Las Bienaventuranzas y las Sefirot: una lectura cabalística

Un día de primavera, en una ladera verde junto al lago de Galilea, una multitud de pescadores, campesinos, enfermos y mujeres con sus niños se sentó en la hierba para escuchar a un maestro. Él abrió la boca y no empezó con leyes ni con amenazas, sino con una palabra repetida como una música: «Bienaventurados». Bienaventurados los pobres, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre de justicia. Dos mil años después, esas frases siguen siendo el corazón de la enseñanza de Yeshúa. Este artículo propone leer las Bienaventuranzas y las Sefirot juntas: el sermón del monte a la luz del Árbol de la Vida de la Cábala, como un mapa del camino interior que va desde el vacío del alma hasta la visión de Dios.

Imagina el sonido de esa voz sobre el agua tranquila, el olor de la hierba aplastada, el silencio atento de miles de personas que no estaban acostumbradas a que nadie las llamara dichosas. Los pobres, los que lloraban por sus muertos, los humillados por los poderosos: precisamente ellos escuchaban que el Reino de los cielos era suyo. Aquel discurso no era una teoría, era un abrazo. Y, como todo lo que nace del corazón de un místico judío, tenía raíces muy hondas en los salmos y en los profetas, y escondía capas de sentido que siglos de meditación no han agotado.

Lo sorprendente es que la primera y la última bienaventuranza prometen lo mismo: «de ellos es el Reino de los cielos». El discurso empieza y termina en el Reino. Y en la Cábala, la Sefirá que recibe toda la luz divina y la entrega al mundo se llama precisamente Maljut, «Reino». Es la base del Árbol de la Vida, el lugar donde el camino comienza y adonde toda la luz regresa. Que el sermón del monte quede enmarcado entre dos menciones del Reino, como el Árbol que se apoya en Maljut, no prueba nada sobre lo que Yeshúa pensaba, pero abre una puerta de meditación extraordinaria: las Bienaventuranzas pueden leerse como una escalera del alma.

Respuesta breve

Las Bienaventuranzas (Mateo 5:3-10) son ocho declaraciones de dicha con las que Jesús abre el sermón del monte, y tienen raíces en los salmos, en Isaías y en textos de Qumrán. Las Sefirot son las diez emanaciones divinas de la Cábala medieval, organizadas en el Árbol de la Vida. Jesús no conoció las Sefirot, pero leer las Bienaventuranzas a su luz es una meditación fecunda: la pobreza de espíritu se corresponde con Maljut, la misericordia con Jésed, la limpieza de corazón con Tiféret, la búsqueda de la paz con Yesod, y así sucesivamente, formando un camino interior de transformación.

Qué son las Bienaventuranzas y de dónde vienen

Las Bienaventuranzas aparecen en dos versiones. La de Mateo, la más conocida, contiene ocho declaraciones en el marco del sermón del monte (Mateo 5:3-10), seguidas de una novena dirigida directamente a los discípulos. La de Lucas, en el llamado sermón de la llanura, es más breve: cuatro bienaventuranzas seguidas de cuatro lamentos, «¡ay de vosotros!» (Lucas 6:20-26). Ambas versiones comparten un mismo espíritu: Dios está del lado de los pobres, los que sufren y los que tienen hambre.

«Ashréi»: dichoso el que camina

La palabra «bienaventurado» traduce el griego makários, que a su vez corresponde al hebreo ashréi. Es la palabra con la que comienza el libro de los Salmos: «Ashréi ha-ish», «Dichoso el hombre que no anduvo en consejo de malos» (Salmo 1:1). La raíz hebrea a-sh-r está relacionada con la idea de caminar, de avanzar por un camino recto. Por eso, más que un estado de felicidad estática, ashréi sugiere la dicha de quien va por buen camino. Las Bienaventuranzas, leídas así, no describen a personas que ya han llegado, sino a quienes están en marcha.

Las raíces bíblicas

Casi cada bienaventuranza resuena con un texto de la Biblia hebrea. Los pobres y los que lloran evocan Isaías 61:1-2, el anuncio de buenas noticias a los abatidos y de consuelo a los enlutados, el mismo pasaje que Yeshúa leyó en Nazaret. «Los mansos heredarán la tierra» es una cita casi literal del Salmo 37:11. Y la promesa a los limpios de corazón recuerda el Salmo 24: «¿Quién subirá al monte del Señor? El limpio de manos y puro de corazón». No es casual que este último salmo hable de subir a un monte: Yeshúa pronuncia sus bienaventuranzas precisamente sobre una montaña, como un nuevo Sinaí.

Bienaventuranzas en Qumrán

Entre los manuscritos del mar Muerto apareció un texto sapiencial, catalogado como 4Q525, que contiene una serie de bienaventuranzas encadenadas: dichoso el que dice la verdad con un corazón puro, dichoso el que se aferra a los preceptos, dichoso el que alcanza la sabiduría. Es un testimonio precioso de que este género, la cadena de bienaventuranzas, existía en el judaísmo de la época de Jesús. Yeshúa no inventó la forma, pero le dio un contenido revolucionario: ya no son dichosos solo los sabios y los cumplidores, sino los pobres, los que lloran y los perseguidos. Puedes descubrir más sobre esta comunidad en ¿Fue Jesús esenio?

Qué son las Sefirot y el Árbol de la Vida

En la Cábala medieval, las Sefirot son las diez emanaciones a través de las cuales el Dios infinito, el Ein Sof, se manifiesta y actúa en el mundo. La palabra sefirá se ha relacionado con sapir, «zafiro», por su luminosidad; con sefer, «libro»; y con sipur, «relato». El primer texto que habla de diez «sefirot» es el antiguo Sefer Yetzirá, aunque allí la palabra parece significar algo así como «números» o «dimensiones». La doctrina completa de las Sefirot como atributos divinos aparece en el Sefer ha-Bahir, hacia 1180, y se desarrolla en el Zóhar.

Muchos de sus nombres proceden de un versículo bíblico que los cabalistas leyeron como una lista secreta: «Tuya es, oh Señor, la grandeza, el poder, la gloria, la victoria y el honor; porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Señor, es el reino» (1 Crónicas 29:11). Grandeza (guedulá, otro nombre de Jésed), poder (guevurá), gloria (tiféret), victoria (nétsaj), honor (hod), «todo» (kol, asociado a Yesod) y reino (maljut). A estas siete se añaden las tres superiores: Kéter, Jojmá y Biná.

Organizadas en un diagrama de tres columnas, la de la misericordia a la derecha, la del rigor a la izquierda y la del equilibrio en el centro, forman el Árbol de la Vida. El místico lo recorre de abajo arriba, desde Maljut hacia Kéter, como quien sube por una escalera interior. Si quieres una introducción más amplia a estos conceptos, la tienes en la guía sobre Jesús y la Cábala.

Una advertencia antes de empezar

Lo que sigue es una meditación, no una tesis histórica. Yeshúa no pensaba en las Sefirot cuando habló en el monte, porque esa doctrina no existía todavía. Tampoco existe una correspondencia «oficial» entre las Bienaventuranzas y el Árbol de la Vida: son ocho declaraciones y diez Sefirot, y cualquier asociación es una propuesta interpretativa. La que ofrecemos aquí se apoya en el sentido tradicional de cada Sefirá en la Cábala judía y en el sentido de cada bienaventuranza en su contexto bíblico, y busca algo muy sencillo: ayudarte a rezar y a vivir el sermón del monte con más hondura.

Las Bienaventuranzas y las Sefirot, de abajo arriba

Recorreremos el Árbol de la Vida como lo hace el místico: empezando por abajo, por Maljut, y subiendo hacia las Sefirot superiores. Junto a cada Sefirá colocamos la bienaventuranza que mejor resuena con ella.

Maljut: bienaventurados los pobres de espíritu

Maljut, «Reino», es la última Sefirá y la más cercana al mundo. El Zóhar la compara con la luna, que no tiene luz propia y solo refleja la del sol. Su grandeza consiste en recibir. Por eso resuena con la primera bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos». El pobre de espíritu, en hebreo anav o aní, es quien no se apoya en sí mismo, quien reconoce que todo lo ha recibido. Como la luna, no brilla por sí mismo, y por eso puede reflejar la luz. El camino interior empieza aquí: en el vacío que se deja llenar. Y la promesa no podría ser más exacta: a quien es como Maljut le pertenece el Reino.

Yesod: bienaventurados los que procuran la paz

Yesod, «Fundamento», es el canal que une las Sefirot superiores con Maljut; por él fluye la abundancia divina hacia el mundo. En la tradición cabalística, Yesod recibe también el nombre de shalom, «paz», porque hace la paz entre Nétsaj y Hod, las dos Sefirot que lo rodean, y entre el cielo y la tierra. Por eso resuena con la séptima bienaventuranza: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios». El pacificador es un canal: une lo que estaba separado, deja pasar la bendición. El proverbio que la Biblia aplica al justo, «el justo es fundamento eterno» (Proverbios 10:25), se convirtió en la Cábala en un nombre de esta Sefirá.

Hod: bienaventurados los mansos

Hod significa «esplendor», pero también está emparentada con hodaá, que quiere decir a la vez «agradecimiento» y «reconocimiento». Es la Sefirá que se inclina, que reconoce que hay algo más grande que uno mismo. Por eso resuena con la tercera bienaventuranza: «Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad». El manso no es el débil, sino el que no necesita imponerse. La Torá dice de Moisés que era «muy manso, más que todos los hombres» (Números 12:3), y Yeshúa dirá de sí mismo: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». La mansedumbre como camino se desarrolla en la humildad: «el que se humilla será enaltecido».

Nétsaj: bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia

Nétsaj, «Victoria» o «Eternidad», es la fuerza que persevera, que no se rinde, que sigue avanzando. Es el impulso que empuja hacia adelante. Por eso resuena con la cuarta bienaventuranza: «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados». El hambre y la sed son deseos que no se apagan, que vuelven cada día. La justicia, en hebreo tsedaká, significa también rectitud y generosidad hacia el pobre. Quien tiene hambre de ella no se conforma con un mundo injusto: persevera, como Nétsaj, hasta verla cumplida. Y la promesa es la saciedad, la victoria final del deseo justo.

Tiféret: bienaventurados los limpios de corazón

Tiféret, «Belleza» o «Armonía», ocupa el centro del Árbol de la Vida. En la imagen cabalística del ser humano, corresponde al corazón y al tronco, el lugar donde se unen todas las fuerzas. Se asocia con la verdad, emet, y con el patriarca Jacob, «hombre íntegro». Por eso resuena con la sexta bienaventuranza: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». El corazón limpio es un corazón unificado, sin doblez, donde misericordia y rigor están en armonía. Y desde ese centro se abre la visión. Esta bienaventuranza merece un estudio propio, que encontrarás en «bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios».

Guevurá: bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia

Guevurá, «Fuerza» o «Rigor», es la Sefirá de los límites, del juicio, de la firmeza. Es la fuerza que dice «no» al mal y que resiste. Por eso resuena con la octava bienaventuranza: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos». Para mantenerse fiel cuando todo empuja en contra hace falta la fortaleza de Guevurá. Y es significativo que esta bienaventuranza devuelva al lector al Reino: la fuerza del justo perseguido desciende hasta Maljut y lo sostiene.

Jésed: bienaventurados los misericordiosos

Jésed, «Misericordia» o «Bondad amorosa», es la Sefirá del dar sin medida, del amor que se derrama. En la Cábala se asocia con Abraham, que abría su tienda a todos los caminantes. Resuena, por supuesto, con la quinta bienaventuranza: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». La reciprocidad es perfecta: quien vive en Jésed recibe Jésed. Los sabios enseñaban algo muy parecido: a quien tiene misericordia de las criaturas, el cielo le tiene misericordia (Talmud, Shabat 151b). La relación entre misericordia y justicia se explora a fondo en Jésed y Guevurá en las enseñanzas de Jesús.

Biná: bienaventurados los que lloran

Biná, «Entendimiento», es la tercera Sefirá superior. La Cábala la llama «la Madre» y la asocia con la teshuvá, el retorno a Dios: es el seno al que el alma regresa después de haberse alejado. Por eso resuena con la segunda bienaventuranza: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación». El llanto que se menciona aquí no es solo la tristeza por una pérdida; es también el llanto de quien comprende, de quien se arrepiente, de quien siente el dolor del mundo. Ese llanto abre la puerta del consuelo, nejamá, como una madre consuela a su hijo. Isaías lo dice con ternura: «Como aquel a quien consuela su madre, así os consolaré yo a vosotros» (Isaías 66:13).

Jojmá y Kéter: lo que el ojo no vio

Ocho bienaventuranzas, ocho Sefirot. Quedan dos, las más altas: Jojmá, la Sabiduría, y Kéter, la Corona, que toca el misterio del Ein Sof. Ninguna bienaventuranza se corresponde directamente con ellas, y quizá sea mejor así. Son el horizonte al que apuntan todas las promesas: ver a Dios, ser llamados hijos de Dios, heredar el Reino. Lo que está en la cima no se describe; se intuye. Pablo, citando a Isaías, lo expresó con una frase que encaja perfectamente aquí: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman». Ese misterio supremo se medita en Ein Sof y «el Padre que está en lo secreto».

El mapa completo: una escalera del alma

Si reunimos todas las correspondencias, obtenemos un itinerario espiritual que se puede recorrer en la oración:

  • Maljut: la pobreza de espíritu, el vacío que recibe.
  • Yesod: la paz, el canal que une.
  • Hod: la mansedumbre, el agradecimiento que se inclina.
  • Nétsaj: el hambre de justicia, la perseverancia.
  • Tiféret: el corazón limpio, la armonía interior.
  • Guevurá: la firmeza en la persecución.
  • Jésed: la misericordia que se derrama, que se vive día a día como explicamos en la compasión como camino espiritual.
  • Biná: el llanto que comprende y vuelve.
  • Jojmá y Kéter: el misterio al que todo apunta.

Hay algo muy hermoso en este recorrido: empieza con la pobreza y termina con el llanto. No asciende hacia el poder, sino hacia una sensibilidad cada vez más profunda. Quien sube por esta escalera no se vuelve más fuerte a costa de los demás, sino más capaz de compasión. Es exactamente la lógica del Reino que anunció Yeshúa.

El sermón del monte como nuevo Sinaí

Mateo sitúa las Bienaventuranzas sobre un monte, y no es un detalle menor. Igual que Moisés subió al Sinaí para recibir la Torá, Yeshúa sube al monte y enseña. Muchos lectores han visto aquí un paralelo intencionado: el sermón del monte como una nueva manera de vivir la Torá desde dentro. No para abolirla (él mismo dice que no ha venido a abolir, sino a cumplir), sino para llevarla al corazón.

En la Cábala, la Torá entera se identifica con Tiféret, el centro del Árbol, y el Sinaí es el momento en que la luz de las Sefirot descendió a Maljut, al pueblo reunido al pie del monte. Leído así, el sermón del monte sería una nueva bajada de la luz, que comienza precisamente con los más pobres, con Maljut. El simbolismo de la montaña como lugar de revelación se explica en la montaña como lugar de encuentro con Dios.

Una meditación con las Bienaventuranzas

Te propongo un ejercicio para una semana, que une la lectura del evangelio con el mapa del Árbol. Cada día eliges una bienaventuranza y la Sefirá que le corresponde, y la conviertes en la intención de tu jornada.

  1. Por la mañana, lee la bienaventuranza en voz baja y repite el nombre de la Sefirá. Por ejemplo: «Bienaventurados los misericordiosos. Jésed».
  2. Durante el día, busca una ocasión concreta para vivir esa cualidad: un gesto de misericordia, un momento de mansedumbre, una palabra de paz.
  3. Por la noche, revisa con calma cómo ha ido. Sin juzgarte: solo observando dónde la luz pudo pasar y dónde encontró obstáculos.
  4. El séptimo día, descansa. Relee todas las bienaventuranzas juntas y da gracias.

Los cabalistas de Safed, en el siglo XVI, practicaban algo parecido durante los cuarenta y nueve días que separan Pésaj de Shavuot, la llamada «cuenta del Ómer», dedicando cada día a una combinación de Sefirot para purificar el alma. Este ejercicio es una forma sencilla de unir esa sabiduría con el sermón del monte. Si prefieres una oración más unida a las palabras de Yeshúa, puedes continuar con el Padre Nuestro a la luz del Árbol de la Vida.

Libros para profundizar

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Si este recorrido por el Árbol de la Vida te ha despertado el deseo de conocer mejor cada Sefirá, una lectura muy recomendable es el libro Sod 32 de Mario Sabán, dedicado a los senderos de la sabiduría, que explica la estructura del Árbol desde la tradición judía y sin desviaciones esotéricas.

Para conocer el texto en el que aparece por primera vez la palabra «sefirot», tienes a tu alcance el Sefer Yetzirá, con sus diez sefirot y veintidós letras. Y para no perder la raíz judía del sermón del monte, te ayudará la investigación de Sabán sobre el judaísmo de Jesús, que muestra cómo dialogaban sus palabras con los salmos y los sabios.

Preguntas frecuentes sobre las Bienaventuranzas y las Sefirot

¿Qué son las Bienaventuranzas?

Son las declaraciones de dicha con las que Jesús comienza el sermón del monte (Mateo 5:3-12) y el sermón de la llanura (Lucas 6:20-23). Proclaman dichosos a los pobres, los que lloran, los mansos, los misericordiosos y los perseguidos.

¿Qué significa «bienaventurado» en hebreo?

Corresponde a ashréi, la palabra con la que comienza el Salmo 1. Su raíz se relaciona con caminar y avanzar, por lo que sugiere la dicha de quien va por el buen camino.

¿Qué relación hay entre las Bienaventuranzas y las Sefirot?

No hay una relación histórica, porque las Sefirot son una doctrina medieval. Pero se puede proponer una lectura meditativa que asocia cada bienaventuranza a una Sefirá: la pobreza de espíritu a Maljut, la misericordia a Jésed, la limpieza de corazón a Tiféret, entre otras.

¿Cuántas Bienaventuranzas hay?

En Mateo hay ocho en tercera persona (5:3-10) y una novena dirigida a los discípulos (5:11-12). En Lucas hay cuatro bienaventuranzas acompañadas de cuatro lamentos.

¿Qué son las diez Sefirot?

Son las emanaciones divinas de la Cábala: Kéter, Jojmá, Biná, Jésed, Guevurá, Tiféret, Nétsaj, Hod, Yesod y Maljut. Organizadas en un diagrama, forman el Árbol de la Vida.

¿Existen bienaventuranzas en otros textos judíos?

Sí. Los salmos están llenos de ellas, empezando por el Salmo 1, y entre los manuscritos del mar Muerto se encontró un texto (4Q525) con una serie de bienaventuranzas sapienciales muy parecida en su forma a la de Jesús.

Conclusión: el camino que empieza en los pobres

Las Bienaventuranzas son uno de los textos más leídos de la historia, y sin embargo siguen sorprendiendo. Empiezan donde nadie empezaría: con los pobres, los que lloran, los humildes. Leídas a la luz de las Sefirot, revelan una arquitectura interior asombrosa: un camino que parte del vacío receptivo de Maljut, atraviesa la paz, la mansedumbre, la perseverancia, la armonía del corazón, la firmeza y la misericordia, y desemboca en el llanto que comprende y en el misterio que ningún ojo ha visto. Es una escalera que no lleva al poder, sino a la compasión.

Yeshúa no conocía el Árbol de la Vida, pero conocía el corazón humano y el corazón de Dios como pocos. Por eso sus palabras caben en el mapa de los cabalistas sin perder nada de su frescura. Para seguir este camino, vuelve a la guía de lecturas cabalísticas de Jesús, o adéntrate en las demás enseñanzas del sermón del monte desde las enseñanzas místicas de Jesús.

Fuentes

Fuentes primarias

  • Biblia hebrea: Números 12:3; 1 Crónicas 29:11; Salmos 1:1, 24:3-4 y 37:11; Proverbios 10:25; Isaías 61:1-2 y 66:13.
  • Evangelios: Mateo 5:1-12 y 11:29; Lucas 6:20-26.
  • Manuscritos del mar Muerto: 4Q525 (Bienaventuranzas).
  • Talmud de Babilonia, Shabat 151b.
  • Sefer Yetzirá; Sefer ha-Bahir; Zóhar; Moisés Cordovero, Pardés Rimonim.

Estudios

  • Gershom Scholem, La Cábala y su simbolismo.
  • David Flusser, Jesús en sus palabras y en su tiempo.
  • Arthur Green, A Guide to the Zohar.
  • Mario Javier Sabán, Sod 32: el secreto.

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