunos que «ensanchan sus filacterias, y extienden los flecos de sus mantos» para ser vistos (Mateo 23:5). No critica la práctica, sino la ostentación. Él también llevaba flecos, como hemos visto. Lo que le importaba era que la oración no se convirtiera en exhibición, como explicamos en orar en lo secreto según Mateo 6.
«Escucha»: el primer movimiento de la fe
Es significativo que la oración central de Israel empiece con «escucha». La fe bíblica no empieza con una teoría sobre Dios, sino con una escucha. Dios habla, y el ser humano escucha. En hebreo, el verbo shamá significa a la vez escuchar, comprender y obedecer. Escuchar de verdad implica acoger lo escuchado y dejar que transforme la vida.
Yeshúa insistía en esta escucha. Terminaba muchas de sus parábolas con la frase: «El que tiene oídos para oír, oiga» (Marcos 4:9). Y en la transfiguración, la voz del cielo dijo: «Este es mi Hijo amado; a él oíd» (Marcos 9:7). La escucha está en el corazón de su enseñanza, y el silencio que la hace posible se explora en el silencio en los evangelios.
«El Señor es uno»: la unidad de Dios
La afirmación central del Shemá es que Dios es uno: Adonai Ejad. Frente a los pueblos vecinos, que adoraban a muchos dioses, Israel proclamaba que solo hay un Dios, creador de todo. Pero ejad no significa solo «uno» en sentido numérico. Significa también único, incomparable, y sugiere unidad interior: Dios no está dividido, todo en él es armonía. Y si Dios es uno, toda la realidad tiene un solo origen y un solo sentido.
En los rollos de la Torá y en las ediciones impresas, la última letra de la palabra Shemá, la áyin, y la última de Ejad, la dálet, se escriben más grandes que las demás. Juntas forman la palabra ed, que significa «testigo». Quien recita el Shemá se convierte en testigo de la unidad de Dios ante el mundo.
El Talmud cuenta que los sabios prolongaban la pronunciación de la palabra ejad, para dedicar tiempo a meditar la soberanía de Dios en los cielos, en la tierra y en las cuatro direcciones (Berajot 13b). Y la costumbre de cubrirse los ojos con la mano al recitar la primera línea, que se remonta a Rabí Yehudá ha-Nasí (Berajot 13b), sirve para concentrarse completamente, sin distracciones, en el misterio de la unidad divina.
«Amarás»: el mandamiento del amor
Después de proclamar la unidad de Dios, el Shemá dice: «Y amarás». Es asombroso: el primer mandamiento es amar. No temer, no obedecer, no ofrecer sacrificios, sino amar. Y amar con todo: con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. La Misná comenta estas tres expresiones de manera muy profunda (Berajot 9:5):
- «Con todo tu corazón»: con tus dos inclinaciones, la buena y la mala. Incluso lo que hay de oscuro en ti puede orientarse a Dios. En hebreo, levavjá se escribe con dos letras bet, lo que los sabios interpretan como los dos impulsos del corazón.
- «Con toda tu alma»: «aunque te quite el alma», es decir, incluso a costa de la propia vida.
- «Con todas tus fuerzas»: la palabra hebrea meodejá se interpretó como «con todos tus bienes», y también como «con cada medida que te mida», es decir, en todas las circunstancias, buenas o malas, dando gracias a Dios por todo.
El significado del corazón en la Biblia hebrea, centro de la persona entera, se desarrolla en «bienaventurados los limpios de corazón».
Rabí Akiva: morir con el Shemá en los labios
El Talmud cuenta una de las historias más conmovedoras de toda la tradición judía. Rabí Akiva, uno de los mayores sabios de Israel, fue apresado por los romanos en el siglo II por enseñar la Torá en tiempos de persecución, y condenado a muerte. Mientras lo torturaban, era la hora de recitar el Shemá, y él lo recitaba aceptando sobre sí el yugo del Reino de los cielos. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿hasta este punto?». Y él respondió: «Toda mi vida me ha preocupado este versículo, «con toda tu alma», que significa aunque te quite el alma. Me decía: ¿cuándo tendré la ocasión de cumplirlo? Y ahora que la tengo, ¿no voy a cumplirlo?». Prolongó la palabra ejad hasta que su alma salió con ella (Berajot 61b).
Desde entonces, muchos judíos han muerto con el Shemá en los labios. Es la oración del último aliento. Yeshúa no murió recitando el Shemá, sino los Salmos, pero su entrega final, «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», expresa el mismo amor «con toda el alma». El amor llevado hasta el final se medita en Getsemaní, la oración de entrega.
Jesús y el Shemá Israel: el primer mandamiento
El pasaje en que Yeshúa cita el Shemá es uno de los más hermosos de los evangelios. Un escriba, que había escuchado sus discusiones y había visto que respondía bien, le pregunta: «¿Cuál es el primer mandamiento de todos?». Yeshúa responde: «El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos» (Marcos 12:28-31).
Lo más bello es la respuesta del escriba: «Bien, Maestro, verdad has dicho, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él; y el amarle con todo el corazón… y amar al prójimo como a uno mismo, es más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Yeshúa, viendo que había respondido sabiamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios» (Marcos 12:32-34). Es un momento de perfecto acuerdo entre un maestro y un escriba judío, unidos en la oración que ambos rezaban cada día.
El Shemá y el amor al prójimo
Yeshúa une al Shemá un segundo mandamiento, tomado del Levítico: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Levítico 19:18). Esta unión no era del todo nueva. Los sabios judíos también buscaban el principio que resumiera toda la Torá. El Talmud cuenta que un pagano pidió a Hillel que le enseñara toda la Torá mientras se sostenía sobre un pie, y Hillel le respondió: «Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la Torá; el resto es comentario. Ve y apréndelo» (Shabat 31a). Y Rabí Akiva decía que «amarás a tu prójimo como a ti mismo» es el gran principio de la Torá (Sifrá, Kedoshim 4:12).
Lo que hace Yeshúa es unir explícitamente el amor a Dios y el amor al prójimo como dos caras de un mismo mandamiento. No se puede amar a Dios, que es uno, sin amar a sus criaturas. Este amor que se vuelve compasión se desarrolla en la compasión como camino espiritual.
Aceptar el yugo del Reino de los cielos
La Misná ofrece una definición preciosa de lo que significa recitar el Shemá. Explica que el primer pasaje viene antes que el segundo «para que uno acepte primero sobre sí el yugo del Reino de los cielos, y después acepte sobre sí el yugo de los mandamientos» (Berajot 2:2). Recitar el Shemá es, por tanto, aceptar que Dios reina sobre la propia vida: kabalat ol maljut shamayim, «la aceptación del yugo del Reino de los cielos».
Esta expresión arroja una luz nueva sobre dos enseñanzas de Yeshúa. La primera es su anuncio central: «El Reino de los cielos se ha acercado» (Mateo 4:17). Para sus oyentes, el Reino de los cielos era algo que se aceptaba cada día al recitar el Shemá. La segunda es su invitación: «Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga» (Mateo 11:29-30). Un oyente judío escuchaba aquí el eco del yugo del Reino. Yeshúa no ofrece un yugo pesado, sino uno que da descanso. El Reino de los cielos se explora en «el Reino de Dios está dentro de vosotros».
«Bendito sea el nombre de la gloria de su Reino»
Después de la primera línea del Shemá, la tradición judía añade en voz baja una frase que no está en la Torá: Baruj shem kevod maljutó le-olam va-ed, «Bendito sea el nombre de la gloria de su Reino por siempre jamás». La Misná cuenta que esta fórmula se pronunciaba en el Templo en lugar del simple «amén» (Yomá 6:2). Y el Talmud ofrece una leyenda bellísima sobre su origen: cuando el patriarca Jacob estaba a punto de morir, reunió a sus hijos y temió que alguno de ellos no fuera fiel a Dios. Ellos le dijeron: «Escucha, Israel», es decir, «escucha, padre nuestro Israel», «el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Y Jacob, aliviado, respondió: «Bendito sea el nombre de la gloria de su Reino por siempre jamás» (Pesajim 56a).
En esta leyenda, el Shemá es un diálogo entre generaciones: los hijos aseguran al padre que guardarán la fe. Es la misma transmisión que el Shemá ordena: «y las repetirás a tus hijos».
Una lectura cabalística: la unión de lo alto y lo bajo
Siglos más tarde, la Cábala desarrolló una lectura mística del Shemá. Para los cabalistas, la palabra ejad no solo afirma que Dios es uno, sino que expresa el anhelo de unificar todas las dimensiones de lo divino y de la creación. El Zóhar enseña que al recitar el Shemá con intención, la persona contribuye a unir las Sefirot de lo alto con la Shejiná, la presencia de Dios en el mundo, y a reparar la fragmentación de la creación. Las seis palabras del primer versículo se relacionaron con las seis Sefirot centrales, y la fórmula «Bendito sea el nombre de la gloria de su Reino» con Maljut, el Reino, la Sefirá más cercana al mundo.
Es una interpretación posterior a Yeshúa, que pertenece a la mística medieval, pero muestra que el Shemá ha sido para Israel no solo una confesión de fe, sino una práctica de unión con Dios. Esta tradición se explora en la guía sobre Jesús y la Cábala, y la presencia divina en la Shejiná.
El Shemá Israel en la oración de Yeshúa
Comprender el Shemá ilumina muchos aspectos de la oración de Yeshúa. El Padre Nuestro, que santifica el Nombre y pide la venida del Reino, se sitúa en continuidad con la aceptación del yugo del Reino de los cielos. La oración sacerdotal de Juan 17, con su súplica «para que todos sean uno», resuena con la unidad del Shemá. Y la vida entera de Yeshúa, centrada en el amor al Padre y al prójimo, es una encarnación del «amarás con todo tu corazón».
Cada mañana y cada noche, Yeshúa recitaba estas palabras. Eran el marco de su día: lo primero que decía al despertar y lo último antes de dormir. Su oración en soledad, sus Salmos, su intimidad con el Abba, todo estaba sostenido por este fundamento. Lo explicamos en la guía sobre cómo oraba Jesús.
Cómo rezar el Shemá Israel hoy
No hace falta ser judío para rezar el Shemá con respeto y devoción. Es una oración bíblica que Yeshúa rezaba y que pertenece al corazón de la fe en el Dios único. Te propongo una manera sencilla de incorporarla a tu vida:
- Al despertar, antes de mirar el teléfono, siéntate en la cama.
- Cúbrete los ojos con la mano derecha, como hacía Rabí Yehudá ha-Nasí, para concentrarte.
- Pronuncia despacio: Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad, o en español: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Si lo deseas, en lugar del Nombre puedes decir simplemente «el Señor».
- Prolonga la palabra «uno» y medita durante unos segundos en la unidad de Dios, presente en todo.
- Di en voz baja: «Bendito sea el nombre de la gloria de su Reino por siempre jamás».
- Continúa: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas». Pregúntate cómo puedes amar así hoy.
- Añade, como Yeshúa: «Y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Piensa en una persona concreta.
- Por la noche, antes de dormir, repite el Shemá. Que sea lo último que digas.
Con el tiempo, el Shemá se convertirá en el marco de tus días, como lo fue para el Maestro de Galilea. La intención con que se recita es fundamental, como explicamos en la kavaná, orar con intención.
Lecturas recomendadas
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Para entender cómo el Shemá, las filacterias, los flecos y las bendiciones formaban parte de la vida diaria de Yeshúa, te recomiendo El judaísmo de Jesús, el libro en que Mario Sabán muestra al Maestro como judío practicante.
Si te atrae la lectura cabalística del Shemá y de la unidad de las Sefirot, Sod 32 te ayudará a comprender el Árbol de la Vida y sus conexiones. Y para meditar sobre las letras hebreas, como la áyin y la dálet que forman la palabra «testigo», el Sefer Yetzirá es la fuente clásica de la mística de las letras.
Preguntas frecuentes sobre el Shemá Israel
¿Qué significa Shemá Israel?
Significa «Escucha, Israel». Son las primeras palabras de Deuteronomio 6:4: «Escucha, Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor es uno».
¿Rezaba Jesús el Shemá?
Sí. Como todo judío piadoso de su tiempo, lo recitaba por la mañana y por la noche. Cuando le preguntaron por el primer mandamiento, respondió citando el Shemá (Marcos 12:29-30).
¿Cuántas veces al día se reza el Shemá?
Dos veces: por la mañana y por la noche, como manda el mismo texto: «al acostarte y cuando te levantes».
¿Por qué se cubren los ojos al rezar el Shemá?
Para concentrarse completamente en la unidad de Dios, sin distracciones. La costumbre se remonta a Rabí Yehudá ha-Nasí, según el Talmud.
¿Qué significa «aceptar el yugo del Reino de los cielos»?
Según la Misná, recitar el Shemá es aceptar que Dios reina sobre la propia vida. Jesús habló del «Reino de los cielos» y de su «yugo fácil» en este mismo lenguaje.
¿Qué relación tiene el Shemá con el amor al prójimo?
Jesús unió al Shemá el mandamiento de Levítico 19:18, «amarás a tu prójimo como a ti mismo», como dos caras de un mismo mandamiento.
Conclusión: escuchar, amar y unir
El Shemá Israel es mucho más que una oración: es el aliento de la fe judía y fue el marco de cada día de Yeshúa. Seis palabras que invitan a escuchar, que proclaman la unidad de Dios, que mandan amarle con todo el ser. Él las aprendió en Nazaret, las rezó cada mañana y cada noche, las llevó cosidas en los flecos de su manto y las llamó el primero de todos los mandamientos, unidas inseparablemente al amor al prójimo.
Rezar hoy el Shemá es unirse a una cadena de voces que se extiende desde Moisés hasta nosotros, pasando por el Maestro de Galilea. Para seguir este camino, vuelve a la guía sobre cómo oraba Jesús, aprende a orar con el corazón presente en la kavaná, orar con intención, o descubre la oración que Yeshúa enseñó en cómo meditar el Padre Nuestro.
Fuentes
Fuentes primarias
- Biblia hebrea: Levítico 19:18; Números 15:37-41; Deuteronomio 6:4-9 y 11:13-21.
- Evangelios: Mateo 4:17, 9:20, 11:29-30 y 23:5; Marcos 4:9, 6:56, 9:7 y 12:28-34.
- Misná: Berajot 2:2 y 9:5; Tamid 5:1; Yomá 6:2.
- Talmud de Babilonia: Berajot 13b y 61b; Shabat 31a; Pesajim 56a.
- Sifrá, Kedoshim 4:12.
- Papiro Nash; tefilín y mezuzot de Qumrán.
- Zóhar (sobre la unificación del Shemá).
Estudios
- Reuven Kimelman, «The Shema and Its Rhetoric».
- Ismar Elbogen, Jewish Liturgy: A Comprehensive History.
- David Flusser, Jesús en sus palabras y en su tiempo.
- Mario Javier Sabán, El judaísmo de Jesús.